Donald Trump ha construido buena parte de su carrera política sobre una convicción que parece acompañarlo desde sus primeros negocios: el poder pertenece a quien demuestra estar dispuesto a ejercerlo sin titubeos. Ha desafiado instituciones, confrontado adversarios, cuestionado decisiones judiciales y convertido prácticamente cualquier desacuerdo en una batalla personal. Pero ahora, cuando faltan menos de tres semanas para las elecciones legislativas estadounidenses, enfrenta una realidad que ni sus decretos ni sus amenazas pueden modificar a voluntad: millones de ciudadanos tendrán la oportunidad de pronunciarse sobre su gobierno.
Y esta vez no estará en juego solamente la integración del Congreso. También se someterá a examen la manera en que Trump ha entendido y ejercido la presidencia desde su regreso a la Casa Blanca.
Las elecciones del próximo 3 de noviembre llegan en un momento especialmente delicado para los republicanos. El desgaste presidencial comienza a reflejarse en las encuestas, mientras algunos candidatos de su partido enfrentan dificultades para convencer a votantes que, sin necesariamente identificarse con los demócratas, manifiestan inconformidad con el rumbo del país.
Una encuesta del Pew Research Center coloca la aprobación de Trump alrededor del 30 por ciento. Más revelador todavía resulta que una proporción considerable de electores considere su voto legislativo una oportunidad para expresar rechazo al presidente. Es decir, las elecciones locales y distritales amenazan con convertirse en un referéndum sobre quien ocupa la Casa Blanca.
La paradoja es notable. Trump llegó nuevamente al poder presentándose como el dirigente capaz de recuperar la fortaleza estadounidense, imponer condiciones a sus adversarios y terminar con las supuestas debilidades de la política tradicional. Sin embargo, su estilo de confrontación permanente también parece estar movilizando a quienes desean limitar su influencia.
No sería la primera vez que un presidente estadounidense enfrenta dificultades en las elecciones intermedias. Históricamente, el partido que controla la Casa Blanca suele sufrir pérdidas legislativas. El electorado aprovecha esos comicios para expresar inconformidades, corregir desequilibrios y establecer contrapesos.
Pero Trump no es un presidente convencional, y precisamente por eso las consecuencias podrían ser distintas.
Durante años consiguió transformar las críticas en combustible político. Las investigaciones judiciales fortalecieron su discurso de persecución. Los ataques de sus adversarios alimentaron la lealtad de sus seguidores. Incluso sus derrotas terminaron convertidas en nuevas oportunidades para presentarse como víctima de un sistema que, según su narrativa, pretendía impedirle gobernar.
Esa estrategia ha demostrado una eficacia extraordinaria dentro de su base electoral. El problema es que ganar una elección nacional exige algo más que conservar el entusiasmo de los convencidos.
También requiere persuadir a ciudadanos independientes, moderados y desencantados que no necesariamente comparten la visión de los sectores más radicalizados de ninguno de los partidos.
Ahí comienza el verdadero desafío republicano.
Trump conserva una capacidad de movilización que sería absurdo subestimar. Sus seguidores continúan reconociendo en él a un dirigente dispuesto a enfrentar a las élites políticas, los grandes medios y las estructuras tradicionales de Washington. Para millones de estadounidenses representa una ruptura con gobiernos que consideran incapaces de resolver problemas acumulados durante décadas.
Pero esa fortaleza también tiene una contrapartida: su figura concentra buena parte del rechazo que despierta la actual administración.
En numerosos distritos, los candidatos republicanos necesitan el respaldo de Trump para entusiasmar a su electorado más fiel, aunque una identificación excesiva con el presidente puede alejarlos de ciudadanos cuyo voto resulta indispensable para ganar. Distanciarse demasiado implica arriesgarse a perder el apoyo de la base conservadora; acercarse sin reservas puede resultar costoso entre los independientes.
Es una contradicción que comienza a definir la campaña.
Para los demócratas, en cambio, el escenario representa una oportunidad que hace apenas unos meses parecía menos clara. Después de sus propias divisiones, dificultades de liderazgo y problemas para construir un mensaje convincente, encuentran en el rechazo a Trump un elemento capaz de movilizar votantes.
Sin embargo, tampoco deberían confundir el desgaste presidencial con un respaldo automático a sus propuestas. Una cosa es que parte de la sociedad estadounidense quiera limitar el poder del presidente y otra muy distinta que considere al Partido Demócrata preparado para ofrecer una alternativa sólida.
La oposición tendrá que demostrar que puede hacer algo más que denunciar los excesos de su adversario.
Lo que está en juego rebasa, de cualquier manera, la disputa partidista.
Si los republicanos pierden el control de la Cámara de Representantes, Trump enfrentaría un Congreso con mayores posibilidades de investigar decisiones de su administración, bloquear iniciativas y someter a escrutinio a funcionarios cercanos. Su capacidad para gobernar mediante acuerdos legislativos quedaría considerablemente reducida.
No significaría el final de su presidencia, pero sí una modificación profunda del equilibrio político en Washington.
Y es precisamente esa posibilidad la que vuelve particularmente delicado el ambiente previo a las elecciones.
Trump ha mantenido durante años una relación conflictiva con los mecanismos electorales cuando los resultados no favorecen sus intereses. Sus afirmaciones sobre los comicios presidenciales de 2020, rechazadas por tribunales y autoridades electorales, dejaron una huella profunda en la confianza pública y culminaron en una crisis institucional que Estados Unidos todavía no termina de superar.
Ahora, ante la posibilidad de un Congreso menos favorable, vuelve a cobrar relevancia una pregunta que debería preocupar tanto a republicanos como a demócratas: ¿aceptará el presidente que el electorado establezca límites a su poder?
No se trata de anticipar irregularidades ni de presentar como inevitables escenarios que todavía no han ocurrido. Se trata de reconocer que la confianza en las elecciones depende, en buena medida, de que quienes gobiernan estén dispuestos a respetar resultados adversos.
La democracia no exige que los dirigentes disfruten sus derrotas. Exige que las reconozcan.
Trump suele presentar sus confrontaciones como disputas entre quienes defienden a Estados Unidos y quienes pretenden destruirlo. Esa visión puede resultar eficaz para movilizar simpatizantes, pero dificulta reconocer la legitimidad de quienes piensan distinto. Cuando toda oposición se interpreta como una amenaza, los contrapesos institucionales dejan de verse como parte normal del sistema democrático y comienzan a tratarse como obstáculos que deben eliminarse.
Ese es uno de los riesgos más profundos de la polarización estadounidense.
Las elecciones legislativas no resolverán las divisiones culturales, económicas y sociales que atraviesan al país. Tampoco terminarán con el trumpismo, incluso si los republicanos sufren una derrota importante. El movimiento político construido alrededor del presidente tiene raíces que van mucho más allá de una sola elección.
Pero los comicios sí pueden enviar una señal sobre los límites que la sociedad está dispuesta a establecer frente a un liderazgo cada vez más personalista.
Trump ha demostrado una habilidad excepcional para dominar la conversación pública. Puede imponer temas, provocar reacciones y conseguir que sus adversarios dediquen buena parte de sus esfuerzos a responderle. Lo ha hecho durante más de una década y continúa siendo el personaje central de la política estadounidense.
Sin embargo, dominar la conversación no equivale necesariamente a conservar el respaldo de la mayoría.
El próximo 3 de noviembre, millones de ciudadanos no tendrán que responder a las provocaciones presidenciales ni participar en sus interminables confrontaciones. Bastará con que depositen una boleta en las urnas.
Los republicanos todavía pueden conservar posiciones importantes y los demócratas están lejos de tener asegurada una victoria. Las campañas, la participación electoral y los acontecimientos de las próximas semanas serán determinantes.
Pero algo parece haber cambiado. El presidente que durante años convirtió el miedo de sus adversarios en una herramienta política comienza a enfrentar una incertidumbre que no puede resolver mediante una orden ejecutiva.
Trump sabe confrontar, intimidar, resistir y regresar cuando muchos lo consideran derrotado. Lo ha demostrado una y otra vez.
Lo que todavía está por verse es si también sabe aceptar que, incluso desde la Casa Blanca, el poder tiene límites.
Y que esos límites, en una democracia, los establecen los ciudadanos.
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