Durante años el mundo aprendió a temer la fortaleza económica de China. Sus fábricas inundaron los mercados, sus empresas comenzaron a competir con las grandes corporaciones occidentales y su capacidad para construir infraestructura, producir tecnología y desarrollar industrias enteras modificó el equilibrio económico internacional. Hoy China fabrica automóviles eléctricos, paneles solares, baterías, maquinaria, teléfonos, drones y una cantidad difícil de dimensionar de los productos que utilizamos diariamente. Sin embargo, detrás de esa impresionante maquinaria industrial existe una contradicción que comienza a preocupar seriamente a Beijing: China sabe producir, pero necesita que los chinos consuman mucho más.
El gobierno acaba de reconocer que la economía enfrenta nuevas presiones y anunció que reforzará las medidas para sostener el crecimiento y cumplir sus objetivos para este año. El mensaje parece técnico, pero políticamente resulta significativo. Cuando la segunda economía más grande del planeta considera necesario acelerar la utilización de bonos públicos y fortalecer los estímulos, significa que algo no está funcionando con la velocidad esperada. El crecimiento chino se desaceleró a 4.3 por ciento durante el segundo trimestre, mientras el consumo de los hogares continúa débil y la prolongada crisis inmobiliaria sigue afectando la confianza.
China no está al borde del colapso, como periódicamente anuncian algunos análisis occidentales. Esa interpretación resulta tan exagerada como suponer que su ascenso continuará indefinidamente sin obstáculos. Estamos frente a algo mucho más interesante: una economía gigantesca intentando modificar el modelo que la convirtió en potencia precisamente porque ese modelo comienza a mostrar sus límites.
Durante décadas la fórmula funcionó extraordinariamente bien. Inversión masiva, infraestructura, urbanización acelerada, exportaciones y una formidable capacidad manufacturera transformaron un país todavía pobre en una potencia industrial. Millones de personas salieron de la pobreza y surgió una enorme clase media. Las ciudades crecieron, las fábricas se multiplicaron y China terminó convertida en el taller del planeta.
Pero ningún modelo económico puede expandirse eternamente de la misma manera.
El problema es que las familias chinas siguen destinando una proporción relativamente reducida de la economía al consumo. El propio gobierno ha reconocido esa debilidad y este año presentó su primer plan quinquenal específicamente dedicado a estimularlo. Beijing quiere aumentar los ingresos de los hogares, mejorar servicios sociales y promover gastos en salud, turismo, educación, cuidado de adultos mayores y otros servicios. El objetivo de fondo es evidente: conseguir que una parte mayor del crecimiento dependa de los consumidores chinos y no solamente de construir, fabricar y exportar.
Parece sencillo. No lo es.
Para gastar hay que sentir seguridad sobre el futuro. Y millones de familias chinas han recibido durante los últimos años señales exactamente contrarias. La vivienda, que durante décadas funcionó como uno de los principales depósitos de riqueza familiar, atraviesa una prolongada crisis. Los precios continúan débiles, existen viviendas sin vender, algunos grandes desarrolladores enfrentan graves problemas financieros y muchos hogares han visto deteriorarse el valor de su patrimonio.
Cuando una familia siente que su principal activo vale menos, no corre al centro comercial.
Ahorra.
Ahí comienza el círculo que Beijing intenta romper. El gobierno necesita más consumo para reducir la dependencia de las exportaciones, pero los ciudadanos necesitan recuperar confianza antes de gastar. Y esa confianza no se fabrica mediante un decreto.
Mientras tanto, las industrias continúan produciendo.
China posee una capacidad manufacturera extraordinaria y empresas cada vez más competitivas. Sus automóviles eléctricos avanzan en distintos mercados. Sus fabricantes de baterías tienen posiciones dominantes. Sus compañías tecnológicas están desarrollando chips y modelos de inteligencia artificial para reducir su dependencia de Estados Unidos. Alibaba acaba de presentar nuevos avances en modelos y semiconductores para inteligencia artificial. China no ha dejado de innovar ni de competir.
Precisamente ahí aparece la paradoja.
Si el mercado interno no absorbe una proporción suficiente de esa producción, las empresas necesitan venderla afuera. Y cuando millones de productos chinos llegan a otros mercados a precios altamente competitivos, aparecen las acusaciones de sobrecapacidad, subsidios y competencia desleal. Estados Unidos y Europa llevan tiempo reclamando a Beijing que modifique ese modelo.
China responde que esas críticas buscan frenar su desarrollo.
Ambas partes tienen intereses evidentes.
Europa quiere proteger industrias que durante décadas fueron símbolos de su fortaleza. Alemania constituye quizá el ejemplo más dramático. Maquinaria, automóviles y productos industriales alemanes ahora enfrentan competidores chinos que hace veinte años parecían muy lejanos. China ya no solamente produce barato. Produce tecnología, calidad y escala.
El viejo argumento de que Occidente diseñaba mientras China ensamblaba quedó rebasado.
Eso cambia completamente la competencia mundial.
Pero también crea un problema para Beijing. Una economía del tamaño de China no puede depender indefinidamente de que el resto del planeta absorba sus excedentes industriales. En algún momento los demás países reaccionan. Imponen aranceles, establecen barreras, subsidian sus propias fábricas o simplemente deciden que determinadas industrias son demasiado estratégicas para abandonarlas frente a la competencia china.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Por eso la batalla económica más importante de China quizá no se esté librando en Washington, Bruselas ni en las negociaciones comerciales internacionales. Está ocurriendo dentro de los hogares chinos.
Beijing necesita convencer a su población de gastar.
Y para conseguirlo deberá resolver algo mucho más complicado que construir otra fábrica: tendrá que generar seguridad.
Una familia consume cuando confía en conservar su empleo, cuando considera que su vivienda mantendrá valor, cuando sabe que podrá pagar la atención médica, cuando no necesita reservar una parte excesiva de sus ingresos para la vejez y cuando piensa que sus hijos tendrán mejores oportunidades.
El consumo también es confianza.
China parece haber entendido finalmente la magnitud del desafío. Su nuevo plan busca elevar los ingresos familiares y fortalecer servicios sociales. Pero modificar una estructura económica construida durante décadas llevará tiempo. Significa trasladar una parte mayor de los beneficios del crecimiento hacia los hogares y reducir la dependencia de la inversión y las exportaciones.
También significa aceptar una transformación cultural y económica considerable.
Durante años el éxito chino se midió por kilómetros de carreteras, ciudades nuevas, fábricas, puertos y cifras espectaculares de producción. La siguiente etapa tendrá que medirse también por algo menos visible: cuánto pueden gastar las familias sin miedo al mañana.
El asunto importa mucho más allá de China.
Si Beijing consigue construir una economía más apoyada en su mercado interno, podría reducir algunas de las tensiones comerciales que hoy recorren el planeta y abrir mayores oportunidades para empresas extranjeras. Si no lo consigue, la enorme capacidad industrial china continuará buscando compradores en el exterior y la presión proteccionista probablemente aumentará.
México debería observar con enorme atención.
China es competidor, proveedor y un actor cada vez más relevante para las cadenas industriales que llegan a nuestro país. Una economía china que exporta todavía más intensamente modifica precios, inversiones y decisiones empresariales en prácticamente todo el mundo. Al mismo tiempo, la reorganización de las cadenas productivas ofrece oportunidades para México que solamente podrán aprovecharse si existe infraestructura, energía, talento y capacidad industrial suficientes.
Durante mucho tiempo la gran pregunta fue hasta dónde podía crecer China.
Quizá ahora debamos formular otra.
¿Puede China transformar el éxito de sus fábricas en prosperidad suficiente para que sus propios ciudadanos se conviertan en el gran mercado que su economía necesita?
El gigante ya aprendió a producir para el mundo.
Su siguiente desafío es convencer a su propia gente de consumir.
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