Hay quienes todavía creen que los imperios caen con estruendo, con batallas descomunales que cimbran la tierra y ejércitos enteros desfilando entre ruinas humeantes. La realidad, sin embargo, suele ser mucho más mezquina, gris y silenciosa. Hoy vemos a los mandamases del planeta desfilar por los podios internacionales, dándose baños de pureza y prometiendo un futuro de concordia y fraternidad que absolutamente nadie en su sano juicio se traga. Mientras tanto, en los pasillos oscuros de la diplomacia de chequera y cañón, se reparten pedazos de soberanía ajena como si se tratara de una vulgar subasta de banqueta, donde el mejor postor es aquel que tiene más sangre en las manos y más recursos para corromper voluntades.
A esta comparsa impune se le suma la maquinaria propagandística de los grandes consorcios mediáticos, expertos en manipular las emociones colectivas y construir villanos a modo según los intereses de sus patrocinadores en turno. Nos atiborran a diario con narrativas maniqueas donde los buenos son siempre los mismos de siempre y los malos son aquellos que se atreven a desafiar la hegemonía imperante. Nos anestesian la conciencia con imágenes seleccionadas quirúrgicamente, transformando la tragedia humana en un espectáculo televisivo de consumo rápido, donde la indignación dura exactamente lo que tarda en aparecer el siguiente anuncio comercial.
La crisis que hoy sacude al Medio Oriente y las tensiones perpetuas en Europa Oriental nos demuestran una sola y cruda cosa: a los poderosos les importa un comino la vida humana. Lo que está en juego no es la democracia, ni la libertad de los pueblos, ni mucho menos la justicia social de la que tanto se llena la boca la burocracia dorada instalada cómodamente en Ginebra o en Nueva York. Lo que se disputa en esta partida clandestina es el control absoluto de los recursos naturales, el dominio de las rutas comerciales y la supremacía de unos cuantos sátrapas que confunden sus caprichos personales, sus fobias ideológicas y sus complejos de inferioridad con el destino de la humanidad.
Y no nos engañemos pensando que este incendio solo quema las barbas del vecino lejanas a nuestro continente. Las esquirlas de esta confrontación global golpean directamente las economías del sur global, hundiendo a millones de familias en la incertidumbre y la precariedad mientras los gobiernos locales contemplan el desastre con pasividad pasmosa. En lugar de articular una postura firme, soberana y digna, nuestras clases políticas prefieren agachar la cabeza y acomodarse bajo la sombra del poderoso en turno, conformándose con las migajas de un banquete al que jamás fuimos invitados.
Da verdadera vergüenza ajena ver cómo los organismos multilaterales, creados supuestamente para evitar catástrofes humanitarias, se han convertido en meras comparsas, en clubes sociales de lujo donde se gesticula mucho, se discursea con elegancia, pero se resuelve absolutamente nada. Se reúnen de emergencia, firman acuerdos de papel mojado que no sirven ni para calentar agua, se toman la foto protocolaria para salir sonrientes en los diarios y, al día siguiente, las bombas siguen cayendo sin piedad sobre poblaciones civiles, hospitales y escuelas. Nos quieren vender la ilusión de que vivimos en una época de modernidad esclarecida y civilizada, cuando en realidad estamos atrapados en la misma lógica primitiva de la rapiña, el pillaje y el despojo, solo que ahora esa barbarie se disfraza con tecnicismos financieros, eufemismos diplomáticos y boletines de prensa redactados con esmero por costosas agencias de relaciones públicas.
Por un lado tenemos a los halcones de siempre, agitando los tambores de guerra bajo el pretexto cínico de la seguridad nacional y la defensa de los valores occidentales, dispuestos a sacrificar el bienestar, la estabilidad y el futuro de sus propias sociedades con tal de mantener inflados los bolsillos de la industria armamentista y de los contratistas sin alma. La guerra es un negocio redondo, y vaya que deja dividendos jugosos para los mercaderes de la muerte que despachan desde Wall Street y las grandes capitales industriales. Por el otro lado, los supuestos contrapesos globales se encogen de hombros, miran hacia otro lado o participan discretamente del botín, ocupados exclusivamente en sus pequeñas cuotas de poder regional y en mantener contentos a sus jerarcas locales a costa del sufrimiento ajeno.
Mientras los precios de los combustibles, de la energía y de los alimentos básicos siguen por los cielos y ahogan sin piedad el bolsillo del ciudadano de a pie, allá arriba en las altas esferas se discuten sanciones, embargos y bloqueos que únicamente sirven para castigar y empobrecer aún más al pueblo llano, jamás a las cúpulas corruptas que gobiernan con mano de hierro y cuentas bancarias bien resguardadas en paraísos fiscales. Es el cuento de nunca acabar. Los inocentes ponen los muertos, los desplazados y el dolor, mientras que los ricos y poderosos ponen las condiciones y cuentan las ganancias. Nos venden la narrativa falaz de que la geopolítica es un ajedrez tan complejo que rebasa por completo el entendimiento del ciudadano común, cuando en el fondo no es más que una vulgar pelea de vecindad entre pandilleros con trajes caros, corbatas de seda y portafolios nucleares listos para detonar.
Ya es hora de dejar de aplaudir el cinismo monumental de estos personajes que se dicen líderes pero que actúan como vulgares capos de la mafia internacional. No hay grandeza alguna en amenazar con la ruina económica a naciones enteras, ni hay heroísmo verdadero en bombardear ciudades bajo coartadas morales que no se sostienen ni con alfileres. La paz mundial no va a nacer jamás de la voluntad bondadosa de estos sátrapas, sino de la exigencia firme, organizada y valiente de los pueblos cansados de servir como simple carne de cañón para saciar sus ambiciones desmedidas. O despertamos de una vez por todas de este letargo cómplice, o terminaremos pagando con nuestra propia destrucción y la de nuestros hijos el precio de su insaciable soberbia. La historia no los absolverá, pero a nosotros tampoco si nos quedamos cruzados de brazos viendo cómo incendian el mundo.
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