Cuatro jóvenes: Alan Osiel Zaragoza Mendoza, de 18 años; Jorge Daniel Camacho Flores, de 19; Dilan Federico Ramírez Zavala, de 19, y José Carlos González Vázquez, de 20.
Cuatro nombres que hoy deberían estar en una conversación familiar, en una fiesta, en el trabajo, en la escuela o simplemente haciendo aquello que hace cualquier joven a esa edad: vivir. Pero no.
UNO LOGRÓ ESCAPAR
La noche del 14 de septiembre estaban reunidos en un domicilio de la colonia Arenales Tapatíos, en Zapopan. De acuerdo con el relato de familiares, llegaron hombres armados, hubo disparos y los jóvenes fueron privados de la libertad. Un quinto muchacho logró escapar.
Después vino lo que tantas familias mexicanas conocen demasiado bien: la denuncia, las fichas de búsqueda, las preguntas, las oficinas, las llamadas… y el silencio.
SIN SABER…
La Comisión de Búsqueda de Personas de Jalisco ya publicó sus cédulas y la Fiscalía investiga. Pero, hasta este momento, sus familias siguen sin saber dónde están.
Y aquí es donde yo me pregunto tienen que hacer una pausa.
Porque estos cuatro jóvenes no pueden convertirse solamente en la noticia del día.
No son cuatro fotografías más pegadas en una pared.
Son cuatro historias.
Y detrás de cada fotografía hay una madre, un padre, hermanos, amigos y una familia que probablemente todavía conserva la esperanza de escuchar la puerta, recibir una llamada o ver aparecer a su hijo.
¿NOMAS 135 MIL?
Pero también hay que decir algo que duele todavía más: No son solamente cuatro.
México ya rebasaba los 135 mil registros de personas desaparecidas y no localizadas a mediados de 2026. Y detrás de esa cifra hay miles de familias que llevan meses, años o décadas preguntando exactamente lo mismo ¿dónde está?
Jalisco tampoco es ajeno a esta tragedia. De acuerdo con cifras estatales, hasta mayo de 2026 se contabilizaban 12 mil 765 casos en el estado dentro del registro analizado por Red Lupa; además, el propio Gobierno de Jalisco reportaba una tasa de incidencia de desaparición de 11.08 por cada 100 mil habitantes para ese mismo corte.
EN VALLARTA
Y Puerto Vallarta, aunque a veces parezca que aquí solamente hablamos de turismo, playas y temporadas altas, también tiene sus propias historias.
En junio pasado, tres estudiantes reportados como desaparecidos en el municipio fueron finalmente localizados con vida. Regresaron por sus propios medios con un familiar y las autoridades confirmaron que se encontraban bien. Qué bueno. De verdad: qué bueno.
Porque hay familias que sí reciben esa llamada que devuelve el alma al cuerpo.
Pero también están las otras. Las que siguen esperando.
En julio, por ejemplo, dos jóvenes, Melissa Anahí Carranza Contreras y Violeta Alejandra, de 19 y 21 años, desaparecieron después de viajar desde Acatlán de Juárez a Puerto Vallarta, presuntamente por una oferta de trabajo. Sus familiares incluso expresaron temor de que pudiera tratarse de reclutamiento forzado.
CASOS VIEJOS
Y hay casos todavía más antiguos.
La propia Fiscalía de Jalisco informó este año sobre un proceso penal relacionado con la desaparición de un hombre cuyo último contacto ocurrió en julio de 2020, cuando supuestamente se dirigía a trabajar a un evento en Punta de Mita.
Seis años después, apenas llegó una parte de la respuesta judicial.
Ahí está el verdadero tamaño del problema.
Algunos regresan. Otros son encontrados sin vida. Y otros simplemente no regresan.
Y mientras tanto, el calendario sigue avanzando.
Cumpleaños sin festejo. Navidades con una silla vacía. Madres que siguen guardando ropa.
Padres que revisan el teléfono aunque saben que probablemente no sonará.
Y familias enteras que aprenden a vivir con una palabra que nadie debería aprender a pronunciar: desaparecido.
SON TODOS
Por eso resulta demasiado fácil convertir cada caso en una pelea política.
Que si fue culpa de Morena.
Que si fue culpa del PAN.
Que si Movimiento Ciudadano.
Que si el PRI.
Que si el municipio.
Que si el estado.
Que si la Federación.
Los gobiernos tienen responsabilidades concretas y deben rendir cuentas por las investigaciones, las búsquedas y los resultados. Eso no está a discusión.
Pero hay algo todavía más profundo: la desaparición de personas ya no puede entenderse solamente como un pleito entre partidos.
Porque las desapariciones atraviesan administraciones, estados y colores políticos.
Y cuando una familia busca a su hijo, le importa muy poco el color de la camiseta del funcionario.
Quiere encontrarlo.
Nada más.
¿DÓNDE ESTÁN?
Así que hoy Las Víboras no quiere hacer política con los cuatro jóvenes de Arenales Tapatíos.
Quiere hacer memoria.
Porque mañana podrían ser cuatro, tres, dos… o uno.
Y ese uno podría tener nuestro apellido.
Por eso la pregunta no es solamente quién gobierna.
La pregunta es mucho más sencilla y mucho más brutal: ¿dónde están?
Que los busquen.
Que los encuentren.
Que las investigaciones avancen.
Que las familias reciban respuestas.
Y que estos cuatro muchachos tengan la suerte que otros sí tuvieron: volver a casa.
Porque en un país donde ya hay más de 135 mil personas registradas como desaparecidas, encontrar a uno no debería ser una noticia extraordinaria.
Debería ser la obligación de todos los días.
