El mundo dejó de ser un tablero donde unas cuantas potencias movían las piezas y el resto esperaba turno. Cada vez más países quieren decidir con quién comercian, de quién reciben inversión, qué moneda utilizan y qué alianzas les convienen. En ese escenario, BRICS dejó de ser una agrupación simbólica para convertirse en una expresión visible del cambio.
Su expansión ha colocado en una misma mesa a China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica y países de Asia y Medio Oriente con intereses muy distintos. La discusión ya no consiste en saber si BRICS tiene relevancia. La tiene. Lo que falta determinar es si podrá transformar ese peso en influencia política real.
La reciente cumbre celebrada en Nueva Delhi exhibió esa paradoja. Los integrantes fueron capaces de construir posiciones comunes sobre la reforma de las instituciones internacionales, el mayor uso de monedas nacionales, mecanismos alternativos de pago y la necesidad de evitar una escalada mayor en Medio Oriente. El resultado tiene valor porque ocurrió entre gobiernos con posiciones diferentes sobre seguridad, comercio y relaciones con Estados Unidos.
Pero también dejó claro que BRICS tiene una frontera: sus integrantes quieren cambiar determinadas reglas del sistema internacional, pero no necesariamente sustituir una hegemonía por otra.
China busca una arquitectura más abierta a las potencias emergentes. Rusia quiere reducir el peso de las sanciones occidentales. Irán necesita mecanismos que disminuyan su vulnerabilidad frente a Washington. Brasil reclama mayor representación internacional. India quiere un papel acorde con su peso económico, pero no está dispuesta a aceptar que el nuevo orden tenga como centro a Pekín. Los países del Golfo buscan ampliar su margen de maniobra sin sacrificar sus vínculos con Estados Unidos.
No es una alianza tradicional. Es una coincidencia de intereses. Y esa característica puede convertirse en su mayor fortaleza.
BRICS no tiene ejército común, política exterior única, moneda compartida ni compromisos militares comparables con los de la OTAN. Cada gobierno conserva libertad para negociar con Washington, Bruselas, Moscú, Pekín o cualquier otra capital. Lo que los une es una percepción cada vez más extendida: las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial ya no reflejan adecuadamente la distribución actual del poder.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas conserva los mismos cinco miembros permanentes con derecho de veto. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial siguen enfrentando críticas por estructuras de representación consideradas desfasadas. La inconformidad tiene fundamentos. El problema aparece cuando llega la hora de ponerse de acuerdo sobre la alternativa.
China probablemente sea quien mejor comprende el valor de esa ambigüedad. Pekín no necesita convertir inmediatamente a BRICS en una alianza antiestadounidense. Le resulta más útil consolidarlo como plataforma económica, tecnológica y diplomática desde la cual pueda ampliar su influencia.
La cooperación en inteligencia artificial es un ejemplo. El desarrollo de modelos, chips, centros de datos y estándares tecnológicos será una fuente de poder durante las próximas décadas. Quien consiga establecer tecnologías utilizadas ampliamente en países emergentes tendrá una influencia que irá mucho más allá del comercio.
Rusia tiene otra relación con el proyecto. Moscú utiliza BRICS para demostrar que no está aislada internacionalmente, pero eso no significa que los demás integrantes estén dispuestos a convertir el grupo en una extensión de la política exterior rusa.
India es el mejor ejemplo. Nueva Delhi puede comprar energía a Rusia, participar en BRICS y mantener una relación estratégica con China, pero al mismo tiempo desarrolla vínculos importantes con Estados Unidos, Japón, Australia y Europa. Su política exterior no consiste en elegir un bando, sino en evitar quedar atrapada dentro de uno.
Ésa puede ser la gran utilidad de BRICS: ampliar las alternativas de quienes durante décadas tuvieron pocas opciones. No se trata de abandonar el dólar de la noche a la mañana, sino de reducir la dependencia absoluta de él. No de destruir al Banco Mundial, sino de contar con mecanismos financieros adicionales. No de sustituir el comercio con Estados Unidos y Europa, sino de ampliar mercados y capacidad de negociación.
El episodio de Medio Oriente mostró otra utilidad: BRICS puede funcionar como espacio de conversación entre países con intereses contrapuestos. Conseguir una declaración aceptable para gobiernos como Irán y Emiratos Árabes Unidos exigía evitar posiciones que convirtieran al grupo en un frente militar o ideológico.
Eso puede frustrar a quienes esperan un contrapeso directo a Estados Unidos. Pero quizá sea precisamente lo contrario: mientras conserve su flexibilidad, podrá incorporar a gobiernos que no desean escoger entre Washington y Pekín.
Estados Unidos debería prestar atención. Convertir automáticamente a BRICS en una conspiración antiestadounidense sería un error. Presionar a India, Brasil, Emiratos, Sudáfrica o Indonesia para que escojan entre dos bandos podría hacer más atractivo un espacio diseñado para evitar esa elección.
La verdadera fortaleza estadounidense nunca estuvo únicamente en sus armas o capacidad financiera. También estuvo en su capacidad de atraer. Universidades, empresas, mercados, tecnología, alianzas y oportunidades hicieron que millones quisieran acercarse al modelo estadounidense. Cuando la atracción es sustituida por coerción, aranceles, amenazas o un uso excesivo de sanciones, se fortalece el argumento de quienes buscan alternativas.
Pero tampoco China tiene garantizado el liderazgo. Pekín tendrá que demostrar que acepta una estructura internacional donde India, Brasil, África, Medio Oriente y otras potencias tengan autonomía. También deberá responder cómo manejará los conflictos con sus propios socios sin reproducir las prácticas de dominación que cuestiona a Occidente.
La multipolaridad resulta atractiva mientras nadie tiene suficiente poder para imponer su voluntad. La verdadera prueba comienza cuando alguien alcanza ese poder.
Para México, esta transformación tampoco debería observarse desde la distancia. Nuestra integración económica con Estados Unidos y Canadá es estratégica y no tendría sentido ponerla en riesgo por una apuesta ideológica. Pero mantener una relación privilegiada con Norteamérica no obliga a cerrar la puerta al resto del mundo.
México necesita fortalecer el T-MEC y, al mismo tiempo, ampliar mercados, inversiones y presencia económica en Asia, Europa, América Latina, Medio Oriente y África. Tener alternativas no significa abandonar aliados. Significa negociar con mayor capacidad.
Ése puede ser el verdadero significado de BRICS. No una nueva OTAN, ni una copia de la Unión Europea, ni necesariamente el embrión de una potencia organizada contra Estados Unidos. Puede ser algo más incómodo para el viejo orden: una mesa donde cada vez más países descubren que pueden negociar desde más de una posición.
El mundo que viene no parece encaminado hacia dos bloques perfectamente definidos. Habrá países que compren armas a Estados Unidos y petróleo a Rusia; que reciban inversión china y mantengan tratados de seguridad con Washington; que comercien con Europa y participen en mecanismos financieros alternativos; que necesiten tecnología estadounidense, infraestructura china y capital del Golfo.
La pregunta internacional está cambiando. Ya no se trata solamente de saber de qué lado está cada país. La pregunta será qué puede ofrecer cada uno.
BRICS ya consiguió convertirse en un espacio de poder que obliga a las potencias tradicionales a prestar atención. Ahora viene la parte difícil: demostrar que puede crecer sin convertirse en un instrumento de confrontación y ejercer influencia sin reproducir la hegemonía que dice cuestionar.
Si consigue generar comercio, financiamiento, cooperación tecnológica y mayor representación para el Sur Global, habrá encontrado una razón de ser duradera. Si se limita a ser un foro de discursos contra Occidente, terminará siendo mucho menos de lo que promete.
El verdadero poder de BRICS no está en derrotar a Washington ni en sustituir al dólar. Está en demostrar que ningún país debería tener que escoger entre un amo y otro para defender sus propios intereses.
Quizá el nuevo orden mundial no consista en decidir quién ocupará el trono. Quizá consista, por primera vez, en que haya suficientes opciones para que nadie pueda sentarse en él indefinidamente.
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