Había un dicho que repetía mi nana Lidia: “todo cabe en un jarrito, sabiéndolo acomodar”, que aplica muy bien para este caso… Puerto Vallarta tiene (entre muchos otros) un problema: le está yendo demasiado bien… para el tamaño de ciudad que tenemos. Y eso, aunque parezca bendición, puede terminar siendo pecado.
¿PARA QUÉ O QUIÉNES?
Cada año llegan más turistas, se construyen más hoteles, aparecen más torres, aterrizan más aviones y la maquinaria turística sigue echando humo. Pero mientras el visitante cuenta los días para regresar al paraíso, el vallartense cuenta los minutos atorado en el tráfico.
Y entonces viene la pregunta incómoda: ¿estamos construyendo una ciudad para quienes vivimos aquí o un enorme resort para quienes vienen de visita?
YA VENÍA PARA ABAJO
El asunto del turismo tampoco está tan bonito como para echar las campanas al vuelo. Enero y febrero de 2026 ya venían alrededor de 5 por ciento abajo en visitantes respecto al mismo periodo de 2025. Luego llegó el fatídico 22 de febrero, con la muerte de “El Mencho”, bloqueos, incendios, cancelaciones y una buena dosis de miedo exportada en redes sociales. En marzo, el aeropuerto de Vallarta registró una caída de 32.1 por ciento en pasajeros internacionales y la ocupación hotelera se desplomó más de 22 puntos respecto a marzo de 2025.
Así que sí: el 22 de febrero nos pegó. Y nos pegó donde más duele: en el bolsillo.
Pero cuidado con echarle toda la culpa al difunto, porque antes de aquel domingo ya había señales de desaceleración. Y después quedó claro algo todavía más delicado: un destino turístico vive de la confianza.
TAN SOLO BASTA
Al turista no hay que darle un balazo para espantarlo; a veces basta con un video viral, una carretera bloqueada o un vuelo cancelado.
Pero aquí viene la parte sabrosa: mientras discutimos cómo recuperar visitantes, quizá deberíamos preguntarnos cómo recuperar ciudad.
Porque podemos presumir millones de turistas, pero también tenemos tráfico, presión sobre el agua, vivienda cada vez más cara, transporte insuficiente y una infraestructura que tiene que correr detrás de un crecimiento que parece Fórmula Uno.
Vallarta no puede convertirse en un lugar maravilloso para vacacionar y complicado para vivir.
“FLU FLU VOLÓ”
Porque el turista, cuando algo no le gusta, toma un avión y se va.
El vallartense no puede tomar un avión para escapar de su propia ciudad.
Y ésa debería ser la verdadera discusión: no solamente cuántos visitantes queremos recibir, sino qué ciudad queremos que encuentren cuando lleguen… y, sobre todo, qué ciudad queremos dejarles a los que aquí se quedan.
Porque si seguimos construyendo el paraíso para los de afuera y dejando la ciudad para después, un día podemos despertar con hoteles llenos, aviones llenos y ciudadanos hasta la madre.
Y ahí sí, ni con pulsera de “todo incluido” nos salvamos.
