La Organización de las Naciones Unidas atraviesa quizá la mayor crisis de credibilidad de su historia. No porque hayan desaparecido las guerras, sino porque el organismo que nació para evitarlas parece haberse resignado a observarlas. Mientras el mundo se incendia por distintos frentes, la ONU acumula discursos, sesiones extraordinarias, llamados a la paz y resoluciones que, en demasiadas ocasiones, terminan archivadas por el peso de los intereses políticos de las grandes potencias.
La discusión sobre la sucesión de su próximo secretario general ha vuelto a exhibir una realidad incómoda: el máximo representante del organismo no es elegido únicamente por sus capacidades diplomáticas, sino por el visto bueno de quienes concentran el verdadero poder dentro del Consejo de Seguridad. Ahí no manda el consenso internacional; manda el veto. Mientras esa estructura permanezca intacta, será ingenuo pensar que la ONU podrá actuar con independencia frente a los conflictos donde alguno de sus miembros permanentes tenga intereses.
Resulta difícil pedirle al mundo que crea en una institución donde cinco países conservan privilegios diseñados hace más de ocho décadas, cuando el mapa político, económico y militar del planeta cambió por completo. El sistema internacional evolucionó, pero la ONU sigue atrapada en la lógica de 1945.
La guerra entre Rusia y Ucrania lo dejó al descubierto. También el conflicto en Gaza. En ambos casos, el Consejo de Seguridad quedó paralizado por el uso del veto y por la incapacidad de construir acuerdos que fueran más allá de las posiciones ideológicas de los bloques enfrentados. Mientras los diplomáticos discutían el lenguaje de las resoluciones, los muertos seguían acumulándose. Ese es el verdadero problema: no es que la ONU desconozca los conflictos, sino que carece de herramientas para detenerlos cuando chocan con los intereses de las grandes potencias. De poco sirve un organismo encargado de preservar la paz si es incapaz de actuar precisamente cuando la paz está más amenazada.
Desde luego, sería injusto desconocer el enorme trabajo que realizan agencias como la Organización Mundial de la Salud, el Programa Mundial de Alimentos o el Alto Comisionado para los Refugiados. Millones de personas sobreviven gracias a esos organismos y a la labor silenciosa de miles de funcionarios que trabajan lejos de los reflectores. Sin embargo, esa labor humanitaria no puede ocultar el profundo desgaste político de la institución madre.
Una cosa es repartir ayuda y otra muy distinta impedir que las tragedias ocurran. La ONU fue concebida para lo segundo y, sin embargo, hoy apenas logra sostener con eficacia lo primero.
Lo más preocupante es que el deterioro no proviene únicamente de los conflictos armados. También nace de la creciente pérdida de autoridad moral del organismo. Cada vez son más los gobiernos que invocan el derecho internacional cuando favorece sus intereses, pero lo ignoran cuando les resulta incómodo. Las grandes potencias exigen respeto a las normas mientras las interpretan a conveniencia. Esa doble moral ha terminado contaminando el sistema multilateral y debilitando la confianza de la comunidad internacional. Nadie parece dispuesto a someterse a las reglas que pretende imponer a los demás y, mientras eso ocurre, la ONU aparece como un árbitro al que todos llaman cuando les conviene, pero al que pocos están dispuestos a obedecer.
La discusión sobre una reforma integral lleva décadas estancada. Se habla de ampliar el Consejo de Seguridad, de incorporar nuevas potencias emergentes, de otorgar representación permanente a África o América Latina y de limitar el uso del veto en casos de genocidio o crímenes de guerra. Las propuestas abundan, pero la voluntad política brilla por su ausencia, porque quienes tendrían que aprobar esos cambios son exactamente los mismos que perderían privilegios si las reformas prosperaran. Es un círculo vicioso que mantiene secuestrada a la organización y que explica buena parte de su inmovilidad.
Mientras tanto, el mundo enfrenta desafíos que no existían cuando la ONU fue creada. La inteligencia artificial redefine las relaciones de poder; los ciberataques pueden paralizar países enteros; las guerras comerciales sustituyen a los tratados de cooperación; las migraciones masivas generan tensiones políticas en todos los continentes y el crimen organizado opera con estructuras transnacionales mucho más ágiles que los mecanismos internacionales para combatirlo. Frente a esa realidad, la ONU continúa reaccionando con la lentitud de una maquinaria burocrática incapaz de adaptarse al siglo XXI.
El riesgo es enorme. Cuando las instituciones internacionales pierden legitimidad, los países dejan de buscar soluciones colectivas y optan por imponer su voluntad mediante la fuerza económica, militar o tecnológica. Ese escenario ya comenzó a construirse. Basta observar cómo las principales potencias privilegian alianzas estratégicas, bloques regionales y acuerdos bilaterales antes que los mecanismos multilaterales. La consecuencia es un mundo cada vez más fragmentado, más impredecible y, por lo mismo, más peligroso.
No se trata de desaparecer la ONU. Sería un error monumental. Lo que necesita desaparecer es la complacencia con la que durante años se ha tolerado un modelo institucional que dejó de responder a las exigencias de nuestro tiempo. La organización requiere una cirugía mayor, no simples retoques administrativos. Necesita recuperar autoridad, capacidad de decisión y legitimidad política. De lo contrario, seguirá convirtiéndose en un escenario donde abundan los discursos solemnes y las buenas intenciones, mientras la realidad continúa escribiéndose con misiles, desplazamientos forzados y miles de vidas perdidas.
La elección del próximo secretario general será importante, pero no decisiva. Ningún liderazgo, por brillante que sea, podrá transformar una institución diseñada para inmovilizarse cuando los intereses de las grandes potencias entran en juego. El problema no es la persona que ocupe la oficina principal de Nueva York, sino las reglas del juego, y esas reglas benefician precisamente a quienes menos interés tienen en modificarlas. Si la comunidad internacional no encuentra el valor para reformar a fondo el organismo que creó para preservar la paz, la ONU terminará convertida en un símbolo de lo que pudo ser y no fue: una institución respetada en el discurso, pero irrelevante en los hechos. Ese sería, quizá, el mayor fracaso político de la comunidad internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
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