La aprobación por parte del gobierno de Israel para permitir el ingreso de una Fuerza Internacional de Estabilización a Gaza marca uno de los movimientos políticos más delicados desde el inicio de la guerra. La decisión, respaldada por el gabinete de seguridad de Benjamin Netanyahu y vinculada a un plan impulsado desde Washington, ha sido presentada como un paso hacia la estabilización del territorio. Sin embargo, detrás del anuncio surge una pregunta inevitable: ¿se trata del principio de la paz o del nacimiento de una nueva forma de ocupación bajo otro nombre?
No es una interrogante menor. Las guerras modernas rara vez concluyen con la firma de un tratado definitivo. Con mayor frecuencia evolucionan hacia escenarios donde la presencia militar cambia de uniforme, de bandera o de narrativa, pero no necesariamente modifica la realidad de quienes viven entre los escombros. Gaza parece encaminada precisamente hacia esa encrucijada.
Después de meses de devastación, miles de muertos, una infraestructura prácticamente destruida y una crisis humanitaria que ha indignado a buena parte del mundo, el debate dejó de centrarse únicamente en quién gana la guerra para enfocarse en quién administrará el día después. Esa transición suele ser aún más complicada que el propio conflicto.
La propuesta contempla el despliegue de una fuerza multinacional en zonas donde Israel dejaría de ejercer control directo, aunque manteniendo la facultad de decidir qué países participarían en la misión y bajo qué condiciones. Esa sola circunstancia explica por qué el proyecto despierta tantas reservas. Una misión internacional únicamente puede aspirar a generar confianza cuando existe verdadera autonomía. Si uno de los actores del conflicto conserva el control político sobre su integración y operación, la percepción de imparcialidad comienza debilitada desde el primer día.
Desde luego, también sería injusto ignorar que la situación actual resulta insostenible. Gaza enfrenta una emergencia humanitaria de dimensiones históricas. La destrucción de hospitales, viviendas, escuelas y servicios básicos ha dejado a millones de personas dependiendo casi exclusivamente de la ayuda internacional. Las restricciones para el ingreso de asistencia, el desplazamiento constante de la población y la escasez de recursos han agravado una tragedia que difícilmente podrá revertirse en el corto plazo.
En ese contexto, cualquier mecanismo que permita mejorar la distribución de ayuda, garantizar mayor seguridad para la población civil y reducir la violencia merece al menos ser considerado. El problema aparece cuando la ayuda humanitaria comienza a confundirse con objetivos estratégicos o militares. La historia demuestra que esa combinación rara vez termina bien.
No sería la primera ocasión en que una fuerza internacional llega con la promesa de estabilizar un territorio y termina atrapada entre intereses políticos incompatibles. Ocurrió en distintos momentos en los Balcanes, en Líbano, en Afganistán e incluso en algunas regiones africanas. En todos esos casos, la dificultad no consistía únicamente en contener la violencia, sino en responder una pregunta mucho más compleja: ¿a quién representa realmente esa fuerza internacional?
La respuesta nunca es sencilla.
Porque la paz no puede imponerse únicamente mediante soldados, aun cuando porten cascos azules o pertenezcan a una coalición multinacional. La estabilidad verdadera exige instituciones legítimas, autoridades reconocidas por la población y un horizonte político que permita imaginar un futuro distinto. Ninguno de esos elementos parece consolidado hoy en Gaza.
Tampoco ayuda el contexto internacional. Las grandes potencias han convertido el conflicto palestino-israelí en una especie de tablero geopolítico permanente. Estados Unidos mantiene un respaldo estratégico a Israel, mientras otras naciones intentan posicionarse como mediadoras sin lograr generar consensos suficientes. Europa aparece dividida. El mundo árabe mantiene posturas diversas. Las organizaciones multilaterales continúan enfrentando severas limitaciones para hacer cumplir sus propias resoluciones.
En medio de ese escenario, los habitantes de Gaza vuelven a quedar reducidos al papel de espectadores involuntarios de decisiones tomadas muy lejos de sus hogares.
Existe además otro riesgo menos visible, pero igualmente importante. Cuando una guerra se prolonga demasiado, la comunidad internacional termina acostumbrándose a ella. La emergencia deja de ser noticia cotidiana y comienza a administrarse como un problema permanente. Es el fenómeno de la normalización del conflicto.
Eso resulta profundamente peligroso.
Porque una sociedad no puede vivir indefinidamente bajo un régimen de excepción. Los niños no pueden crecer considerando normal escuchar bombardeos, depender de convoyes humanitarios o pasar años enteros desplazándose entre refugios temporales. Cuando la supervivencia sustituye al proyecto de vida, toda una generación queda marcada por consecuencias que trascienden cualquier acuerdo diplomático.
Por otra parte, Israel enfrenta también desafíos políticos internos. Benjamin Netanyahu llega a este nuevo capítulo con una presión considerable tanto dentro como fuera de su país. El desgaste de la guerra, las críticas internacionales y los propios debates internos sobre la estrategia militar obligan a buscar salidas que permitan disminuir costos políticos sin proyectar una imagen de derrota. La aceptación de una misión internacional puede interpretarse precisamente como un intento de encontrar ese equilibrio.
Sin embargo, la percepción internacional dependerá menos del anuncio y mucho más de los hechos. Si la presencia multinacional facilita verdaderamente el acceso de ayuda, protege a la población civil y abre condiciones para una solución política, probablemente será recordada como un punto de inflexión positivo. Si, por el contrario, únicamente sustituye una forma de control por otra, el conflicto habrá cambiado de apariencia, pero no de fondo.
Las guerras terminan realmente cuando desaparecen las razones que las alimentan, no cuando cambian los administradores del territorio.
Ese es precisamente el enorme desafío que enfrenta la comunidad internacional. Resulta relativamente sencillo organizar una fuerza de estabilización. Mucho más difícil será construir confianza entre pueblos que llevan generaciones acumulando agravios, miedo y desconfianza.
La paz auténtica exige justicia, seguridad para ambas poblaciones, reconocimiento mutuo y voluntad política sostenida. Ninguna misión militar, por eficiente que sea, puede reemplazar esos elementos.
Por eso conviene observar este nuevo paso con prudencia, pero también con sentido crítico. Ni el optimismo ingenuo ni el pesimismo absoluto ayudan a comprender una realidad extraordinariamente compleja. Lo ocurrido puede representar una oportunidad para reducir el sufrimiento inmediato de millones de personas, pero también puede convertirse en otro episodio dentro de una larga cadena de soluciones temporales que nunca atacan las causas profundas del conflicto.
El mundo tiene derecho a esperar algo más que una pausa administrada entre una tragedia y la siguiente. Gaza no necesita únicamente estabilización; necesita esperanza. Y esa, por desgracia, sigue siendo la misión más difícil de desplegar.
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