Un cocodrilo asesino, la desaparición de tres jovencitos y un alcalde incompetente, la receta perfecta para darle el tiro de gracia a un municipio que cada tres años cae más bajo en la escala de la buena gobernabilidad.
Desde los tiempos aquellos en los que el hotelero Gabriel Igartúa reclamaba al gobierno del estado que Puerto Vallarta no necesitaba un presidente municipal, sino un gobernador, a los tiempos actuales en los que literalmente cualquier aventurero puede despachar en la presidencia municipal mucha agua ha corrido bajo el puente.
Pero la constante es la misma, cada tres años, cada elección, la calidad de nuestra clase política es más miserable. Antes quienes aspiraban a la presidencia municipal debían trabajar el municipio por años o décadas hasta conseguir la candidatura, hoy basta seguir una corazonada y tener suerte para pegarle al Melate de la política local.
En el salón de cabildos de Puerto Vallarta tenemos la galería del horror, donde los retratos de presidentes municipales menos peores se mezclan con auténticos innombrables cuyo principal mérito fue ser sumisos y rastreros ante los verdaderos hombres del poder.
La decadencia de la clase política empezó con el PAN, pero alcanzó niveles de escándalo con Movimiento Ciudadano con alcaldes como El Mochilas, quien por sus pistolas decidió que el ayuntamiento dejara de sesionar por meses. A ramón Guerrero le debemos el alto honor de que el Pitas Pelayo pasara a la historia por haber sido dos veces alcalde interino del puerto.
El Pitas Pelayo, a quien hasta antes de dar el golpe político muchos lo recuerdan por amanecer tirado en cualquier plaza de El Pitillal, luego de una noche de parranda cotidiana.
Pero con MORENA fue el acabose, cuando el alcalde era el profesor Luis Michel pero el que mandaba era su hijo Jesús, tristemente conocido con el mote de El Cachuchas, con quien lo mismo negociaban empresarios que políticos o miembros del cuarto poder.
Gracias a Morena también tenemos el honor de que hayamos sido gobernados por un arribista llamado Pepe Martínez, a quien la alcaldía interina solo le sirvió para pagar sus deudas con Coppel y conseguir novia para casarse en la mismísima parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, matrimonio de ensueño que al parecer duró menos que el interinato.
En ese contexto más de 40 mil vallartenses votaron en el 2024 por ese príncipe de Dubai, el más bonito de todos los candidatos según las damas, y el menos peor de todos los contendientes según los empresarios que se la jugaron con él.
Podría decirse que el daño que Luis Munguía le está ocasionando al municipio es histórico, pero ahí están el Mochilas, Arturo Dávalos y el profe Michel para disputarle ese oscuro honor.
Hay que recordar el trienio de El Mochilas, cuando el patrimonio municipal fue desmantelado y un regidor en funciones fue desaparecido; luego vino el sexenio del Cepillo Dávalos, quien además de vender la Unidad Municipal Administrativa condenó al pueblo vallartense a pagar una renta vitalicia por más de un millón de pesos mensuales a Pensiones del Estado por el uso de la UMA.
Pero que nadie cante victoria, Luis Munguía todavía tiene por delante 15 meses para completar su misión de destruir por completo a Vallarta y convertirse en el nuevo millonario de la comarca.
Demasiado tiempo para un municipio que ha entrado en una espiral descendente de pronóstico reservado, donde cada semana resulta peor que la anterior por culpa de la desfachatez del alcalde, que lo mismo se compra percheros de 200 mil pesos que Tukiparques de utilería y unidades médicas millonarias.
Impresiona la facilidad del alcalde para ejercer su cargo cada día a pesar de las sólidas pruebas de corrupción e ineptitud en su contra, con las calles atiborradas de basura y la inseguridad galopando en las calles.
Mientras miles de personas rezan por la pronta aparición con vida de los tres jovencitos levantados el jueves pasado en El Zancudo, el alcalde disfruta del mundial con sus cuates organizando sus bacanales en el backstage del Fan Fest.
Mientras la noticia del ataque de cocodrilo que le costó la vida a un turista es tendencia mundial, Luis Munguía provoca pena ajena al proponer que la solución para controlar a los cocodrilos es colocarles un chip rastreador.
Seguramente alguno de sus gerentes ya cuadró el negocio para comprar chips en alguna aplicación china para facturarlos como si fueran roscas de reyes de Don Chonito, a precios de perchero.
Antes la estupidez de nuestra clase no era tan preocupante porque el municipio estaba sólido en su economía y en su seguridad pública, pero hoy suena terrible que el municipio esté en su peor momento y en las peores manos posibles, con una clase política de kínder y una clase empresarial cómplice.
Puerto Vallarta ha entrado, desde el pasado 22 de febrero, en la peor etapa de su historia, y lo que más nos debe preocupar es que estamos en manos del peor alcalde de la historia. No es coincidencia que el gobernador Pablo Lemus, que tanto presumía de amar a Puerto Vallarta, se haya vuelto ojo de hormiga y se haya convertido en maestro de ceremonias del Fan Fest de la Minerva, dándole la espalda a los vallartenses al dejarnos solos en manos de esta pandilla de corruptos incompetentes.
