Hace apenas unos días, Madrid habló fuerte.
Miles de ciudadanos recorrieron las calles de la capital española para exigir la dimisión de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones anticipadas. Aquella movilización, más allá de las cifras discutidas entre organizadores y autoridades, dejó una sensación difícil de ignorar: existe una parte importante de la sociedad española que ha comenzado a mostrar signos evidentes de cansancio hacia el gobierno.
Hoy, esa inconformidad encuentra nuevos argumentos.
Las dos últimas semanas se han convertido probablemente en las más complicadas para el Partido Socialista Obrero Español desde el inicio de la actual legislatura. Si la manifestación celebrada en Madrid reflejó el desgaste político acumulado, los acontecimientos posteriores amenazan con profundizar el deterioro reputacional que enfrenta la formación encabezada por Pedro Sánchez.
Porque cuando la presión de las calles coincide con investigaciones judiciales que alcanzan a figuras históricas del partido, el problema deja de ser coyuntural para convertirse en un desafío estructural.
La decisión de la Audiencia Nacional de imputar al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por presuntos delitos de tráfico de influencias y blanqueo de capitales relacionados con el rescate otorgado a la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia ha provocado una sacudida política de enormes dimensiones. No se trata de una sentencia ni de una declaración de culpabilidad. Eso corresponde exclusivamente a los tribunales determinarlo. Sin embargo, en términos políticos, el impacto es inmediato.
Zapatero no es un exmandatario cualquiera. Continúa siendo una de las figuras más influyentes del socialismo español contemporáneo. Su peso político, su presencia pública y su cercanía con diversos sectores del partido hacen imposible separar completamente su situación personal de la imagen general del PSOE.
Y eso ocurre precisamente en el peor momento.
La marcha de Madrid ya había puesto sobre la mesa un problema de legitimidad política para el gobierno. Muchos de los manifestantes expresaban su rechazo a los pactos con fuerzas independentistas, a las concesiones parlamentarias realizadas para sostener la mayoría legislativa y a lo que consideran una creciente subordinación de las instituciones a los intereses de permanencia política.
Ahora, a ese malestar se suma una nueva fuente de desconfianza.
El caso Plus Ultra posee además una carga simbólica especial. Durante la pandemia, los gobiernos de todo el mundo tomaron decisiones extraordinarias para evitar el colapso económico. Millones de ciudadanos aceptaron restricciones, sacrificios y medidas excepcionales bajo la premisa de que eran necesarias para proteger el interés colectivo. Por eso cualquier sospecha relacionada con el uso de recursos públicos destinados a enfrentar aquella emergencia adquiere una sensibilidad particularmente elevada.
La ciudadanía quiere saber si los apoyos se otorgaron con criterios estrictamente técnicos o si existieron influencias indebidas detrás de algunas decisiones.
Y cuando aparecen dudas de esa naturaleza, la confianza comienza a erosionarse.
Lo preocupante para el PSOE no es únicamente la investigación en sí misma, sino la acumulación de factores de desgaste. La política moderna castiga menos los errores aislados que la sensación de deterioro permanente. Cuando una controversia sucede a otra, cuando cada semana surge un nuevo cuestionamiento y cuando la atención pública permanece enfocada en los problemas, la percepción ciudadana suele modificarse con rapidez.
Pedro Sánchez ha demostrado a lo largo de su trayectoria una extraordinaria capacidad de supervivencia política. Ha superado crisis internas, derrotas temporales, complejas negociaciones parlamentarias y desafíos que parecían capaces de poner fin a su carrera. Pocos líderes europeos han mostrado semejante habilidad para mantenerse en pie cuando las circunstancias parecían adversas.
Pero incluso los dirigentes más resistentes enfrentan límites.
La protesta de Madrid reveló que una parte de la sociedad comienza a perder paciencia. La investigación que ahora involucra a Zapatero amenaza con alimentar esa misma corriente de descontento. Y la combinación de ambos factores resulta especialmente delicada.
La oposición lo sabe.
El Partido Popular y Vox han encontrado un terreno fértil para reforzar su discurso sobre el supuesto agotamiento del proyecto socialista. Presentan estos acontecimientos como evidencia de una forma de gobernar basada en acuerdos oportunistas y estructuras de poder alejadas de las preocupaciones ciudadanas. Aunque esas acusaciones forman parte de la confrontación política habitual, encuentran hoy una audiencia más receptiva que hace algunos meses.
Sin embargo, tampoco debe ignorarse que la oposición sigue enfrentando sus propios desafíos. El desgaste del gobierno no garantiza automáticamente una alternativa sólida. Buena parte del electorado español continúa observando con cautela a las distintas fuerzas opositoras, lo que explica en buena medida la capacidad de Sánchez para conservar espacios de maniobra política.
La gran incógnita consiste en determinar si España se encuentra ante una tormenta pasajera o frente al inicio de una etapa de erosión más profunda.
La historia política europea ofrece numerosos ejemplos de gobiernos que parecían estables hasta que una sucesión de escándalos, protestas y cuestionamientos terminó debilitando los cimientos de su legitimidad. Primero surge el malestar. Después aparecen las movilizaciones. Más tarde llegan las investigaciones, las dudas y el desgaste institucional. Finalmente, los ciudadanos expresan su veredicto en las urnas.
España aún no se encuentra necesariamente en esa fase definitiva. Pedro Sánchez conserva poder, control institucional y capacidad de negociación. Nadie debería dar por concluido su ciclo político antes de tiempo.
Pero también es cierto que las señales de advertencia empiezan a multiplicarse.
La marcha de Madrid fue un mensaje de inconformidad social. El caso Zapatero representa ahora un desafío de credibilidad política. Ambos acontecimientos forman parte de una misma historia: la creciente presión que enfrenta un gobierno que, después de años de resistir prácticamente todas las tormentas, comienza a percibir cómo el horizonte se vuelve cada vez más oscuro.
Porque los gobiernos pueden soportar críticas, protestas e incluso investigaciones judiciales por separado. Lo verdaderamente complicado es enfrentar todo al mismo tiempo.
Y hoy, precisamente, es eso lo que está ocurriendo en España.
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