Hace apenas unas semanas escribíamos que el mundo observaba la barbarie iraní y optaba por no mirar. Hoy ese diagnóstico quedó obsoleto. El silencio se rompió. Ya no hay omisiones diplomáticas ni declaraciones tibias. Hay misiles. Hay decisiones militares. Hay cálculo estratégico. Y, sobre todo, hay un riesgo sistémico que trasciende a Medio Oriente.
Estados Unidos ha ejecutado ataques contra posiciones vinculadas a Irán y a su entramado regional. Israel intensifica operaciones. El Golfo se militariza. Las rutas energéticas se blindan. El lenguaje diplomático se endurece. El tablero dejó de ser retórico y pasó a ser operacional. Sin embargo, la pregunta incómoda permanece intacta: ¿se actúa por la represión interna del régimen iraní o por el equilibrio estratégico regional y la contención de su proyección militar? La diferencia no es semántica. Es estructural.
Para comprender el presente es imprescindible volver al punto de quiebre. La Revolución Islámica de 1979 no fue simplemente un cambio de gobierno. Fue la creación de un Estado teocrático ideológico con vocación expansiva. Desde entonces, el régimen iraní edificó su supervivencia sobre tres pilares centrales. El primero, el control ideológico absoluto en el plano interno, con el clero chiita como fuente de legitimidad política. El segundo, una estructura militar paralela, la Guardia Revolucionaria, diseñada no solo como fuerza armada sino como garante del sistema. El tercero, la proyección regional asimétrica mediante la exportación de la revolución a través de milicias aliadas.
Ese modelo explica la presencia de Hezbollah en Líbano, la influencia de milicias chiitas en Irak, el sostén al régimen sirio y el respaldo a los hutíes en Yemen. Irán no libra guerras convencionales directas. Construye redes de influencia armada, fragmentadas y adaptables, que le permiten erosionar a sus adversarios sin asumir el costo de un enfrentamiento frontal.
Durante décadas, Washington alternó entre contención y negociación. Sanciones económicas, presión diplomática, acuerdos nucleares intermitentes y retrocesos calculados formaron parte de una estrategia ambigua, diseñada más para administrar el problema que para resolverlo. Pero el ataque de Hamas contra Israel alteró la ecuación. La tolerancia estratégica se redujo drásticamente. La seguridad israelí pasó al centro de la agenda occidental. No por idealismo, sino por doctrina de seguridad. En ciertos momentos, no actuar equivale a aceptar un nuevo equilibrio de poder.
Existe, sin embargo, una ilusión recurrente en la política internacional: creer que eliminar al líder desestabiliza automáticamente al régimen. Irán no es una dictadura personalista simple. Es una teocracia institucionalizada, con mecanismos de sucesión y poder distribuido entre el líder supremo, el Consejo de Guardianes y la Guardia Revolucionaria, que además controla una vasta red económica paralela. La eventual muerte de una figura central no garantiza el colapso del sistema. Incluso puede radicalizarlo. No se trata de un castillo sostenido por una sola columna, sino de una arquitectura ideológica diseñada para sobrevivir a individuos.
Si Teherán interpreta los ataques como una agresión existencial, la respuesta probablemente no será convencional. Puede adoptar formas asimétricas, fragmentadas e indirectas: activación ampliada de fuerzas proxy, presión sobre bases estadounidenses, intensificación de la tensión con Israel o sabotaje marítimo selectivo. Pero hay un elemento aún más delicado: la posible construcción de una narrativa de yihad defensiva que movilice identidad religiosa. Cuando el conflicto adquiere una dimensión teológica, la racionalidad estratégica se vuelve más frágil. La guerra deja de ser solo cálculo y se convierte en identidad. Y los conflictos identitarios son siempre más difíciles de contener.
Hay además un punto crítico que podría transformar este enfrentamiento en una crisis global: el Estrecho de Ormuz. Por esa vía transita cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Un bloqueo parcial, un sabotaje selectivo o una militarización sostenida no serían gestos simbólicos. Serían un shock energético inmediato, con aumento del precio del crudo, presión inflacionaria global, golpe a las economías emergentes y tensiones financieras generalizadas. Las economías occidentales aún arrastran las secuelas de la inflación pospandemia y de la guerra en Ucrania. El margen de absorción es limitado. Un error de cálculo en ese punto no sería regional. Sería macroeconómico.
A esto se suma una variable institucional clave en Estados Unidos. La Constitución otorga al Congreso la facultad de declarar la guerra. Sin embargo, en la práctica, desde Vietnam hasta Irak, el poder ejecutivo ha ampliado su margen de acción mediante autorizaciones limitadas, resoluciones ambiguas o intervenciones sin declaración formal. Cada escalada reabre el mismo debate: ¿actúa el Ejecutivo dentro del marco constitucional o estira peligrosamente la elasticidad del sistema? En un contexto de polarización política extrema, cualquier operación militar corre el riesgo de convertirse en un frente interno adicional. La política exterior deja de ser consenso y se transforma en disputa doméstica.
La figura de Trump vuelve inevitable la pregunta sobre la motivación última de estas decisiones. ¿Se trata de un cálculo frío o de un movimiento reactivo frente al ruido interno, el dolor social y los escándalos políticos? Tres escenarios conviven. El primero es el del cálculo estratégico deliberado: una línea roja cruzada, una respuesta disuasiva, la restauración de credibilidad y un mensaje claro a aliados y adversarios. La lógica clásica sostiene que no golpear proyecta debilidad, mientras que golpear con precisión redefine el tablero. Pero esa lógica exige una arquitectura de salida clara. Y la pregunta es si realmente existe.
El segundo escenario es el de la distracción estratégica, el conocido rally around the flag. Un conflicto externo puede unificar a la opinión pública, relegar titulares incómodos y reposicionar el liderazgo. No implica fabricar una guerra, sino acelerar decisiones cuando el contexto interno las vuelve funcionales. El problema es que una escalada mal gestionada no tapa escándalos. Los multiplica. Si el petróleo sube, la inflación reaparece y los mercados reaccionan, la narrativa deja de ser patriótica y se vuelve económica.
El tercer escenario es el más preocupante: la improvisación de alto riesgo. Si la operación careció de consenso institucional amplio, respaldo estratégico sostenido y coordinación internacional sólida, no estamos ante una jugada de ajedrez, sino ante un movimiento táctico con consecuencias abiertas. Y Medio Oriente no perdona la improvisación.
El mundo pasó de la indiferencia moral al cálculo bélico en tiempo récord. El problema es que el cálculo, cuando se equivoca, corrige con crisis. Y esta vez, el margen de error es peligrosamente estrecho.
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