¿Cuántos de ustedes han recibido una llamada de un número desconocido, han visto que apenas sonó una vez y, por curiosidad, estuvieron a punto de regresar la llamada?
No levanten la mano todavía… porque seguramente somos muchos.
Y es que uno ve el celular, aparece un número que no conoce y comienza el interrogatorio mental:
“¿Quién será? ¿Me estarán buscando? ¿Será algo importante? ¿Y si es alguien que necesita hablar conmigo?”
LA ESTAFA TIENE NOMBRE
Y ahí, precisamente ahí, puede comenzar el problema.
La trampa tiene nombre: “wangiri”. Viene del japonés y significa, literalmente, algo parecido a “llamada y corte”.
La estrategia es de una sencillez que hasta da coraje: una máquina marca miles de números, deja sonar una vez y cuelga.
No quieren hablar contigo.
Quieren que tú les regreses la llamada.
LA TENTACIÓN
Y cuando uno cae en la tentación de hacerlo, puede terminar conectado a líneas de tarificación especial, donde cada minuto puede representar dinero para quien está detrás de la trampa.
Pueden dejar música, una grabación, una supuesta espera… cualquier cosa que consiga mantenernos en la línea.
Mientras nosotros pensamos: “Ya casi me contestan”.
Y ellos, probablemente, pensando: “Ya casi nos paga”.
Pero lo verdaderamente interesante de esta historia no está en la llamada.
Está en nosotros.
Porque los estafadores conocen algo muy humano: la curiosidad.
LA INCERTIDUMBRE
Queremos saber quién llamó. Queremos contestar. Queremos regresar la llamada. Queremos enterarnos.
Y en un mundo donde prácticamente todo llega de inmediato, hemos desarrollado una especie de desesperación por saber.
¿Quién me llamó?
¿Quién me escribió?
¿Por qué no contestó?
¿Será importante?
Y esa pequeña inquietud puede ser justamente el anzuelo.
Por eso quizá la pregunta no debería ser solamente cuántos hemos recibido llamadas de este tipo.
La pregunta es: ¿Cuántas veces hemos permitido que nuestra curiosidad piense por nosotros?
Porque hoy puede ser una llamada perdida.
Mañana un mensaje.
Después un enlace.
Y pasado mañana alguien haciéndose pasar por un familiar, un banco o cualquier otra persona para intentar sacarnos información o dinero.
La tecnología avanza… pero las mañas también.
Así que si no reconocemos el número, especialmente si es internacional o extraño, no devolvamos la llamada por simple curiosidad.
Bloquearlo cuesta unos segundos.
Perder dinero puede costarnos mucho más.
QUIZÁ NO… PERO
Y aquí viene la reflexión final: Quizá no podamos evitar que los delincuentes nos llamen. Pero sí podemos evitar convertirnos en quienes les regresan la llamada.
Porque en estos tiempos, hasta una llamada perdida puede traer veneno.
Y las víboras, ya sabemos, no siempre se arrastran por el suelo.
Algunas también caben en la pantalla de nuestro teléfono.
