Brasil despertó este lunes con una segunda vuelta presidencial por delante, pero también con un mapa político diferente. Flávio Bolsonaro terminó la primera ronda con 47 por ciento de los votos válidos frente al 45 por ciento de Luiz Inácio Lula da Silva. La diferencia es pequeña, demasiado para hablar de un mandato contundente y mucho menos para anticipar lo que ocurrirá el 25 de octubre. Sin embargo, quedarse solamente con esos dos puntos sería perder de vista lo verdaderamente interesante de la jornada.
Porque no fue únicamente Flávio Bolsonaro.
La derecha brasileña avanzó también en el Congreso y consiguió ampliar considerablemente su presencia. El Partido Liberal, la principal fuerza del bolsonarismo, pasó de 15 a 28 senadores y se proyecta con 121 diputados, frente a los 98 que tenía. El dato cambia la dimensión de lo ocurrido: aun si Lula consigue remontar en la segunda vuelta y permanecer en la presidencia, tendría que gobernar frente a un Congreso bastante más adverso.
Ese puede ser el resultado político más importante del domingo.
Durante cuatro años se discutió si el bolsonarismo sobreviviría a Jair Bolsonaro. Ya tenemos la respuesta. Sobrevivió, encontró candidato, conservó millones de votos y además logró extender su influencia legislativa. El expresidente no necesitó aparecer en la boleta para convertirse nuevamente en uno de los grandes protagonistas de una elección brasileña.
Pero reducir todo a la fuerza de un apellido también sería un error.
Lo que ocurrió el domingo obliga a preguntarse si Brasil está experimentando un desplazamiento político más profundo. No significa que el país entero se haya vuelto conservador de repente ni que la izquierda brasileña esté derrotada. Lula consiguió 45 por ciento y conserva una enorme base electoral. Estamos hablando de una sociedad prácticamente partida por la mitad.
Lo significativo es otra cosa: la derecha brasileña parece haber conseguido algo que durante mucho tiempo no tuvo con semejante claridad, una identidad política capaz de mantenerse incluso cuando su principal dirigente no puede competir.
Flávio Bolsonaro recibió este lunes el respaldo de Ronaldo Caiado y Romeu Zema, dos de sus rivales conservadores en la primera vuelta. La velocidad de esos alineamientos muestra que la segunda ronda comienza con un intento bastante evidente de concentrar el voto de derecha alrededor de un solo candidato. Lula tendrá que hacer exactamente lo contrario: ampliar su coalición más allá de quienes ya votaron por él.
Ahí comienza una campaña distinta.
La primera vuelta permite votar por identidad, convicción o afinidad. La segunda obliga muchas veces a escoger entre dos opciones y convierte a los electores de los candidatos eliminados en el territorio político más disputado. Lula y Flávio ya no necesitan convencer únicamente a los suyos. Necesitan hablar con quienes ayer eligieron a otro.
Y Lula llega a ese momento con una pregunta incómoda sobre la mesa.
El presidente había expresado su expectativa de ganar en primera vuelta. No ocurrió. Terminó segundo. Eso no determina lo que sucederá el 25 de octubre, pero sí obliga al Partido de los Trabajadores a preguntarse por qué una parte importante del país continúa buscando una alternativa a un presidente que llegó a esta elección desde el poder.
La explicación fácil sería atribuirlo todo a Bolsonaro.
No alcanza.
Las principales preocupaciones expresadas por los brasileños durante la campaña estuvieron relacionadas con cuestiones mucho más concretas: seguridad, costo de vida, situación económica, corrupción y funcionamiento de los servicios públicos. Lula puede reivindicar programas sociales y resultados de su administración, pero una elección no se decide únicamente con balances de gobierno. Se decide también con percepciones, expectativas y frustraciones.
Y una parte enorme de Brasil está frustrada.
El bolsonarismo ha sabido convertir esa inconformidad en identidad política. Ahí reside buena parte de su fortaleza, pero también su mayor responsabilidad. Resulta mucho más sencillo canalizar el enojo que resolver aquello que lo produce. La inseguridad no desaparece con discursos duros. El costo de vida no baja porque un candidato critique al gobierno. La corrupción tampoco termina simplemente cambiando al partido que ocupa el Palacio del Planalto.
Si Flávio Bolsonaro quiere demostrar que representa algo más que la continuidad de su padre, tendrá que explicar cómo piensa responder a esos problemas.
El apellido abre puertas. No gobierna países.
También conviene observar lo ocurrido en los mercados. La Bolsa brasileña reaccionó este lunes con una subida de 7.7 por ciento y alcanzó niveles récord después de conocerse los resultados electorales. Los inversionistas interpretaron el avance de Bolsonaro y de las fuerzas conservadoras como una posibilidad de cambios en la política económica y fiscal.
Pero los mercados votan todos los días y los ciudadanos solamente en determinadas fechas.
Confundir entusiasmo financiero con respaldo social suele producir errores bastante costosos. Una Bolsa puede celebrar expectativas de disciplina fiscal, privatizaciones o reformas mientras millones de familias continúan preocupadas por el precio de los alimentos, el empleo o la seguridad. Ambas realidades importan y cualquier presidente brasileño tendrá que convivir con ellas.
Lula conoce perfectamente esa tensión. Gran parte de su éxito político histórico nació precisamente de combinar crecimiento económico con programas sociales y aumento del consumo popular. El problema es que el Brasil de 2026 no es el mismo que gobernó por primera vez hace más de veinte años. La sociedad cambió, las redes sociales transformaron la política, el conservadurismo adquirió una fuerza mucho mayor y la polarización convirtió muchas discusiones públicas en batallas de identidad.
Incluso las iglesias evangélicas, las fuerzas de seguridad, el sector agropecuario y amplios segmentos de las clases medias han adquirido un peso político diferente al que tenían cuando Lula comenzó su carrera presidencial. La derecha aprendió a organizarse territorialmente, a construir liderazgos y a disputar espacios que antes aparecían fragmentados.
Bolsonaro aceleró ese proceso, pero no necesariamente lo creó desde cero.
Por eso sería un error para la izquierda brasileña pensar que basta con derrotar nuevamente a un Bolsonaro para que el fenómeno desaparezca. Incluso si Lula gana la segunda vuelta, el Congreso que surgió de estas elecciones seguirá ahí. También permanecerán los gobernadores, senadores, diputados, alcaldes y millones de electores que se identifican con posiciones conservadoras.
Lo mismo vale para la derecha. Si Flávio gana, tendrá enfrente a casi la mitad del país que votó por Lula y a una izquierda con una estructura política, sindical y social profundamente arraigada. Brasil no va a dejar de estar dividido el 25 de octubre, independientemente del resultado.
Ese quizá sea el verdadero desafío.
La elección brasileña se está presentando nuevamente como una batalla existencial. Para una parte del país, impedir el regreso del bolsonarismo es una misión democrática. Para otra, sacar al Partido de los Trabajadores del poder es igualmente urgente. Cuando una sociedad empieza a votar principalmente para evitar que gobierne el otro, cada elección aumenta la temperatura de la siguiente.
Y así resulta muy difícil gobernar después.
Brasil necesita discutir seguridad, deuda, crecimiento, desigualdad, infraestructura, Amazonia, energía, educación y su posición frente a Estados Unidos, China y los BRICS. Sin embargo, buena parte de la conversación vuelve inevitablemente a los mismos nombres: Lula y Bolsonaro.
Eso dice mucho de la enorme capacidad política de ambos. Pero quizá dice demasiado poco sobre el futuro que Brasil debería estar discutiendo.
La segunda vuelta todavía puede modificar muchas cosas. Lula buscará recuperar terreno, Flávio intentará sumar prácticamente todo el voto conservador y las próximas semanas estarán llenas de negociaciones, respaldos, errores y confrontaciones. Dos puntos de diferencia no permiten dar por resuelta una elección de esta magnitud.
Lo que sí dejó bastante más claro el domingo es que el bolsonarismo ya no puede explicarse solamente por Jair Bolsonaro.
Hay una derecha brasileña organizada, electoralmente competitiva y con mayor presencia legislativa. Tiene ahora el reto de demostrar si además de ganar espacios sabe qué hacer con ellos. La izquierda, por su parte, enfrenta una pregunta que quizá sea todavía más incómoda: por qué, después de regresar al poder, no consiguió reducir la fuerza de aquello que creyó haber derrotado en 2022.
Brasil no giró completamente de un lado al otro en una sola noche. Las sociedades no funcionan así. Pero el mapa sí se movió.
Y esta vez se movió hacia la derecha.
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