Durante mucho tiempo la sola posibilidad de colocar publicidad en los costados o en la parte trasera de los camiones urbanos de Puerto Vallarta fue algo poco menos que un insulto.
Los intentos de algunos emprendedores visionarios por explotar el atractivo negocio de la publicidad móvil chocaron una y otra vez con la férrea oposición del municipio y de algunos líderes sindicales que se negaban a aceptar esa contaminación visual.
Hasta que a uno de los influyentes se le ocurrió el negocio y se acabó la oposición, fluyeron los permisos y ahora vemos por todas partes la carita de la diputada Yussara presumiendo sus grandes logros como diputada local.
Lo mismo pasó décadas atrás con la llegada del primer table dance a Puerto Vallarta, el mítico Caballo Loco que operaba en Olas Altas justo en un local arrendado por la familia de don Máximo Cornejo.
A pesar del enorme éxito que tuvo entre los caballeros la apertura de ese antro, el escándalo fue tal que la dirigencia de la vela perpetua, también conocida como Asociación Femenil Vallartense, se trepó al camión presidencial y exigió al mismísimo Carlos Salinas de Gortari la clausura inmediata del antro.
El cese fue fulminante, Efrén Calderón Arias, presidente, y Salim Casab, oficial Mayor de Padrón y Licencias, tuvieron que doblar las manos y clausurar el sitio, a pesar de que se rumoraba que eran socios del mismo.
Hoy Puerto Vallarta tiene más table dances que iglesias, y la publicidad en los autobuses es algo de lo más rutinario, nadie se queja de lo uno ni de lo otro, demostrando que las sociedades cambian y se acomodan a la modernidad, aunque no siempre sea para bien.
Todo esto viene a cuento por la aparición del primer anuncio espectacular flotante, un barco de mediano calado dotado de una pantalla en la cual se proyectaba publicidad turística mientras bordeaba la bahía.
Lo primeros en pegar el grito en el cielo fueron los extranjeros, esos celosos defensores del pueblito típico mexicano que incluye playas privadas para uso exclusivo de algunos extranjeros.
Luego vino la indignación generalizada en cascada, al grado de que el mismísimo ayuntamiento encabezado por Luis Munguia exigió a las autoridades federales una pronta investigación para dar con el responsable de este ecocidio.
Al parecer se trata de la misma empresa que a principios de año intentó hacer de los camellones de la avenida de ingreso un lavadero publicitario, y al no poder concretar su intentona ahora regresó remasterizada a conquistar la publicidad por mar, como los viejos piratas que en el pasado fueron el azote de la bahía.
Qué bueno que no hayamos perdido nuestra capacidad de indignación, en una ciudad que se caracteriza por sus glorietas de basura y sus calles atascadas de baches.
Gratifica que aún nos podamos escandalizar por algo, ya sea un asalto a mano armada a plena luz del día o un espectacular flotante recorriendo la bahía.
Lo malo es que nos vencen por cansancio, y lo que un día nos ofendió hasta lo más profundo, al día siguiente ya nos importa tres rebanadas de pepino.
Porque así se fue escribiendo la debacle de esta gran ciudad, golpe a golpe, cabronada tras cabronada, abuso por abuso, hasta hacernos creer que eso forma parte de la normalidad.
Desde el compa aquel que desvió la carretera federal para extender sus terrenos de montaña hasta la playa de blanca arena, hasta el cuate que se apoderó de toda la desembocadura del Río Ameca para construir su Disneylandia Región 4 convirtiendo a los cocodrilos en parias de su propio territorio.
Vamos a ver cuánto nos dura la indignación, porque desgraciadamente los políticos y los empresarios ya nos tienen bien agarrada la medida porque que saben muy bien que la indignación ciudadana siempre tiene fecha de caducidad.
