Perú no está votando: está buscando una salida. Y cuando un país vota así, con prisa, con enojo y con desconfianza acumulada, lo que sale de las urnas no siempre es claridad, sino un reflejo crudo del desgaste. Lo que ocurrió en esta elección presidencial, con resultados apretados, impugnaciones tempranas y fallas logísticas, no es un accidente. Es la consecuencia de una década en la que el poder dejó de ser una herramienta de gobierno para convertirse en un campo de batalla permanente.
El ascenso de Roberto Sánchez al segundo lugar no es una sorpresa en el sentido tradicional. Es, más bien, una señal. La señal de que una parte importante del electorado está dispuesta a apostar por una ruptura, incluso si esa ruptura implica incertidumbre. No se trata únicamente de ideología. Se trata de hartazgo. De una ciudadanía que ha visto desfilar presidentes como piezas desechables, atrapados entre acusaciones, destituciones y maniobras parlamentarias que terminaron por vaciar de sentido a la institucionalidad.
Ocho mandatarios en una década no son un síntoma: son un colapso. Y cuando el poder se vuelve efímero, cuando ningún gobierno logra sostenerse lo suficiente para construir, la política deja de ser un espacio de soluciones y se convierte en una maquinaria de sobrevivencia. En ese terreno, los extremos crecen. No porque sean necesariamente mejores, sino porque prometen algo distinto. Y en contextos de crisis, lo distinto suele ser suficiente.
Keiko Fujimori, con ese 17 por ciento que la coloca al frente, no representa estabilidad en el sentido clásico. Representa memoria. Una memoria compleja, dividida, cargada de claroscuros. Para algunos, es la continuidad de una mano firme que en su momento logró imponer orden. Para otros, es el recordatorio de un pasado autoritario que nunca terminó de rendir cuentas. Su presencia en la cima de la contienda no habla de entusiasmo masivo, sino de un voto duro que resiste, que no desaparece, que encuentra en la incertidumbre actual una razón para volver a tomar forma.
Del otro lado, Roberto Sánchez encarna otra cosa. No necesariamente un proyecto sólido, no necesariamente una propuesta articulada en todos sus frentes, sino una narrativa. La narrativa del cambio profundo, de la confrontación con las élites, de la promesa de un nuevo comienzo. Es el tipo de discurso que prende en terrenos erosionados, donde la institucionalidad ya no genera confianza y donde las reglas del juego son vistas como parte del problema.
El problema es que cuando dos proyectos tan distintos, tan cargados de simbolismo y de rechazo mutuo, se perfilan hacia una segunda vuelta, lo que viene no es un debate de ideas. Es una confrontación de miedos. El miedo a lo que representa el otro. El miedo a perder lo poco que queda en pie. El miedo a que el país termine de romperse.
Y en medio de todo eso, aparecen las denuncias. Las fallas logísticas. Las dudas sobre el proceso. No son detalles menores. En un contexto de fragilidad institucional, cualquier irregularidad, por pequeña que sea, se magnifica. Se convierte en argumento. En combustible. En justificación para deslegitimar no solo el resultado, sino al sistema entero. Y cuando eso ocurre, la elección deja de ser un mecanismo de resolución y se transforma en el inicio de un nuevo conflicto.
Rafael López Aliaga, desplazado por un margen mínimo, ya ha comenzado a cuestionar los resultados. No es un gesto aislado. Es parte de un patrón que se repite en distintas latitudes: cuando la confianza en las instituciones es baja, perder no es solo perder. Es, para muchos, una señal de que algo estuvo mal desde el principio. Y esa narrativa, una vez instalada, es difícil de desmontar.
El escenario que se dibuja es complejo. Una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no solo dividiría al país en términos ideológicos. Lo haría también en términos emocionales. No sería una elección entre dos proyectos de gobierno claramente definidos, sino entre dos formas de entender el pasado y de imaginar el futuro. Y en ese tipo de confrontaciones, la racionalidad suele quedar en segundo plano.
Hay, además, un elemento que no puede ignorarse: la fatiga democrática. Cuando los ciudadanos sienten que su voto no cambia nada, que los gobiernos caen uno tras otro sin dejar resultados, que la política es un juego de élites desconectadas de la realidad, la participación pierde sentido. Y cuando eso ocurre, el terreno queda abierto para discursos más radicales, más simples, más directos. Discursos que prometen soluciones rápidas a problemas complejos.
Perú está en ese punto. En ese momento en el que las decisiones se toman más desde la emoción que desde el cálculo. Más desde la necesidad de castigar que desde la intención de construir. Y eso es peligroso. No porque la ciudadanía no tenga derecho a expresar su enojo, sino porque el enojo, por sí solo, no construye instituciones ni genera estabilidad.
La pregunta de fondo no es quién ganará la elección. Es qué tipo de país quedará después de ella. Porque incluso quien resulte vencedor lo hará con un respaldo limitado, en un entorno polarizado y con una oposición que, previsiblemente, no estará dispuesta a concederle demasiado margen de maniobra. Gobernar en esas condiciones no es difícil: es casi inviable.
Y sin embargo, ahí está el dilema. Perú necesita estabilidad, pero sus condiciones actuales la empujan en sentido contrario. Necesita reconstruir la confianza en sus instituciones, pero esas mismas instituciones han sido debilitadas durante años. Necesita liderazgos capaces de tender puentes, pero lo que emerge son figuras que, por su propia naturaleza, tienden a profundizar las divisiones.
Lo que está en juego no es solo una presidencia. Es la posibilidad de que el país recupere un mínimo de equilibrio. De que la política deje de ser una sucesión de crisis y se convierta, otra vez, en un espacio de acuerdos. Pero para eso no basta con una elección. Se necesita algo más profundo. Una reconstrucción que va más allá de nombres y de porcentajes.
Mientras tanto, el conteo avanza, las cifras se ajustan y las posiciones se consolidan. Pero debajo de esa superficie numérica, lo que realmente se mueve es otra cosa: una sociedad que sigue buscando cómo salir de un ciclo que parece no tener fin. Un país que, cada vez que vota, lo hace con la esperanza de que esta vez sea diferente. Y que, hasta ahora, no ha encontrado razones suficientes para creer que lo será.
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