Hace poco menos de un año, cuando el calor de julio aún azotaba con fuerza las calles de Puerto Vallarta, el 13 de ese mes se inauguró el segundo parque conocido como “Tukilandia”, en la colonia Los Sauces.
Con la presencia de autoridades municipales y vecinos el parque
fue presentado en ese entonces, como una apuesta firme por el bienestar de la zona, sobre todo, los juegos infantiles tan anhelados por la niñez de la zona.
PARA QUE FUE CREADO
Pues bien, a solo nueve meses de eso, se puede comprobar
que cada metro cuadrado de este parque cumple a la perfección la función para la que fue creado. Ya no es solo un conjunto de instalaciones al aire libre, sino el centro de reunión de niños y adultos que pasan un rato agradable y gastan un poco de energía.
DON DAVID
Ayer, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el poniente y el aire empezaba a refrescarse, un aroma irresistible a maíz cocido me llevó directamente hasta el puesto ambulante que visito con frecuencia: el de Don David, el señor de los elotes, cuyo carrito de colores vivos y su trato siempre cálido ya forman parte del paisaje cotidiano del parque.
Allí, entre el queso rallado, la crema espesa, la mayonesa, el limón y el chilito, las charlas amenas con otros clientes que esperan su turno, se respira esa cálida atmósfera de cercanía que solo los rincones del barrio pueden ofrecer.
LAS MOCHILAS
Mientras adquiría mi vasito de elote, escuché a corta distancia la alegre algarabía de un grupo de jóvenes que acababa de salir de la escuela secundaria ubicada a unas cuadras del lugar. Vestidos con sus uniformes azul marino y blanco, algunos cargaban mochilas repletas de libros mientras otros se reían a carcajadas, contando anécdotas.
De a poco, el parque fue cobrando vida a medida que iban llegando más personas: los escolapios se reunían en círculos, compartiendo, parejas jóvenes buscaban los bancos bajo la sombra de los árboles para conversar, algunas niñas, acompañadas de sus madres o amigas, se detenían cerca del kiosco donde un grupo de alumnos del taller de música de la escuela empezaban a tocar sus guitarras, llenos de entusiasmo mientras interpretaban canciones.
ZUMBA
A un lado, un grupo diverso de mujeres —desde jóvenes hasta adultas mayores— movían sus cuerpos con energía y gracia al ritmo de la zumba, lideradas por una instructora local que guiaba cada paso con entusiasmo contagioso.
JOVENES Y SUS GUITARRAS
La música, invadía todo el espacio y hacía que incluso quienes pasaban por allí movieran el pie al compás o cantaran las canciones que conocían. Por otro lado, en las canchas, equipos de jóvenes y adultos practicaban con esmero el baloncesto y el voleibol: se escuchaban gritos de ánimo como “¡Vamos equipo!”, el sonido resonante del balón al golpear el suelo o la red, y las risas contagiosas por los errores y los goles conseguidos con esfuerzo. Los juegos infantiles, por su parte, eran un mar de alegría: niños pequeños trepaban por los toboganes de colores, columpiaban con fuerza mientras gritaban de emoción y compartían sus pelotas, mientras sus padres vigilaban desde los bancos cercanos intercambiando opiniones.
PARQUE
En pocas palabras, vi con vida el parque, tal como fue concebido por quienes lo proyectaron: un lugar para compartir, convivir y fortalecer los lazos que unen a la comunidad.
En tiempos pasados, era una realidad en nuestra ciudad que tras la inauguración de este tipo de espacios públicos, la falta de mantenimiento y la poca atención por parte de las autoridades hiciera que los juegos se descompusieran rápidamente, para que finalmente los lugares terminaran abandonados o convertidos en refugio para actividades no deseadas.
LAS NECESIDADES
Por ello, quiero dejar plasmado mi reconocimiento para el alcalde de la ciudad, arquitecto Luis Munguía, es cierto que su gestión municipal puede ser objeto de crítica en otros rubros y proyectos, pero en lo que respecta a este parque se cumple el cometido.
Por ello, es bueno escuchar las necesidades ciudadanas, pero, sobre todo, asegurar que cada inversión se traduzca en un bienestar tangible para todos.
