Cuba vuelve a asomarse al abismo, y no por una metáfora gastada, sino por una suma de hechos que, juntos, pesan como ancla al cuello. Un bloqueo petrolero sin precedentes —real, tangible, medible en apagones y colas interminables— ha dejado a la isla sin oxígeno. Cuando el combustible escasea, no falta sólo la gasolina: falta el pan, la luz, el transporte, la esperanza. Y ahora, como si la marea necesitara más sal, un incidente mortal en el mar ha encendido nuevas tensiones, recordándonos que en el Caribe también se juega ajedrez con vidas humanas.
No se trata de romantizar la escasez ni de maquillar responsabilidades. Cuba carga con un modelo económico agotado, burocrático, incapaz de responder con agilidad a las urgencias de su gente. Pero tampoco se puede explicar el momento actual sin mirar el cerco energético que se ha ido cerrando como un torniquete. El petróleo es la sangre del sistema productivo y del día a día: sin él, la isla se paraliza. Y hoy está paralizada.
Los apagones, que nunca se fueron del todo, regresaron con furia. Horas y horas sin electricidad en barrios donde el calor no perdona y la refrigeración es un lujo intermitente. El transporte público se vuelve una promesa incumplida, los hospitales operan al límite, la industria se apaga. La vida cotidiana se hace cuesta arriba, y la paciencia —ese recurso que el cubano aprendió a administrar mejor que nadie— empieza a agotarse.
En ese contexto ocurre el incidente en el mar. Un choque, un abordaje, una muerte. Versiones encontradas, silencios oficiales, comunicados medidos al milímetro. El mar, que debería ser ruta y sustento, se convierte en escenario de tragedia y disputa. No es un hecho aislado: es la chispa que cae sobre un charco de gasolina. Porque cuando hay hambre y oscuridad, cualquier incidente se politiza, se amplifica, se vuelve símbolo.
El bloqueo petrolero no es una abstracción diplomática. Tiene nombres y apellidos: barcos que no llegan, contratos que se caen, proveedores que se retiran por miedo a sanciones. La isla depende de importaciones energéticas, y cuando estas se cortan, la economía doméstica entra en modo supervivencia. No hay margen para errores, ni para discursos huecos. La realidad golpea con la contundencia de una factura impaga.
Desde fuera, algunos celebran el ahogo como si fuera estrategia legítima. Creen que la presión extrema acelerará cambios políticos. La historia, sin embargo, suele mostrar lo contrario: los pueblos cercados no se rinden, se endurecen; los gobiernos asediados no ceden, se atrincheran. El costo humano queda relegado a una nota al pie. ¿Cuántas noches sin luz valen un punto en la geopolítica? ¿Cuántas mesas vacías justifican una jugada?
Desde dentro, el discurso oficial apela a la resistencia y al orgullo, pero la épica no enciende bombillos ni mueve guaguas. La gente quiere soluciones, no consignas. Quiere saber por qué no hay combustible, qué se está haciendo para conseguirlo, cuánto durará la penuria. Quiere certezas mínimas para organizar la vida. El silencio o la información a medias sólo alimentan rumores y frustración.
El incidente en el mar añade una capa de riesgo. Porque el Caribe no es un lago doméstico; es un corredor internacional donde convergen intereses, rutas, tensiones históricas. Una muerte en esas aguas no es sólo una tragedia personal: es un mensaje. Y los mensajes, en tiempos de escasez, se leen con lupa. Cualquier mal cálculo puede escalar en una región que ya tiene suficientes cicatrices.
Conviene bajar el volumen y subir la sensatez. Investigar con transparencia, cooperar para esclarecer los hechos, evitar la tentación de usar el dolor como bandera. La diplomacia existe para eso: para que los conflictos no se resuelvan a empujones en alta mar. Pero la diplomacia requiere voluntad, y la voluntad se construye con gestos, no con bravatas.
Cuba necesita energía, pero también necesita aire político. Abrirse a acuerdos pragmáticos, diversificar proveedores, aceptar ayuda sin convertirla en pulso ideológico. Y, hacia adentro, liberar fuerzas productivas, quitar frenos absurdos, confiar más en la gente. La creatividad popular ha sostenido a la isla durante décadas; ahora requiere un Estado que no le estorbe.
A quienes aprietan el cerco desde afuera, convendría recordarles que el castigo colectivo no es política pública, es miopía. El bloqueo petrolero no distingue entre burócratas y enfermeras, entre dirigentes y niños. Afecta a todos, y deja heridas que duran generaciones. Si el objetivo es promover bienestar y derechos, la ruta elegida parece la más larga.
El mar seguirá allí, indiferente a nuestros discursos. Pero cada vida perdida en sus aguas nos recuerda que la política no es un juego de salón. Cuba está al borde del colapso no por un solo factor, sino por la suma de cerrazones. Salir de ahí exige menos dogmas y más soluciones. Menos cerco y más puentes. Porque cuando el petróleo no llega y la tensión sube, lo primero que se hunde no es un barco: es la esperanza.
@salvadorcosio1

