Mucho ha cambiado desde que el presidente Donald Trump se dirigió al Congreso hace un año, y sin embargo hay una sensación persistente de déjà vu. Como si el país, y buena parte del mundo, estuvieran atrapados en una cinta que se rebobina sola: mismos gestos, mismas frases grandilocuentes, misma convicción de estar viviendo un momento histórico que, curiosamente, se repite cada doce meses. Trump vuelve al Capitolio prometiendo un discurso largo, cargado, con “mucho de qué hablar”. Y nadie duda de que cumplirá.
El problema no es la duración, sino el eco. El Estado de la Unión, que en teoría debería servir para tomarle el pulso real al país, se ha convertido en un espectáculo de resistencia: aplausos coreografiados, silencios estratégicos, caras largas en la oposición y sonrisas congeladas en la bancada oficialista. Trump domina ese escenario como pocos. No porque busque consensos, sino porque entiende que el discurso no es para el Congreso, sino para la audiencia invisible que lo sigue desde casa, celular en mano, lista para aplaudir o incendiar las redes.
Hace un año el presidente hablaba con la seguridad del que se siente imparable. Hoy el contexto es distinto. Hay más ruido, más grietas, más cansancio. La economía, que durante un tiempo fue su carta más sólida, ya no ofrece la misma claridad. Las promesas de grandeza siguen ahí, pero se escuchan más forzadas, como un estribillo que necesita volumen para ocultar que ya no sorprende. Aun así, Trump insiste. Siempre insiste. Es su naturaleza política y, para bien o para mal, su principal fortaleza.
El “va a ser un discurso largo” no es una simple advertencia logística. Es casi una declaración de principios. Trump habla largo porque cree que hablando ocupa el espacio, que llenando el aire controla la conversación. Cada minuto adicional es una oportunidad para marcar territorio, para repetir su narrativa, para convertir datos discutibles en verdades emocionales. No gobierna solo con decretos; gobierna con frases que buscan quedarse pegadas como chicle en la suela del debate público.
El Congreso, mientras tanto, juega su propio papel. Está ahí para escuchar, pero también para ser visto escuchando. Algunos legisladores asienten con entusiasmo casi teatral; otros revisan papeles, evitan la mirada, cuentan mentalmente los minutos. Es un teatro político en el que todos conocen el guion general, aunque improvisen los matices. Trump lo sabe y lo aprovecha. Cada pausa, cada aplauso, cada gesto de desaprobación forma parte del mensaje.
Lo interesante es lo que queda fuera del discurso. Porque cuando un presidente dice que tiene “mucho de qué hablar”, también está diciendo, sin querer, que hay demasiado de qué no hablar. Los temas incómodos suelen diluirse en la maraña de logros inflados y promesas renovadas. Las contradicciones se esconden detrás de anécdotas emotivas y cifras lanzadas al aire como confeti. El Estado de la Unión se vuelve así menos un balance y más un acto de fe.
Trump no busca convencer a quienes ya lo rechazan. Nunca lo ha hecho. Su objetivo es reafirmar a los suyos, recordarles por qué lo eligieron, por qué siguen ahí pese al desgaste. En ese sentido, un discurso largo es funcional: permite reiterar, insistir, machacar. Es la política entendida como martillo. Y hay que reconocerle algo: sabe usarlo. Puede gustar o no, pero su capacidad para mantener la atención, para provocar reacciones viscerales, es innegable.
Sin embargo, el tiempo también juega. Un año más no pasa en vano. Las promesas no cumplidas pesan más cuando se repiten. Las frases que antes sonaban disruptivas hoy pueden sonar recicladas. El efecto sorpresa se agota, y entonces el orador necesita subir el tono, alargar el discurso, exagerar el gesto. De ahí que la advertencia sobre la duración tenga un matiz defensivo: es como decir “prepárense, porque voy a insistir hasta que me escuchen”.
El país que escuchará ese discurso tampoco es el mismo. Hay más polarización, sí, pero también más escepticismo. Más ciudadanos miran con distancia, con una mezcla de ironía y fatiga. Saben que el discurso será largo, que habrá frases para el aplauso fácil y otras para la indignación inmediata. Saben que al día siguiente se discutirán más las formas que el fondo. Y aun así, escuchan. Porque en esa liturgia anual se juega algo más que política: se juega la narrativa de quiénes creen ser como nación.
Trump, fiel a su estilo, hablará de sí mismo hablando del país. De su visión, de sus batallas, de sus enemigos. El Estado de la Unión, en su voz, es también el estado de su presidencia y, para muchos de sus seguidores, el estado de su identidad. Por eso importa. Por eso incomoda. Por eso, aunque se anuncie largo, nadie apaga del todo el televisor.
Al final, cuando termine el discurso y los aplausos se disipen, quedará la misma pregunta de siempre: ¿qué cambió realmente? Tal vez poco en lo inmediato. Pero cada palabra larga, cada frase repetida, va moldeando el clima, el ánimo, la conversación. Trump lo sabe. Y por eso habla. Mucho. Largo. Convencido de que, mientras tenga el micrófono, la historia sigue abierta, aunque se repita.
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