Hay cosas en la política exterior que parecen sacadas de una comedia de enredos antes que de una estrategia seria. Que el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ande esta semana por San Cristóbal y Nieves intentando que los países caribeños formen un frente común sobre Venezuela y mantengan la presión sobre Cuba, pinta como un episodio más de la siempre impredecible saga de la diplomacia de Washington.
Primero hay que decir lo obvio: estamos ante una jugada con olor a pasado. Años de intervenciones, sanciones, discursos grandilocuentes y movimientos militares sobre Venezuela han dejado secuelas en la región que no se borran con una frase bonita en una reunión multilateral. Rubio llega con la bandera de la unidad hemisférica bajo el brazo, pero la sensación de muchos líderes caribeños no es la de sumar voluntades, sino la de evitar verse arrastrados a un conflicto que no les pertenece.
Y no es para menos. La administración estadounidense ha estado, este año, en el centro de una de las decisiones más dramáticas de su historia reciente: una operación militar que terminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero. Ese acto, celebrado por unos y condenado por otros, dejó claro que Washington está dispuesto a cruzar líneas que antes parecían políticas y pasar directamente a la fuerza bruta.
Ahora Rubio pretende que los países del Caribe se pongan de acuerdo con una posición común frente a Venezuela y Cuba. ¿Pero qué significa eso en los hechos? Muchos Estados de la CARICOM han sido cautelosos, incluso incómodos, ante la presión de Estados Unidos. Trinidad y Tobago, por ejemplo, sí apoyó algunas acciones de Washington en la región —logístico y todo—, pero la mayoría de los demás han mirado con recelo las acciones unilaterales desde el norte.
Porque, seamos francos, lo que se está pidiendo es que gobiernos soberanos se alineen detrás de una política que no solo ha generado divisiones entre las potencias globales, sino que también ha puesto en jaque la estabilidad de los pueblos que dicen querer ayudar. El Caribe, con sus propias vulnerabilidades económicas, energéticas y sociales, no quiere ser pieza de un tablero donde las potencias mueven fichas a su antojo. La retórica puede hablar de estabilidad y prosperidad, pero la gente de a pie sabe que eso no se logra con sanciones ni con discursos sobre seguridad hemisférica.
Es inevitable preguntarse si Rubio —y detrás de él la administración del presidente estadounidense, Donald Trump— entiende realmente los matices de esa región. Hacer política exterior como si todos los países tuvieran las mismas prioridades que Washington es un clásico error de imperialismo mal camuflado. El Caribe está compuesto por naciones con historias distintas, necesidades diversas y prioridades propias que no siempre coinciden con la agenda estadounidense, por más que esta se presente como “universal” o “benigna”.
Y no se puede ignorar el componente ideológico que antecede a este viaje. Rubio, hijo de exiliados cubanos y figura prominente de la política dura contra los gobiernos de La Habana y Caracas, llega con una mochila cargada de decisiones pasadas. Su propia historia, sus discursos y su compromiso con líneas duras contra el “socialismo” latinoamericano no son desconocidos en la región. Preguntarse si los países del Caribe comparten esa visión es tan necesario como preguntarse si comparten la misma visión de derechos, soberanía y desarrollo.
Además, el enfoque en mantener la presión sobre Cuba, que ha sido persistente en Washington, suena a un eco de épocas en las que el aislamiento era la herramienta favorita del discurso estadounidense. Hoy, después de décadas de sanciones y tensiones, Cuba enfrenta problemas internos profundos: crisis energética, retos económicos serios y un descontento social que no se puede entender solo desde la óptica de una política exterior hostil. ¿Acaso esta cumbre va a aportar soluciones reales, o solo va a legitimar una política que ha fracasado una y otra vez?
Hay quienes ven en este movimiento una demanda de solidaridad hemisférica. Otros, más escépticos, lo interpretan como una maniobra para recuperar la narrativa dominante en el hemisferio occidental, golpeado por decisiones unilaterales y por la percepción de que Estados Unidos está dispuesto a actuar sin consultar a sus vecinos. Y hay quienes, sencillamente, ven un despliegue de poder que ignora la evolución de las relaciones entre los países latinoamericanos y caribeños en las últimas décadas.
Lo que está claro es que si Washington quiere realmente un frente común en torno a temas tan sensibles como Venezuela y Cuba, la fórmula no puede ser la misma que ha utilizado hasta ahora. La presión no ha generado estabilidad, las sanciones no han generado prosperidad y las operaciones militares no han generado paz duradera. La región caribeña, con toda su diversidad, merece ser tratada con respeto a su soberanía, con escucha activa y con una comprensión honesta de sus preocupaciones.
Al final, la cumbre de San Cristóbal y Nieves será una buena prueba del estado real de la política exterior estadounidense en América Latina. Si se trata solo de repetir consignas y de pedir adhesión a políticas ajenas, difícilmente habrá una postura común verdadera. Si, por el contrario, se busca dialogar desde la igualdad y reconocer que cada país tiene su camino, entonces quizá algo genuino pueda surgir de este encuentro. Pero eso requerirá más que retórica ensayada en salas de Washington y poco probable es que suceda si la política sigue siendo la de siempre: imponer líneas desde el centro del poder.
Al cierre, la pregunta queda en el aire: ¿quién necesita a quién más en esta cumbre? Porque si es el Caribe el que necesita soluciones reales y Estados Unidos el que necesita aliados para validar sus decisiones, estamos ante un juego diplomático donde todos pierden, menos las ambiciones de siempre.
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