Literal. Vallarta fue un puerto en llamas. Este domingo ha sido el más violento del que se tenga su memoria. Su alcalde, Luis Munguía, inactivo, incompetente, ausente, guardó silencio. Sin acciones concretas, sin comunicación con los ciudadanos, abandonó a su municipio a la psicosis colectiva de este día de fuego. Los vallartense han vivido ayer lo que significa tener al peor presidente municipal
Puerto Vallarta se convirtió en un escenario de guerra y atravesó este domingo la jornada más crítica de su historia contemporánea tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho. Mientras las columnas de humo negro se elevaban desde puntos turísticos y colonias populares, el vacío de autoridad municipal profundizó la crisis.
El alcalde Luis Munguía optó por la parálisis informativa, dejando a una población aterrorizada a merced de los rumores y la violencia que se apoderó de las arterias viales del destino. La ausencia de un mando civil que coordinara las acciones de contención dejó la seguridad exclusivamente en manos de las fuerzas federales.
Un operativo de fuerzas especiales del Ejército Mexicano ejecutado en el municipio de Tapalpa, Jalisco, detonó la violencia tras la intervención de aeronaves de la Fuerza Aérea para lograr la detención del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación.
De acuerdo con reportes de la Secretaría de la Defensa Nacional, la operación incluyó trabajos de inteligencia bilateral con los Estados Unidos y resultó en un enfrentamiento que dejó un saldo de cuatro delincuentes fallecidos en el sitio y tres más heridos de gravedad, quienes perdieron la vida durante su traslado. La caída de la cúpula criminal provocó una respuesta inmediata y coordinada que buscó estrangular la movilidad en todo el occidente del país.
Los grupos delictivos transformaron el paisaje urbano de Vallarta en un cementerio de vehículos calcinados. Desde las primeras horas del día, el libramiento carretero a la altura de El Remanse quedó obstruido por unidades incendiadas, mientras que la emblemática Zona Romántica sufrió ataques directos con autos en llamas sobre las calles Basilio Badillo e Insurgentes. La carretera Federal 200, con dirección hacia Mismaloya, también quedó paralizada tras el incendio de una unidad de transporte de personal, un acto que aisló a la zona sur del puerto y sembró el pánico entre los trabajadores del sector hotelero que iniciaban sus turnos dominicales.
La ola de terror se extendió hacia la delegación de Ixtapa, específicamente en el cruce de la carretera estatal 544 y avenida Federación. En este punto, sujetos armados despojaron a ciudadanos de más de una docena de vehículos para posteriormente prenderles fuego y utilizarlos como barricadas. Ataques similares se registraron en el ingreso norte, cerca del puente del río Ameca, y en la zona de La Desembocada, evidenciando una capacidad logística del crimen organizado que superó cualquier intento de respuesta local. La geografía del fuego abarcó desde el corazón turístico hasta las zonas rurales, dejando al puerto en una vulnerabilidad total ante el uso de lanzacohetes capaces de destruir vehículos blindados.
La virulencia de los ataques contrastó con el mutismo institucional de la presidencia municipal. Mientras los ciudadanos reportaban en tiempo real la quema de establecimientos y el robo de unidades, la administración de Luis Munguía no emitió directrices claras ni protocolos de protección civil de emergencia. Esta incompetencia política forzó a los habitantes a depender de comunicados de empresas privadas, para entender el alcance de la emergencia y resguardarse en sus hogares. El abandono de las funciones básicas de comunicación y seguridad por parte del alcalde quedará registrado como el mayor fracaso administrativo en un momento de la peor crisis de seguridad.
Los vallartenses sufrieron la violencia física de los bloqueos y una psicosis colectiva alimentada por la falta de un vocero oficial. Negocios, gasolineras y plazas comerciales cerraron sus puertas por iniciativa propia ante el temor de nuevos ataques, mientras el gobierno municipal permanecía inactivo. Esta inacción forzó a la población a una parálisis total, similar a la decretada en el vecino estado de Nayarit, donde se suspendieron labores y clases para salvaguardar la integridad de los ciudadanos. La falta de liderazgo local en Vallarta dejó un vacío que sólo la incertidumbre logró llenar durante las horas más tensas del domingo.
La Secretaría de la Defensa Nacional anunció el reforzamiento de la vigilancia con tropas provenientes del centro del país para intentar restablecer el orden en las entidades afectadas. Sin embargo, el daño a la imagen del puerto y la confianza ciudadana es profundo. El domingo negro de Vallarta será recordado por las llamas y el estruendo de los enfrentamientos que dejaron a tres militares heridos y por la figura de un presidente municipal que, en la hora de mayor necesidad, decidió desaparecer de la escena pública.
La jornada concluyó con un saldo material devastador y una parálisis que se extenderá al inicio de la semana laboral. La inacción de Munguía ante la crisis de este 22 de febrero reforzó aun más en la percepción de los vallartenses sobre su gobernante. En el balance de este día de fuego, la ausencia de liderazgo resultó tan dañina como los propios bloqueos, confirmando que la seguridad de un destino internacional no puede estar sujeta a la incompetencia de quienes eligen el silencio cuando la ciudad más necesita una voz de mando.

