La versión oficial dirá que José Jerí cayó por una suma de hechos, no por uno solo. Y en eso hay algo de verdad. Su destitución fue el resultado de una acumulación de escándalos, torpezas y silencios que, juntos, construyeron la percepción de un gobierno sin brújula ética ni control político. No fue un misil directo, sino una lluvia persistente de piedras que terminó por romper el techo de Palacio.
El primer golpe serio vino por sus reuniones privadas con empresarios chinos vinculados a contratos de infraestructura, energía y logística portuaria. No se trató únicamente del fondo, sino de la forma. Encuentros fuera de la agenda oficial, en departamentos privados y hoteles discretos, sin registro institucional, sin actas ni explicación previa. En un país escaldado por décadas de corrupción transnacional, ese tipo de citas no se leen como diplomacia económica, sino como el prólogo de un escándalo. Jerí insistió en que eran “acercamientos informales” y “exploratorios”. El Congreso, y buena parte de la opinión pública, los interpretó como gestiones incompatibles con la investidura presidencial.
A partir de ahí, todo se volvió sospechoso. Cada contrato, cada licitación, cada cambio administrativo empezó a mirarse con lupa. Informes periodísticos señalaron presuntas presiones desde el Ejecutivo para destrabar permisos ambientales y acelerar concesiones en favor de consorcios extranjeros. Nada terminó de probarse con contundencia, pero tampoco se desmintió con claridad. En política, ese terreno gris es letal. No siempre te derriba la prueba irrefutable; a veces basta la sensación de que algo no cuadra.
El segundo frente se abrió con el uso discrecional de recursos públicos. Viajes relámpago al extranjero sin agenda detallada, comitivas infladas de asesores cuya función nadie sabía explicar y gastos de representación difíciles de justificar en medio de una crisis de seguridad. Jerí llegó prometiendo austeridad y terminó rodeado de un aparato que parecía más preocupado por moverse en la penumbra que por rendir cuentas. Cada aclaración llegaba tarde y mal, como si el gobierno siempre fuera dos pasos detrás del escándalo.
A eso se sumó su problema más grave: la comunicación. Jerí hablaba poco, explicaba menos y cuando lo hacía parecía incómodo, rígido, distante. En un país crispado, donde la política se consume al ritmo de redes sociales y titulares incendiarios, el silencio no es prudencia, es sospecha. Sus conferencias escuetas y sus comunicados fríos no lograron apagar el incendio; al contrario, lo alimentaron. La narrativa se le fue de las manos y el vacío lo llenaron otros.
La inseguridad terminó de sellar su suerte. Llegó al poder con la promesa de mano firme, de recuperar el control de las calles, de devolverle al ciudadano común la tranquilidad perdida. Cuatro meses después, los indicadores seguían al alza: asaltos diarios, extorsiones normalizadas, homicidios que ya no sorprendían a nadie. La percepción de desgobierno se instaló con fuerza. No importó que la crisis fuera estructural ni heredada; en política, el que gobierna carga con todo, incluso con lo que viene de antes.
El Congreso olió sangre. Las bancadas, incluso aquellas que habían facilitado su llegada, comenzaron a tomar distancia con una frialdad quirúrgica. Nadie quiso hundirse con él. Cada moción de censura fue menos un acto de ética pública y más una maniobra de supervivencia política. Aquí no hay lealtades largas ni proyectos comunes, solo alianzas de ocasión y cálculos inmediatos. Jerí quedó solo, rodeado de micrófonos hostiles y respaldos evaporados.
El presidente intentó defenderse. Habló de persecución política, de intereses económicos afectados, de una clase dirigente que no tolera rostros nuevos ni liderazgos jóvenes. Probablemente algo de eso sea cierto. Pero también es cierto que subestimó el cargo. Creyó que bastaba con resistir el temporal, con aguantar la embestida, sin entender que en el Perú actual la Presidencia no se ejerce: se sobrevive. Y quien no domina ese arte termina expulsado.
Otro elemento que pesó fue la falta de un equipo sólido. Sus ministros rotaron con rapidez, algunos salieron envueltos en polémicas menores que, sumadas, terminaron por dibujar un gobierno improvisado. No había una narrativa clara, ni una hoja de ruta reconocible. Cada crisis se atendía como caso aislado, sin estrategia de fondo. La sensación era la de un Ejecutivo apagando incendios con vasos de agua.
La gota final fue política, no judicial. Bastó que una de las siete mociones de censura prosperara para que todo se viniera abajo. El debate en el Congreso fue áspero, cargado de discursos moralistas y acusaciones cruzadas. Pocos defendieron al presidente, casi nadie lo hizo con convicción. La votación fue el acta de defunción de un gobierno que llevaba semanas agonizando.
La caída de Jerí deja varias lecciones incómodas. La primera: ya no basta con no robar, también hay que parecer intachable. En tiempos de desconfianza crónica, la percepción pesa tanto como los hechos. La segunda: gobernar sin comunicar es suicida. El vacío siempre lo llenan otros, y rara vez lo hacen con benevolencia. La tercera: la inestabilidad no es un accidente, es un sistema. Mientras el Congreso funcione como campo de batalla y no como espacio de acuerdos, ningún presidente estará a salvo.
Jerí se suma así a la lista de mandatarios que no llegaron al final. Su juventud, que pudo haber sido un activo, terminó convertida en desventaja. No por falta de inteligencia, sino por exceso de improvisación. Gobernar un país en crisis exige algo más que buenas intenciones y resistencia personal. Exige oficio, alianzas, narrativa y, sobre todo, comprensión del terreno que se pisa.
Hoy, su nombre ya empieza a diluirse en la vorágine informativa. Mañana habrá otro presidente, otra promesa, otro discurso inaugural. Y pasado mañana, probablemente, otro escándalo. La crónica seguirá escribiéndose casi sola, con distintos protagonistas y el mismo desenlace. Porque mientras no cambien las reglas del juego, la caída anunciada será siempre cuestión de tiempo.
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