Cuando Marco Rubio dice que Europa y Estados Unidos “existimos juntos”, no está pronunciando una frase poética ni una obviedad diplomática. Está colocando una bisagra histórica sobre la mesa, en un momento en el que el ruido suele tapar las bisagras y las consignas sustituyen a las ideas. Lo dijo en la Conferencia de Seguridad de Múnich, ese espacio donde se juntan los miedos del presente con los fantasmas del pasado, y donde las palabras pesan porque, si se toman en serio, obligan.
La frase, por sí sola, incomoda a los aislacionistas de un lado del Atlántico y a los euroescépticos del otro. Porque “existimos juntos” implica responsabilidades compartidas, costos políticos, sacrificios incómodos y, sobre todo, memoria. No se trata de romanticismo atlántico; se trata de realismo duro. La historia del último siglo —con sus guerras, reconstrucciones y pactos— demuestra que cuando Europa se quiebra, Estados Unidos se resiente; y cuando Washington se repliega, el continente europeo se vuelve un campo de disputa para fuerzas que no creen en la democracia liberal ni en los equilibrios institucionales.
Rubio no se quedó en el abrazo retórico. Apuntó, con nombre y apellido, a políticas energéticas y migratorias impulsadas por gobiernos occidentales que, según él, empobrecieron a la gente y amenazan el futuro. Aquí conviene detenerse, porque el diagnóstico no es del todo cómodo, pero tampoco es descabellado. Europa apostó —en muchos casos— por una transición energética mal planeada, dependiente de proveedores poco confiables, con costos elevados que terminaron trasladándose a los hogares y a las pequeñas empresas. No es ideología decirlo: es recibo de luz y factura de gas.
La transición verde es necesaria, urgente y moralmente impostergable. Pero una cosa es transitar y otra es tropezar. Convertir la energía en un lujo, mientras se presume superioridad moral, genera resentimiento social y alimenta a los populismos. Cuando la gente no puede pagar la calefacción o ve cerrar su negocio por tarifas impagables, el discurso climático se vuelve un enemigo, no un aliado. Y ahí, Europa pagó caro su desconexión entre política pública y vida cotidiana.
En materia migratoria, el señalamiento de Rubio toca una herida abierta. Occidente —con honrosas excepciones— confundió humanismo con improvisación. Recibió flujos migratorios masivos sin planeación, sin integración real y sin hablarle con honestidad a sus sociedades. El resultado fue predecible: barrios tensionados, servicios públicos rebasados y una narrativa extrema que capitaliza el miedo. Defender los derechos humanos no está peleado con exigir reglas claras, procesos eficientes y responsabilidad compartida entre países de origen, tránsito y destino.
Ahora bien, cuando Rubio dispara contra Naciones Unidas, afirmando que no ha jugado ningún papel en la resolución de conflictos, abre otro frente polémico. La ONU no es inocente: ha sido lenta, burocrática, muchas veces irrelevante frente a guerras brutales. El Consejo de Seguridad está paralizado por vetos que responden más a intereses geopolíticos que a la paz. Sin embargo, declarar su inutilidad total es tan impreciso como ingenuo. La ONU refleja al mundo que la compone; si está rota, es porque el orden internacional también lo está.
Lo que sí es cierto es que el multilateralismo atraviesa una crisis profunda. Las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial ya no corresponden del todo al mapa del poder actual. Nuevos actores, nuevas tecnologías y conflictos híbridos desbordan estructuras pensadas para otra época. La solución no es incendiar la casa, sino remodelarla con urgencia. Abandonar los foros multilaterales no fortalece a Occidente; lo debilita frente a potencias que sí entienden el valor de ocupar espacios, incluso los imperfectos.
El mensaje de Rubio, leído en conjunto, parece una advertencia más que un regaño. Estados Unidos no puede —ni quiere— cargar solo con el peso del orden internacional. Europa no puede darse el lujo de la ingenuidad estratégica. “Existimos juntos” también significa “caemos juntos”. En un mundo donde la guerra volvió a Europa del Este, donde el autoritarismo se disfraza de estabilidad y donde la economía global se reconfigura a golpes de sanciones y cadenas rotas, la coordinación transatlántica no es un capricho: es supervivencia política.
Hay, además, una lectura interna en el discurso. Rubio habla a su país, no sólo a Europa. Les dice a los estadounidenses que el destino europeo no es irrelevante, aunque algunos quieran vender la idea de “América primero” como una muralla mágica. La historia demuestra que los océanos ya no aíslan; las crisis viajan en segundos. Pandemias, guerras, colapsos financieros y flujos migratorios no piden visa. Pretender que Estados Unidos puede prosperar ignorando el caos del mundo es una fantasía peligrosa.
Por supuesto, el tono crítico de Rubio también tiene cálculo político. Señalar errores del pasado, marcar distancia con administraciones anteriores y proyectar firmeza es parte del juego. Pero sería un error desestimar el fondo por la forma. Occidente necesita una conversación adulta sobre energía, migración y gobernanza global. Sin dogmas, sin slogans y sin miedo a reconocer fallas.
Europa y Estados Unidos existen juntos, sí. Pero existir no basta. Hay que decidir cómo. Con realismo, con responsabilidad y con la humildad suficiente para entender que el mundo no se ordena solo con buenas intenciones ni con discursos incendiarios. Si el mensaje de Múnich sirve para sacudir inercias y abrir debates incómodos, bienvenido sea. Lo contrario —seguir fingiendo que todo va bien mientras el suelo cruje— sería el verdadero acto de irresponsabilidad histórica.
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