Durante mucho tiempo asumimos que la cultura era un acompañamiento. Algo que estaba ahí para llenar espacios, para distraernos después del trabajo, para ponerle música a los trayectos largos o historias a los fines de semana. La veíamos como entretenimiento, como industria creativa, como espectáculo. Importante, sí, pero secundaria. Un adorno del sistema, no uno de sus pilares.
Eso ya no es así.
Hoy la cultura dejó de ser fondo y se convirtió en estructura. En una especie de infraestructura simbólica que no solo acompaña a la política, sino que la antecede, la condiciona y, en muchos casos, la empuja. Ya no se limita a distraer: define climas, instala marcos mentales, moldea percepciones colectivas. Y eso importa, porque antes de cualquier decisión política siempre hay una percepción previa. Nadie vota, apoya o rechaza desde una hoja de cálculo. Lo hace desde una sensación.
Este cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Fue un tránsito gradual, casi silencioso. Primero llegaron las celebridades como amplificadores de causas. Después, las redes sociales eliminaron intermediarios y rompieron el monopolio del mensaje político. Más tarde, la audiencia dejó de ser audiencia y se volvió comunidad. Y cuando una comunidad se reconoce a sí misma como tal, se vuelve movilizable.
Ahí empezó todo.
Hoy vemos los efectos con claridad. En Estados Unidos, por ejemplo, cada vez que artistas de alcance global llaman a registrarse para votar, las plataformas oficiales reportan aumentos inmediatos en la inscripción de jóvenes. No proponen leyes, no ocupan cargos públicos, no redactan plataformas electorales. Pero mueven algo más difícil de conseguir: atención, identificación y sentido de pertenencia.
En el mundo latino sucede algo similar. Figuras musicales con enorme arraigo popular han intervenido en debates sobre inmigración, desigualdad o políticas sociales, alcanzando comunidades que históricamente estaban fuera del radar del discurso partidista tradicional. No porque no les importara la política, sino porque nadie les hablaba en su idioma emocional.
En Puerto Rico, la música urbana dejó de ser solo una banda sonora generacional para convertirse en un vehículo de conversación pública. Artistas que llenan estadios también llenaron plazas simbólicas: hablaron de representación, de hastío, de participación juvenil. No sustituyeron a los partidos, pero sacudieron la conversación.
En América Latina el precedente es incluso más antiguo. Durante décadas, cantautores no solo narraron la política: participaron en ella. Transformaron la narrativa artística en plataforma cívica real. Sus canciones no eran panfletos, pero sí mapas emocionales de época. Decían lo que muchos sentían y no sabían cómo nombrar.
España ofrece otro ejemplo claro. Referentes musicales influyeron durante años en debates sobre democracia, memoria histórica y libertades civiles. No escribieron programas de gobierno, pero ayudaron a definir la sensibilidad colectiva de generaciones enteras. Y eso, en términos políticos, es poder.
En Estados Unidos, el entretenimiento nocturno y la sátira televisiva han ido todavía más lejos. Han moldeado la percepción pública de candidatos, los han humanizado o caricaturizado frente a millones de espectadores. La frontera entre comedia y construcción de imagen se volvió difusa. A veces una broma llega más lejos que un discurso de campaña.
El patrón se repite en contextos distintos porque la lógica es la misma.
La política organiza el poder formal.
La cultura organiza el poder emocional.
La política construye estructura.
La cultura construye significado.
Y sin significado no hay legitimidad.
Cuando múltiples referentes culturales —de distintas disciplinas, edades y trayectorias— coinciden en respaldar o cuestionar un liderazgo, no están reemplazando a las instituciones. Pero sí están configurando el ambiente donde esas instituciones intentan operar. Y ese ambiente es decisivo.
Porque el ciudadano promedio no procesa primero cifras macroeconómicas, reformas técnicas o indicadores complejos. Procesa sensaciones. Procesa si algo le resulta cercano o ajeno, justo o abusivo, esperanzador o agotado. La cultura produce esas sensaciones. Produce identificación, rechazo, aspiración, normalización. Y quien define lo que se percibe como “normal” define buena parte del terreno político.
Por eso hay una advertencia clara para partidos y dirigentes: subestimar la cultura popular es subestimar el humor social. Creer que la conversación digital es superficial es un error estratégico. Pensar que la legitimidad proviene únicamente del cargo es un anacronismo.
La política del siglo XXI exige algo más que estructura territorial y maquinaria electoral. Exige resonancia simbólica. Exige comprensión del ecosistema cultural. Exige diálogo con comunidades que forman opinión fuera de los canales tradicionales, lejos de los discursos oficiales y de los comunicados de prensa.
La cultura no reemplaza al Estado.
Pero sí redefine el terreno donde el Estado compite por legitimidad.
Y hay algo más que conviene decir sin rodeos.
Cuando la cultura empieza a moverse en dirección contraria al poder formal, no estamos ante un simple desacuerdo artístico ni ante una moda pasajera. Estamos frente a una señal temprana de reconfiguración histórica.
Las épocas no cambian primero en los parlamentos. Cambian antes, mucho antes, en la sensibilidad colectiva. Cambian en la música que se escucha, en las bromas que circulan, en las historias que conmueven, en los símbolos que dejan de inspirar. Cambian cuando el humor popular se vuelve crítico, cuando la narrativa cultural se vuelve incómoda, cuando las figuras más seguidas empiezan a marcar distancia.
En ese punto, la estructura política puede seguir intacta. Las instituciones pueden parecer sólidas. Los cargos pueden seguir ocupados. Pero el suelo ya empezó a moverse.
Y la política que no detecta esos movimientos sísmicos termina reaccionando tarde. Muy tarde.
Porque las elecciones se ganan con estructura.
Pero las épocas se ganan con sentido.
Y cuando el sentido se desplaza, el poder ya no gobierna el futuro. Solo administra la inercia.
Hasta que la historia, inevitablemente, lo alcanza.
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