Donald Trump ha decidido hablarle al futuro como si ya lo hubiera perdido. Antes de que exista derrota. Antes de que exista mayoría opositora. Antes de que exista proceso alguno. Ha advertido que, si su partido pierde la mayoría legislativa en 2028, intentarán destituirlo. No hay acusación formal. No hay expediente. No hay cargos. Pero sí hay advertencia. Y en política, las advertencias anticipadas no son deslices: son mensajes.
Lo que estamos viendo no es una defensa preventiva, sino una ofensiva narrativa. Donald Trump no está respondiendo a un ataque; está sembrando el terreno para invalidar cualquier acción futura que no le sea favorable. Es el viejo truco del ilusionista que grita “¡me quieren robar!” antes de que empiece el juego, para que el público desconfíe del árbitro, de la mesa y hasta de las cartas.
El fondo del mensaje no es jurídico, es político. Trump no habla de leyes, habla de lealtades. No menciona artículos constitucionales ni procedimientos legislativos; menciona conspiraciones. No se dirige a jueces ni a legisladores, sino a su base. A esa masa fiel que no exige pruebas, sino confirmaciones emocionales. A ese electorado que ya no vota por proyectos, sino por agravios compartidos.
Y ahí está el punto delicado: la democracia se sostiene en reglas que aceptamos incluso cuando nos incomodan. La destitución —el impeachment— no es un golpe de Estado; es un mecanismo constitucional previsto para casos específicos. Convertirlo, desde ahora, en sinónimo de traición es dinamitar la legitimidad del sistema antes de que el sistema siquiera actúe.
Trump lo sabe. Por eso habla hoy. Porque mañana podría ser tarde.
La advertencia tiene un subtexto claro: cualquier intento de control político será presentado como persecución. Cualquier mayoría opositora será, por definición, ilegítima. Cualquier investigación será una cacería de brujas. Y cualquier consecuencia, un complot. Así se construye una narrativa blindada, impermeable a los hechos. No importa lo que ocurra después; el veredicto ya fue dictado en el imaginario de los suyos.
Este tipo de discurso no es nuevo, pero sí cada vez más peligroso. La política contemporánea ha dejado de discutir realidades para pelear relatos. Y cuando el relato se impone a la realidad, las instituciones empiezan a estorbar. El Congreso ya no es un contrapeso, es un enemigo. La prensa ya no informa, conspira. La justicia ya no juzga, persigue.
La pregunta no es si en 2028 habrá o no una mayoría opositora. La pregunta es qué pasará si la hay. ¿Será aceptada? ¿Será reconocida? ¿O será desconocida desde el micrófono, desde las redes, desde la calle?
Trump no está defendiendo su inocencia; está cuestionando la legitimidad del futuro. Está diciendo, sin decirlo, que sólo hay dos resultados posibles: el que le favorece y el que es fraudulento. Es una lógica binaria, peligrosa, profundamente antidemocrática. Porque cancela la posibilidad de la alternancia y convierte la derrota en una afrenta.
Hay quienes minimizan estas declaraciones como bravatas de campaña, como hipérboles de un personaje acostumbrado al exceso verbal. Error. En política, las palabras importan. Y cuando vienen de alguien que ya ha demostrado disposición a tensar —y romper— las costuras institucionales, importan todavía más.
No olvidemos que el 6 de enero no empezó con una turba; empezó con un discurso. Con la repetición sistemática de una mentira hasta convertirla en verdad emocional. Con la siembra constante de la idea de que el sistema estaba podrido y que sólo un hombre podía salvarlo. El resultado fue un asalto al corazón simbólico de la democracia estadounidense. Y aunque las instituciones resistieron, las cicatrices siguen ahí.
Advertir una destitución futura, sin causa presente, es una forma de presión. Es decirle al Congreso: “si me tocan, arde el país”. Es decirle a los votantes: “si no gano, me traicionaron”. Es decirle al mundo: “las reglas valen mientras me beneficien”.
La democracia no muere de golpe; se erosiona. Se desgasta con discursos que normalizan la sospecha permanente, que convierten la desconfianza en virtud y el fanatismo en identidad. Se debilita cuando el líder se coloca por encima del sistema y el sistema pasa a ser un obstáculo a remover.
Y aquí es donde entra la responsabilidad colectiva. No basta con indignarse. No basta con burlarse. No basta con esperar que “no pase nada”. La historia reciente nos ha enseñado que las advertencias autoritarias, cuando se ignoran, suelen cumplirse. No porque sean inevitables, sino porque encuentran terreno fértil en la apatía y el cansancio ciudadano.
Estados Unidos —y el mundo— enfrenta una disyuntiva incómoda: o se reafirma el valor de las instituciones, con todo y sus imperfecciones, o se cede al encanto peligroso del líder que promete orden a cambio de obediencia. No es una elección abstracta; es concreta, cotidiana, y empieza por no normalizar lo inaceptable.
Trump ha hablado antes del juicio. Ha condenado antes del proceso. Ha gritado fraude antes de la elección. No es una casualidad, es un método. Y como todo método, funciona mientras no se le confronte con firmeza.
La democracia no se defiende sola. Se defiende con memoria, con reglas claras y con ciudadanos dispuestos a aceptar que perder también es parte del juego. Todo lo demás —las advertencias anticipadas, las conspiraciones preventivas, las amenazas envueltas en victimismo— no son señales de fortaleza, sino de miedo.
Miedo al veredicto de las urnas.
Miedo al peso de la ley.
Miedo, en el fondo, a un futuro donde el poder ya no sea propio.
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