La persistencia del llamado “superpeso” vuelve a poner a prueba nuestra capacidad colectiva para distinguir entre el ruido y lo verdaderamente relevante. Desde hace meses, la conversación pública se mueve entre la euforia patriótica por una moneda fuerte y la neurosis permanente de quienes ven en cada brinco de volatilidad un presagio apocalíptico. Y en medio de ambos extremos, la realidad avanza con la frialdad de los mercados: el peso mexicano —ese viejo protagonista de nuestras angustias económicas— se ha apreciado 4.53% en lo que va del año y ronda los 17 pesos por dólar, un nivel que hace unos años parecía reservado para presentaciones optimistas en PowerPoint y no para la vida cotidiana.
México, como nación, ha tenido históricamente una relación emocional con su moneda. Cada movimiento del tipo de cambio desata pasiones, discusiones, viejas heridas y nuevas batallas en redes sociales. La estabilidad cambiaria se convierte en símbolo de victoria política; la depreciación, en arma arrojadiza. Y sin embargo, pocas veces nos detenemos a analizar el fondo: ¿qué hay detrás de esta aparente fortaleza? ¿Por qué el peso desafía turbulencias globales que han sacudido a economías más grandes, más ricas y —en teoría— más estables?
Las respuestas no son cómodas, pero son necesarias.
Para empezar, la apreciación del peso no se explica únicamente por la solidez interna. Sí, hay factores domésticos que cuentan: un banco central que conserva credibilidad, tasas de interés atractivas y un flujo constante de remesas que actúan como ancla emocional y financiera para millones de familias. Hay inversión extranjera directa hilvanada al fenómeno del nearshoring, aunque más sobre promesas que sobre plantas industriales ya operando. También influye la expectativa de continuidad en ciertas políticas macroeconómicas que, guste o no, han mantenido las cuentas públicas con una dosis razonable de disciplina.
Pero no hay que engañarnos. La mitad del encanto del superpeso proviene del exterior. En un mundo donde abundan los riesgos geopolíticos, las tasas aún elevadas en economías desarrolladas y una danza incómoda entre recesión y crecimiento débil, muchos inversionistas prefieren colocar capital en monedas emergentes que ofrecen rendimiento, liquidez y relativa estabilidad. Es decir: no nos aman, pero les resultamos útiles. Y mientras eso ocurra, seguirán llegando.
Que una firma global como UBS ajuste su perspectiva y anticipe que el tipo de cambio cerrará 2026 en 17.2 pesos por dólar no es un gesto romántico ni una declaración de fe en la grandeza nacional. Es simplemente un cálculo: el mercado ve condiciones para que la moneda mexicana mantenga fuerza en el corto y mediano plazos. Y cuando un jugador de esa talla mueve su pronóstico, no lo hace por intuición sino por modelos, por datos y por señales que no siempre coinciden con el clima político ni con los discursos oficiales.
Así que conviene dejar algo claro: el superpeso no es una medalla colgada en el pecho del gobierno federal, ni una derrota para la oposición, ni un triunfo para los mercados. Es un fenómeno multifactorial en el que confluyen decisiones internas y presiones externas, certezas locales y temores globales. La tentación de simplificarlo —como si se tratara de un gol o un penal— solo empobrece la conversación pública.
Hay otro aspecto que suele quedar relegado en la discusión: la apreciación del peso, aunque se celebra, no siempre es buena noticia para todos. Los exportadores sienten el golpe; la industria manufacturera pierde competitividad; el turismo enfrenta mayores retos frente a destinos más baratos; y muchas empresas sufren presiones en sus márgenes. Mientras tanto, para los consumidores, la fortaleza cambiaria no siempre se traduce en bienes más baratos; a veces apenas sirve para contener incrementos que de todos modos llegan por otras vías.
México —México— vive un momento extraño: nuestra moneda se fortalece mientras la economía crece a un ritmo moderado y la incertidumbre política se amplifica por el cambio de administración, las tensiones comerciales, la inseguridad y las dudas sobre la capacidad del Estado para sostener un entorno favorable a los negocios. Todo eso debería, en condiciones normales, presionar al peso. Pero estas no son condiciones normales. Vivimos en un mundo en el que nada es estable por más de quince minutos.
A eso se suma otro componente que pocos quieren tocar: la altísima dependencia de México respecto a Estados Unidos. Cada dato de empleo, cada anuncio de la Reserva Federal, cada tensión electoral en Washington golpea directamente a nuestra moneda. Es inevitable. Y no importa quién gobierne o quién presuma responsabilidad por el tipo de cambio: la moneda mexicana seguirá obedeciendo, en gran medida, a los ritmos que marque la economía estadounidense. Ese es el destino de una nación profundamente integrada en la cadena productiva del norte, y no hay discurso que cambie eso.
Pero volvamos al punto central: más que festejar o criticar al superpeso, lo urgente es entender lo que revela. En realidad, lo que tenemos entre manos es una oportunidad. Una moneda estable y relativamente fuerte puede ser el punto de partida para impulsar reformas profundas: infraestructura estratégica, un sistema fiscal que deje de premiar la informalidad, una política industrial que no dependa exclusivamente del nearshoring, un marco regulatorio que dé certeza en lugar de incertidumbre y, sobre todo, un Estado que asuma con seriedad la seguridad pública como condición mínima para atraer inversiones.
Si México aprovecha este momento, el superpeso dejará de ser una anécdota pasajera. Podría marcar el inicio de una era en la que la estabilidad cambiaria sea una constante y no una racha afortunada. Pero si se desperdicia —si se transforma en botín discursivo, si se utiliza como distractor, si sirve solo para alimentar la propaganda— la historia volverá a repetirse y el tipo de cambio regresará al lugar donde casi siempre termina: recordándonos que los mercados, cuando pierden la paciencia, no avisan.
Lo peor que podríamos hacer es creer que el superpeso es una victoria definitiva. No lo es. Es solo una fotografía del momento, un reflejo incompleto de una realidad mucho más compleja. Celebrar no está mal; confiarse, sí.
Hoy, más que presumir el precio del dólar, México necesita mirar el espejo incómodo que la propia apreciación del peso nos coloca en frente: un país con potencial pero con pendientes enormes, con estabilidad monetaria pero con fragilidad institucional, con oportunidades históricas pero con riesgos que pueden descarrilarlo todo.
Ese es el verdadero debate. Y mientras sigamos discutiendo si el dólar está a 17 o a 17.2, la conversación urgente seguirá quedándose fuera del cuadro.
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@salvadorcosio1

