Portugal acaba de dejar una lección que incomoda a muchos y entusiasma a otros: cuando la democracia se siente amenazada de verdad, el voto deja de ser rutina y se vuelve instinto de supervivencia. António José Seguro no ganó solo una elección presidencial; encabezó una reacción. Una sacudida cívica que, más que enamorarse de un candidato, decidió ponerle un alto a la ultraderecha antes de que fuera demasiado tarde.
El dato es tan contundente como revelador: 66.8% de los votos, el mayor respaldo absoluto en la historia de una presidencial portuguesa. Y no se trata de un político recién salido del horno ni de un mesías carismático. Seguro es un socialista moderado, exlíder del PS, de discurso sobrio, casi discreto. Hace apenas unos meses, las encuestas lo tenían arrumbado en el margen, con un ridículo 6% de intención de voto. Nadie lo veía venir. O casi nadie.
Lo que sí se veía venir —y eso fue el verdadero motor del vuelco— era la posibilidad real de que André Ventura, líder del partido ultraderechista Chega, alcanzara la presidencia con su retórica antiinmigrante, su populismo sin matices y su oferta simple para problemas complejos. Ese escenario encendió las alarmas. Y cuando las alarmas suenan en serio, el electorado moderado deja de dormitar.
Seguro terminó siendo el punto de convergencia de un voto defensivo, pero no por ello menor. Conservadores, liberales, socialdemócratas desencantados, votantes que normalmente se abstienen o que reparten su sufragio con desgano, cerraron filas. No para “darle una oportunidad a la izquierda”, sino para impedir que la presidencia se convirtiera en tribuna del resentimiento y la exclusión.
Hay quien descalifica este tipo de triunfos llamándolos “voto del miedo”. Error. Fue voto de conciencia. Miedo hay siempre en la política; la diferencia está en qué se hace con él. Ventura quiso capitalizarlo para dividir. Seguro lo absorbió para contener. Y en política, contener a tiempo es gobernar incluso antes de asumir.
El fenómeno es interesante porque desmonta dos mitos muy repetidos. El primero: que la ultraderecha es imparable una vez que entra en escena. No es cierto. Avanza cuando el centro se fragmenta, cuando la izquierda se ensimisma y cuando la derecha tradicional decide coquetear con el monstruo creyendo que puede domarlo. En Portugal ocurrió lo contrario: el centro se compactó y la apuesta fue clara.
El segundo mito: que los candidatos moderados ya no emocionan. Tal vez no emocionan en redes sociales ni en mítines estridentes, pero sí generan algo más duradero: confianza. En tiempos de ruido, la serenidad se vuelve un activo. Seguro no prometió expulsiones masivas ni soluciones mágicas. Prometió normalidad. Y eso, hoy, es revolucionario.
No es casual que varias figuras conservadoras hayan salido públicamente a respaldarlo. No se trató de una conversión ideológica repentina, sino de una lectura pragmática del momento histórico. Cuando la alternativa es abrirle la puerta al autoritarismo envuelto en bandera nacional, las diferencias programáticas se vuelven secundarias. Primero se salva la casa; luego se discute la decoración.
Portugal, además, carga una memoria histórica que no es menor. El país sabe lo que es vivir bajo una dictadura y también sabe lo frágil que puede ser la democracia cuando se da por sentada. Esa memoria no siempre está presente en otras latitudes, donde el discurso radical se consume como entretenimiento político. En Lisboa, esta vez, se tomó en serio.
El ascenso de Chega no desaparece con esta derrota, conviene no engañarse. El 33.18% que obtuvo Ventura no es despreciable y refleja un malestar real en sectores de la sociedad. Ignorarlo sería repetir el error que permitió su crecimiento. La tarea de Seguro, y de quienes lo respaldaron, empieza ahora: demostrar que la moderación también sabe escuchar, corregir y gobernar con eficacia.
Si este triunfo se queda solo en la contención simbólica, la ultraderecha volverá, quizá con otro rostro, quizá con un discurso más pulido. Pero si se traduce en políticas públicas que atiendan desigualdades, miedos legítimos y demandas postergadas, entonces sí estaremos hablando de algo más profundo que una victoria electoral.
Lo ocurrido en Portugal debería leerse con lupa en el resto de Europa y, por qué no, en América Latina. Aquí también abundan los Venturas, con distinto acento pero idéntica fórmula: señalar culpables fáciles, prometer orden a gritos y presentarse como antisistema mientras sueñan con controlar todo el sistema. La experiencia portuguesa demuestra que no son invencibles.
António José Seguro no arrasó porque fuera el candidato más carismático ni el más audaz. Arrasó porque se convirtió en el dique. En el punto de apoyo de una mayoría silenciosa que, cuando siente que la democracia se juega algo esencial, despierta, se organiza y vota.
Eso, en tiempos de cinismo político, no es poca cosa. Es, de hecho, una de las pocas buenas noticias que nos deja este ciclo turbulento: la democracia todavía tiene reflejos. Solo hay que dejar de subestimarlos.

