Récord de audiencia, música como protesta y un expresidente furioso ante un espectáculo que no pudo controlar. El Super Bowl de este año rompió récords históricos de audiencia. Millones más de lo habitual se conectaron no solo para ver un partido, sino para presenciar un espectáculo que, desde antes de iniciar, ya incomodaba al poder. Donald Trump lo sabía. Por eso lo criticó con dureza, lo descalificó, atacó a sus protagonistas y volvió a repetir su libreto favorito: acusar a la cultura de conspirar contra él. El problema es que, esta vez, la cultura no le respondió con miedo. Le respondió con más público.
El resultado fue demoledor: el evento más visto del año se convirtió también en uno de los más políticos de la última década. Y Trump, lejos de marcar la agenda, terminó reaccionando con enojo, desdén y una furia que delata debilidad.
El momento más potente no fue un touchdown ni una jugada espectacular. Fue una frase.
“Seguimo aquí”.
La dijo Benito —Bad Bunny— al final de su show de medio tiempo, después de haber pasado lista, uno por uno, a los países del Continente Americano. Y no fue una despedida amable. Fue una afirmación. Un gesto de identidad y resistencia. La acompañó lanzando con fuerza el balón de football contra el piso, como quien rompe un símbolo para recordar que ese escenario también pertenece a quienes siempre han sido relegados.
Aquí estamos.
Aquí seguimos.
Aquí no nos borran.
Mientras eso ocurría, a sus espaldas apareció otro mensaje que terminó de incomodar a la derecha trumpista: “La única cosa más poderosa que el odio es el amor”. La frase no era nueva. Benito la había pronunciado días antes al recibir el Grammy, dirigida directamente al ICE y al gobierno de Trump, como reclamo por el maltrato a migrantes, las redadas, la criminalización de la pobreza y la política del desprecio convertida en norma.
El espectáculo no se quedó en el símbolo. Lady Gaga y Ricky Martin aparecieron como invitados especiales, reforzando la dimensión política del momento. No fue un capricho artístico ni un golpe de mercadotecnia. Fue una alineación clara de voces que, desde distintos públicos y generaciones, decidieron no callar.
Ricky Martin interpretó “Lo que le pasó a Hawaii”, una canción incómoda, directa, imposible de suavizar. El tema habla de un territorio absorbido por Estados Unidos, explotado económicamente, vaciado de identidad cultural y abandonado cuando llegan la tragedia y el desastre. Hawaii como ejemplo de colonización moderna: desplazamiento de poblaciones originarias, turistificación salvaje, especulación inmobiliaria, pérdida de soberanía y olvido institucional. Cantada en ese escenario, la canción fue un mensaje transparente al trumpismo: así se ejerce el poder cuando no hay empatía, así se trata al territorio que solo importa mientras produce ganancias.
No fue solo un show. Fue una toma de posición política transmitida al mundo entero.
Trump reaccionó como siempre. Con enojo. Con descalificaciones. Con ataques. Criticó el espectáculo, atacó a los artistas, acusó “agenda liberal” y volvió a presentarse como víctima de una cultura que, según él, lo persigue. Lo que no dijo es que, mientras más atacaba, más crecía la audiencia. Mientras más gritaba, más gente se sumaba a mirar. El récord de espectadores fue la respuesta más clara: la sociedad ya no le tiene miedo.
El Super Bowl de este año fue algo más incómodo para Trump: un espejo. Un punto de inflexión que dejó claro que ya no controla la conversación pública. Ahora la persigue, tarde y mal. Intentó ningunear el evento, deslegitimarlo, reducirlo a propaganda ideológica. El efecto fue el contrario: conversación masiva, debate cultural, análisis político y una demostración clara de que la cultura no se deja disciplinar.
El mensaje fue simple y brutal: Trump ya no intimida. Provoca rechazo.
Mientras millones miraban el partido —muchos de ellos incluso con la intención explícita de contrariarlo— el autoproclamado “hombre fuerte” volvió a hacer lo único que sabe hacer cuando pierde control: esconderse. No apareció. No confrontó. Se refugió en voceros, en comunicados, en silencios estratégicos. Detrás de Kim, de Caroline, de cualquiera que pudiera amortiguar el golpe. El líder que presume mando terminó reducido a espectador resentido, mascullando desde la barrera.
Trump sigue sin entender algo esencial: la cultura no se gobierna con miedo ni se doblega con insultos. La cultura no obedece órdenes ni acepta amenazas. Responde a identificación, pertenencia, emoción compartida. Y cuando el poder político se vuelve autoritario, vengativo y excluyente, la cultura hace lo único que puede hacer: avanza sin pedir permiso.
Lo que ocurrió alrededor del Super Bowl no es una anécdota. Es un síntoma. El rechazo a Trump dejó de ser solo político para convertirse en algo más profundo: social, generacional y cultural. Se expresa en hábitos de consumo, en audiencias masivas, en listas de reproducción, en íconos compartidos.
Bruce Springsteen, Green Day, Roger Waters, Bad Bunny, SZA, Olivia Dean, Shaboozey. Lady Gaga y Ricky Martin. Voces del cine y la cultura como Jamie Lee Curtis, Diego Luna, Gael García Bernal, Natalie Portman, Jennifer Lawrence, George Clooney, Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Matt Damon, Robert De Niro, Jim Carrey, Eva Longoria, Antonio Banderas. Mundos distintos, públicos incompatibles, lenguajes opuestos. Un solo punto en común: Trump representa un problema ético.
No es una conspiración. Es un termómetro social. Son demasiadas voces, de demasiados universos distintos, para reducirlo a una moda ideológica. El rechazo atraviesa géneros, edades, fronteras. Y eso explica por qué el trumpismo ya no logra imponerse culturalmente, aunque grite más fuerte.
El Super Bowl no derribó a Trump por sí solo. Pero lo exhibió. Lo mostró pequeño frente a una sociedad que ya no le teme y que, además, ya no lo sigue. Lo dejó claro: Trump no marca el pulso del país. Corre detrás de él, con rencor, miedo y frustración.
“Seguimo aquí”, dijo Benito.
Y ese mensaje, amplificado por récords de audiencia, por Gaga, por Ricky Martin y por millones de miradas, explica por qué el poder que necesita atacar a la cultura para sentirse fuerte ya está derrotado.

