Donald Trump no está atravesando un tropiezo coyuntural ni una mala semana en las encuestas. Está viviendo una descomposición abierta, política y moral, que ya no puede disimular ni con estridencia ni con furia. Y en esa caída no va solo: arrastra consigo a un Partido Republicano que aceptó someterse a su carácter, a sus impulsos y a su narrativa, creyendo que el costo sería manejable. No lo fue. Hoy el daño es profundo y cada vez más evidente.
El problema ya no es —solo— su lenguaje tosco, su vulgaridad reincidente o su obsesión enfermiza por el insulto. Lo verdaderamente alarmante es la degradación deliberada de la figura presidencial y la normalización del autoritarismo como estilo político. Trump no gobierna ni debate: reacciona, embiste, huye. Y cuando se siente acorralado, amenaza a la democracia misma.
La reciente andanada burda contra Barack y Michelle Obama no tuvo nada de ingenio ni de cálculo estratégico. Fue resentimiento puro. Una rabieta digital sin gracia, plagada de memes grotescos y lenguaje de cantina. No fue humor: fue miedo. Porque cuando alguien que ambiciona el poder desciende a ese nivel, no ataca a otros; se exhibe a sí mismo.
Trump no soporta a los Obama porque encarnan justo aquello que él no es ni será. Donde ellos representan templanza, él ofrece berrinche. Donde hay legitimidad democrática, él carga sospecha. Donde hubo inteligencia institucional, él responde con impulsividad narcisista. La comparación lo pulveriza, y por eso intenta arrastrarlos al lodo, como si embarrar a otros pudiera limpiar su propio desastre.
La reacción posterior terminó de retratarlo. Ante la crítica social y mediática, Trump hizo lo único que sabe hacer cuando se le exige rendir cuentas: escapar. No explicó, no corrigió, no se disculpó. Evadió, atacó a la prensa, cerró ruedas de prensa, ordenó desalojar periodistas del Despacho Oval. Un presidente que corre de las preguntas no ejerce poder: le tiene miedo.
Trump confunde la disculpa con la humillación. Pero la paradoja es brutal: no es reconocer el error lo que lo degrada, sino su incapacidad patológica para asumir responsabilidad. Negar, atacar y huir es su patrón. Y ese patrón hoy le está pasando factura incluso entre quienes antes lo toleraban por conveniencia.
Las cifras no mienten. Su popularidad se desploma entre independientes, moderados, jóvenes y votantes suburbanos. Ya no se trata de diferencias ideológicas: es rechazo moral. Trump no solo pierde apoyos; pierde legitimidad. Y cuando un líder pierde legitimidad, el tiempo empieza a jugar en su contra.
Dentro del republicanismo —el que todavía se reconoce como partido institucional y no como secta personalista— empieza a asomar algo más corrosivo que la crítica: el arrepentimiento. Hay quienes evocan, sin nostalgia ingenua pero con claridad histórica, los años en que ese partido aún hablaba de Estado, de responsabilidad y de decoro. Trump, admiten muchos, nunca fue realmente republicano: fue un atajo electoral, un artefacto útil mientras ganaba.
Creyeron que una segunda oportunidad lo haría más prudente. Ocurrió lo contrario. No maduró: se radicalizó. Hoy no conduce: reacciona. Y eso ha provocado una escena impensable hace pocos años: republicanos que votaron por él y ahora confiesan sentirse engañados, ajenos, incluso avergonzados.
En ese contexto, el contraste se vuelve inevitable. Barack Obama reaparece no como provocador ni como figura partidista, sino como referencia moral. Sin entrar al lodazal, sin responder con burlas, eleva el debate. En Harlem, en febrero de 2024, habló de democracia no como botín ni marca personal, sino como una construcción diaria hecha de trabajo, responsabilidad y respeto. Recordó que gobernar no es humillar, sino servir; no dividir, sino pensar en el bien común y en el futuro compartido.
Fue una lección sin gritos ni odio. Y por eso resultó devastadora. Porque dejó a Trump expuesto sin necesidad de nombrarlo.
A su lado, Michelle Obama se consolida con una fuerza propia, indiscutible. No como adorno ni acompañante, sino como liderazgo ético autónomo, con autoridad moral intacta. Ella no necesita atacar: su sola presencia dignifica. Donde Trump degrada, ella eleva. Donde él fractura, ella convoca.
Hay, además, un elemento inquietante que no debe minimizarse. Cada vez que Trump es confrontado, recurre al mismo recurso: invocar amenazas externas, guerras futuras, catástrofes inminentes, para eludir la rendición de cuentas. Ese uso del miedo como coartada no es casual. Es manual clásico del autoritarismo. Y cuando sugiere que solo reconocerá la democracia si él gana, deja de ser provocación y se convierte en advertencia.
Trump no está empezando a caer: va en picada. Por eso grita más, insulta más, huye más y amenaza más. No estamos viendo solo la decadencia de un personaje, sino una advertencia histórica sobre lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin límites morales ni respeto institucional.
Trump arrastra a los republicanos. Barack Obama reaparece como referencia ética. Michelle Obama se afirma como horizonte moral. Y la democracia, una vez más, paga el precio de quienes dicen defenderla mientras la socavan.
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