El martes, en la Casa Blanca, no se encontraron dos presidentes: chocaron dos temperamentos. Gustavo Petro y Donald Trump se dieron la mano con la sonrisa tensa de quienes se han dicho de todo sin ponerse de acuerdo en nada. Meses de insultos, advertencias y desconfianza no se borran con una foto oficial ni con un apretón de manos ensayado frente a las cámaras. Y, sin embargo, ahí estaban: el progresista colombiano y el nacionalista estadounidense, cada uno convencido de que el otro representa justo lo que está mal en el mundo.
Trump llegó a ese encuentro con su libreto habitual: el del sheriff que se cree dueño del pueblo. Semanas atrás había llamado narcotraficante a Petro, le recomendó “cuidarse” —como si hablara un capo y no un expresidente— y hasta dejó caer, con esa ligereza peligrosa que lo caracteriza, que una acción militar en Colombia “sonaba bien”, al estilo de lo hecho en Venezuela. No es una frase menor. En América Latina sabemos leer entre líneas cuando Washington se pone creativo con el verbo “intervenir”.
Petro, por su parte, tampoco llegó con la bandera blanca. Desde Bogotá había acusado a Estados Unidos de violar la soberanía colombiana y de matar inocentes en nombre de su guerra antidrogas. Dijo lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir en voz alta: que el enfoque estadounidense sobre las drogas ha sido una fábrica de muertos y una escuela de hipocresías. Que mientras el norte consume, el sur pone los cadáveres.
Así que no, no era un encuentro diplomático cualquiera. Era un pulso. Un choque de narrativas. Un capítulo más de esa relación desigual donde Estados Unidos sermonea y América Latina escucha… o se cansa.
Trump entiende la política exterior como un reality show. Necesita villanos, frases contundentes y enemigos claros. Petro le sirve perfecto: un presidente de izquierda, exguerrillero, incómodo, que habla de justicia social y se atreve a cuestionar el dogma antidrogas. Para Trump, eso es comunismo tropical con ínfulas de rebeldía. Y ya sabemos cómo trata a quienes no se alinean: amenazas envueltas en chistes, advertencias disfrazadas de ocurrencias.
Petro, en cambio, juega otro juego. Se sabe observado, sabe que su base espera firmeza, no genuflexión. Pero también sabe que Colombia depende, le guste o no, de Estados Unidos. En comercio, en seguridad, en política internacional. Por eso su desafío es doble: plantarse sin romper. Decir lo que piensa sin provocar un incendio que luego no pueda apagar.
El problema es que cuando dos egos grandes se sientan frente a frente, el espacio para la sensatez se reduce. Trump no escucha: impone. Petro no calla: responde. Y en medio queda Colombia, un país cansado de ser laboratorio de guerras ajenas y de recetas fallidas.
La guerra contra las drogas es el elefante en la habitación. Décadas de fumigaciones, operaciones militares, cooperación “antinarcóticos” y discursos morales no han reducido ni el consumo ni el tráfico. Lo que sí han dejado es un reguero de violencia, comunidades desplazadas y un Estado que muchas veces llega tarde o no llega. Petro lo ha dicho sin rodeos: seguir haciendo lo mismo esperando resultados distintos es una necedad criminal.
Trump, en cambio, necesita soluciones simples para problemas complejos. Mano dura. Amenazas. Fuerza. Es la lógica del martillo: si todo parece clavo, se golpea. Poco importa la soberanía, los derechos humanos o las dinámicas locales. Importa mandar un mensaje a su electorado: que América primero, aunque sea a costa de los demás.
El encuentro en la Casa Blanca no resolvió esas diferencias. No podía. A lo sumo, las administró. Sirvió para bajar un poco el volumen, para mostrar que todavía hay canales abiertos, para evitar que la retórica se convierta en algo peor. Pero nadie debería engañarse: el fondo del conflicto sigue ahí.
Lo preocupante es la ligereza con la que Trump habla de acciones militares en países ajenos. Esa nostalgia imperial que cree que América Latina es patio trasero y no un conjunto de naciones soberanas. Petro hizo bien en responder con firmeza. Callar ante ese tipo de declaraciones es aceptar que la amenaza es válida.
Pero tampoco basta con el discurso. La soberanía se defiende con instituciones fuertes, con políticas públicas eficaces y con una estrategia internacional inteligente. No con bravatas. Petro tiene razón en cuestionar la guerra antidrogas, pero necesita construir alternativas viables, alianzas regionales, propuestas que no se queden en la denuncia.
Al final del día, Trump se irá. Petro también. Lo que queda es la relación entre dos países condenados a entenderse, aunque no se quieran. Y ahí es donde entra la responsabilidad histórica. Estados Unidos debe dejar de ver a Colombia como un problema de seguridad y empezar a verla como un socio. Colombia, por su parte, debe dejar de reaccionar y empezar a liderar un cambio de paradigma.
El martes vimos una escena incómoda, tensa, cargada de simbolismo. Dos hombres frente a frente, representando dos maneras opuestas de ver el poder. Uno que amenaza desde arriba. Otro que desafía desde abajo. Ojalá que, más allá de los egos y las frases para la tribuna, alguien haya entendido que ya no alcanza con repetir los mismos guiones.
Porque cuando la política se reduce a insultos y advertencias, los que pagan el precio no son los presidentes. Son los ciudadanos. Y esos, a diferencia de Trump y Petro, no tienen guardaespaldas ni micrófonos.
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