Hay declaraciones que, aunque suenen conocidas, merecen leerse con lupa. La del presidente cubano Miguel Díaz-Canel esta semana es una de ellas. Cuba —dice— está dispuesta a dialogar con Estados Unidos. Pero no de cualquier manera: sin presiones, sin condicionamientos, en igualdad de circunstancias, con respeto pleno a su soberanía. Dicho así, parece una obviedad. En la práctica, es casi una provocación política.
Porque hablar de diálogo entre Cuba y Estados Unidos es invocar una historia larga, áspera, llena de silencios incómodos, de sanciones, de discursos cruzados y de gestos que casi nunca llegan a puerto. Y porque cuando La Habana habla de diálogo “en condiciones de igualdad”, lo hace desde una realidad profundamente desigual: una isla bloqueada, asfixiada económicamente, frente a la mayor potencia del planeta.
No es la primera vez que un presidente cubano ofrece diálogo. Tampoco es la primera vez que Washington responde con evasivas, con más sanciones o con la vieja cantaleta de los “derechos humanos” usada como comodín geopolítico. La novedad, si acaso, está en el momento. Cuba atraviesa una de sus peores crisis económicas en décadas. Escasez, apagones, migración masiva, malestar social. Y aun así, el mensaje no es de rendición, sino de firmeza: dialogamos, sí, pero no de rodillas.
Díaz-Canel no improvisa. Sabe que la palabra “presión” es clave. Porque la política de Estados Unidos hacia Cuba ha sido, históricamente, una política de presión: embargo —o bloqueo, como se le llama en la isla—, sanciones financieras, persecución a empresas que comercian con La Habana, asfixia del turismo, castigo a remesas. Todo bajo la premisa de que el hambre y el cansancio producirán un cambio político interno. Una tesis que lleva más de sesenta años fracasando.
Desde Washington, el discurso suele ser moralista. Se habla de democracia, de libertades, de elecciones. Pero rara vez se admite que ningún país del mundo aceptaría negociar su sistema político con una pistola económica en la cabeza. Cuba lo dice sin rodeos: no aceptamos que el diálogo sea una forma elegante de intervención.
Aquí es donde el asunto se vuelve incómodo para muchos analistas. Porque exigir diálogo sin presiones suena razonable… pero también desafía la lógica imperial con la que Estados Unidos se relaciona con buena parte del mundo. Washington dialoga, sí, pero casi siempre desde la superioridad: te sientas a la mesa si haces lo que yo digo, si reformas lo que yo quiero, si aceptas mis reglas.
Cuba, en cambio, plantea algo distinto: sentémonos como iguales. Respétame y te respeto. No me dictes cómo debo organizar mi casa. Para un país acostumbrado a dar órdenes, esa exigencia resulta indigesta.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar la postura cubana. El gobierno de la isla tiene problemas internos serios, errores acumulados, rigideces políticas y una desconexión creciente con sectores de su propia sociedad. El discurso de soberanía, aunque legítimo, no resuelve por sí solo la escasez de alimentos ni la frustración cotidiana de millones de cubanos. Pero eso no invalida el reclamo de fondo: ningún diálogo auténtico nace de la coerción.
Hay otro elemento que no conviene perder de vista: la política interna estadounidense. Cuba sigue siendo moneda de cambio electoral, sobre todo en Florida. Ningún presidente quiere aparecer como “blando” con La Habana, aunque sepa que la política de castigo no ha servido para nada. Biden lo sabe. Lo sabía Obama cuando intentó —con límites— un deshielo. Y lo saben todos los que prefieren no decirlo en voz alta.
En ese contexto, la declaración de Díaz-Canel también es un mensaje hacia afuera: a América Latina, a Europa, al Sur Global. Cuba se presenta como un actor dispuesto a hablar, a negociar, a discutir cualquier tema. El que no quiere —insinúa— es el otro. Y eso, en términos diplomáticos, importa.
Porque el aislamiento ya no es el mismo que en los años noventa. Cuba tiene aliados, socios comerciales, respaldo político en foros internacionales. Cada año, en Naciones Unidas, la condena al bloqueo estadounidense es casi unánime. Estados Unidos queda solo, acompañado apenas por Israel y algún aliado ocasional. El costo político del bloqueo crece, aunque no se traduzca todavía en cambios concretos.
Entonces, ¿hay margen real para ese diálogo que propone Cuba? Hoy, siendo honestos, parece reducido. Washington no ha mostrado voluntad de desmontar la arquitectura de sanciones. La Habana no está dispuesta a negociar su soberanía. Ambos se miran con desconfianza. Pero que el tema vuelva a la mesa no es menor.
A veces, el diálogo no empieza con acuerdos, sino con la reiteración pública de principios. Cuba dice: aquí estoy, dispuesto a hablar, pero no a ceder en lo esencial. Estados Unidos tendrá que decidir si quiere seguir atrapado en una política del siglo pasado o si se atreve a ensayar algo distinto.
Mientras tanto, el pueblo cubano sigue pagando el precio más alto. Entre la presión externa y las limitaciones internas, la vida cotidiana se vuelve una carrera de resistencia. Y es ahí donde el debate deja de ser retórico y se vuelve urgente. Porque el diálogo, si algún día llega, no debería ser solo entre gobiernos, sino en favor de la gente común, esa que no sale en las conferencias de prensa pero carga con las consecuencias.
Tal vez por eso la frase más importante de Díaz-Canel no es la del diálogo, sino la de la igualdad. Sin ella, cualquier conversación es teatro. Con ella, al menos, existe la posibilidad —remota, sí— de que la historia deje de repetirse.
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