Se suponía que 2026 iba a ser el año del sosiego cambiario. Después del sacudón de 2025 —cuando los anuncios arancelarios del presidente estadounidense Donald Trump hicieron temblar al dólar como si hubiera visto un fantasma—, los operadores de divisas apostaban por una calma chicha: menos sobresaltos, menos discursos incendiarios, más números y menos ocurrencias. Pero ya sabemos cómo se llevan las expectativas con la realidad. Mal. Muy mal.
En las últimas semanas, el billete verde volvió a dar señales de fragilidad. El martes pasado tocó su nivel más bajo en cuatro años frente a una canasta de divisas y marcó mínimos de varios años frente al euro y la libra esterlina. Una caída del 3% en apenas una semana no es una anécdota: es un aviso. Desde entonces, la depreciación se desaceleró, sí, pero nadie en su sano juicio canta victoria. Los analistas, con el ceño fruncido, repiten la misma advertencia: el respiro es probablemente temporal.
Conviene decirlo sin rodeos: el dólar ya no impone respeto como antes. Durante décadas fue el refugio automático en tiempos de incertidumbre, el ancla del sistema financiero global, el idioma común de los mercados. Hoy, sin perder del todo ese papel, empieza a parecer un paciente que entra y sale de terapia intensiva. No está muerto, pero tampoco está sano.
¿La causa? No hay una sola, y eso es lo preocupante. Por un lado, la política comercial estadounidense volvió a ser un campo minado. Los anuncios arancelarios —a veces lanzados como globos de ensayo, a veces como ultimátums— reavivaron temores de una nueva guerra comercial, con efectos en cadenas de suministro, inflación importada y crecimiento global. Cada tuit, cada conferencia, cada amago de castigo comercial pesa más que un reporte macroeconómico bien hecho.
Por otro lado, el mundo cambió mientras Estados Unidos discutía consigo mismo. Europa, con todas sus contradicciones, logró ofrecer una narrativa de mayor previsibilidad; el euro se benefició de esa sensación de orden relativo. El Reino Unido, incluso cargando con sus propios problemas estructurales, encontró oxígeno en una libra que llevaba años subvaluada. Y ni hablar de las economías emergentes que, con cautela, diversifican reservas y reducen dependencia del dólar. No es una rebelión abierta, pero sí un murmullo persistente.
El problema para Washington es que la confianza, una vez dañada, no se recompone con discursos. Se recompone con consistencia. Y la consistencia es justo lo que ha faltado. La Reserva Federal navega entre presiones políticas, datos mixtos y un mercado laboral que ya no responde como antes a las subidas o bajadas de tasas. Cada decisión parece tardía para unos y excesiva para otros. El resultado es un dólar sin brújula clara.
Ahora bien, no exageremos: el dólar no está en caída libre ni será destronado mañana. Su peso en el comercio internacional, en las reservas globales y en los mercados financieros sigue siendo enorme. Pero los símbolos importan. Y cuando una divisa que presume fortaleza cae a mínimos de cuatro años, el mensaje se amplifica: algo no cuadra.
En América Latina, este vaivén se vive con una mezcla de alivio y nerviosismo. Un dólar más débil abarata importaciones y alivia presiones inflacionarias, sí. Pero también revela la volatilidad de un sistema del que dependemos más de lo que nos gusta admitir. México, por ejemplo, celebra un peso fuerte mientras cruza los dedos para que no llegue el coletazo de una nueva sacudida global. Porque llega. Siempre llega.
Lo interesante —y aquí está la parte incómoda— es que muchos operadores esperaban un 2026 tranquilo no por fundamentos sólidos, sino por cansancio. Tras un 2025 dramático, la esperanza era que el péndulo se quedara quieto. Pero los mercados no funcionan por deseos. Funcionan por expectativas creíbles, reglas claras y liderazgo responsable. Y cuando eso falla, el dinero se mueve. Rápido.
La desaceleración reciente de la caída del dólar ha sido interpretada por algunos como señal de piso. Tal vez. Pero también puede ser la pausa antes del siguiente movimiento. Los mercados toman aire. Miden. Y vuelven a empujar. Si la política comercial estadounidense insiste en la confrontación y la ambigüedad, si la Fed sigue atrapada entre la técnica y la política, el billete verde seguirá pagando el precio.
Hay, además, un elemento psicológico que no conviene subestimar. Durante años, apostar contra el dólar era casi un acto de herejía financiera. Hoy es una estrategia debatida en mesas serias, con modelos y argumentos. Ese simple cambio de conversación dice mucho. Cuando una certeza se vuelve pregunta, el terreno ya se movió.
El reto para Estados Unidos no es “defender” al dólar con declaraciones altisonantes, sino reconstruir las condiciones que lo hicieron fuerte: apertura comercial con reglas, instituciones creíbles, coordinación internacional y un mensaje claro al mundo. Nada de eso se logra en una semana ni con un anuncio sorpresa. Requiere paciencia, algo escaso en la política contemporánea.
Mientras tanto, los operadores harán lo que saben hacer: cubrir riesgos, diversificar y anticiparse. El dólar seguirá siendo protagonista, pero ya no el único actor en escena. Y ese es, quizá, el cambio de fondo que muchos se resisten a aceptar.
Así que no, 2026 no empezó tranquilo. Empezó honesto. Nos recordó que la estabilidad no se decreta y que las monedas, como las reputaciones, se sostienen con hechos. El dólar aún tiene mucho camino por delante. La pregunta es si Washington está dispuesto a acompañarlo con la seriedad que exige el momento. Porque el mercado, paciente no es. Y la terapia intensiva no es un lugar donde uno quiera instalarse a largo plazo.
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