La política internacional suele acostumbrarse a los excesos cuando estos se repiten lo suficiente. Lo que ayer provocaba alarma, hoy se administra; lo que antes parecía inadmisible, ahora se negocia. En ese proceso de normalización del desorden, el problema deja de ser quien actúa sin freno y pasa a ser quienes, pudiendo reaccionar, eligen no hacerlo.
Donald Trump encaja de lleno en esa lógica peligrosa. No por sorpresa, sino por persistencia. Sus decisiones, amenazas y desplantes dejaron hace tiempo de ser episodios aislados para convertirse en método. Un método que erosiona reglas, degrada alianzas y somete a prueba la paciencia —y la dignidad— de aliados históricos.
Durante años se intentó justificar esa conducta como parte de un estilo personal, incómodo pero manejable. Hoy resulta evidente que no lo es. Trump no opera al margen del sistema: lo tensiona, lo desafía y lo usa a conveniencia. Tratar esa conducta como una anomalía tolerable no es pragmatismo político. Es aceptar que el límite se mueva siempre un poco más.
El uso abierto del chantaje económico como política exterior —aranceles del 10, del 25 o del porcentaje que convenga anunciar según el humor del día— no es negociación. Es extorsión. La invocación rancia de la doctrina Monroe, reinterpretada como patente de corso para meter las narices donde se le antoje, no es estrategia geopolítica: es colonialismo verbal con ambición real. Y la idea de que otros países no tienen derecho a decidir, sino la obligación de alinearse, no es liderazgo. Es autoritarismo sin barniz.
Europa lo ha entendido con mayor claridad de lo que muchos en América Latina parecen dispuestos a admitir. Las encuestas en Francia, Alemania, Bélgica, Italia y España colocan a Trump como la principal amenaza global, incluso por encima de Rusia. En los países nórdicos, especialmente en Dinamarca, la percepción es todavía más severa. No por su capacidad militar, sino por su imprevisibilidad, su desprecio por las reglas y su disposición a castigar incluso a los aliados. De ahí la reacción europea: el llamado “bazucazo” comercial no es un gesto retórico ni un berrinche tecnocrático. Es la admisión tardía de que ceder hoy equivale a ser extorsionado mañana.
Canadá entendió algo aún más elemental. Cuando el poder miente, humilla y amenaza, no se le explica con paciencia académica: se le enfrenta. La respuesta a la afirmación de que Canadá “vive” gracias a Estados Unidos fue institucional, seca y contundente. Pero lo verdaderamente revelador vino después. Boicot social, cancelaciones, rechazo abierto. Miles de canadienses dejaron de viajar al sur, de consumir productos estadounidenses, de mirar a Washington como referencia automática. El impacto ya se empieza a sentir en economías locales. Trump no escucha razones. Escucha consecuencias.
Conviene decirlo sin rodeos: cuando el mundo trata a un abusador como socio, termina convertido en su rehén.
En ese contexto, el papel del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, resulta inquietante. Más que liderazgo colectivo, parece ejercer una diplomacia diseñada para no incomodar a Trump, incluso cuando eso implica erosionar la confianza del resto de los miembros. No es mediación. Es complacencia. Y la historia es clara: la complacencia frente al abuso no lo contiene, lo legitima.
Mientras tanto, el frente interno estadounidense se deteriora a velocidad alarmante. Las operaciones del ICE han cruzado un umbral peligroso. Minnesota vuelve a ser escenario de tiroteos, civiles muertos y protestas masivas. Ya no se trata de migración ni de control fronterizo. Se trata del uso del aparato federal como instrumento de intimidación interna, con narrativas oficiales que criminalizan primero y preguntan después. Gobernadores y alcaldes lo dicen sin rodeos. El desorden no es colateral. Es funcional.
A ello se suma el intento de desempolvar leyes del siglo XIX para justificar estados de excepción, despliegues federales y la intervención de ciudades enteras bajo el argumento de que los gobiernos locales “no pueden controlar” la protesta social. El manual autoritario clásico, actualizado con agencias armadas, aranceles y retórica empresarial.
Todo ocurre dentro de una caja china del poder. Groenlandia tapa al ICE. El ICE tapa la ruptura con aliados. Los aranceles tapan la violencia interna. Y en capas más profundas se esconden la farsa —o la complicidad abierta— en Venezuela, donde la democracia fue utilería mientras se reciclaban operadores y se garantizaban intereses, y la negligencia frente a Irán, donde la retórica altisonante convive con una pasividad que no evita ni la represión ni la tragedia humana.
El espectáculo de Davos fue revelador. Un supuesto foro de paz firmado por 17 países de peso marginal, mientras las grandes potencias se hicieron a un lado. No fue liderazgo global. Fue escenografía vacía. Como lo son también las burlas constantes a líderes europeos o el intento sistemático de deslegitimar autoridades locales dentro de Estados Unidos, desde gobernadores hasta alcaldes que simplemente se niegan a obedecer órdenes absurdas.
Lo más grave no es el ruido. Es el efecto estructural. Trump está empujando a los aliados históricos a replantear sus alineamientos. Rusia, sin dejar de ser autoritaria, empieza a ser vista por algunos actores como un interlocutor comercial posible. China dejó de ser el monstruo demonizado para convertirse en un socio incómodo pero estable. No porque Moscú o Pekín hayan cambiado, sino porque Estados Unidos dejó de ser predecible y confiable.
No es un giro ideológico. Es instinto de supervivencia.
La pregunta vuelve, más incómoda, más urgente: ¿qué más tiene que pasar para que los líderes del mundo dejen de ser timoratos? ¿Otro civil muerto en una redada federal? ¿Otra amenaza territorial disfrazada de “seguridad nacional”? ¿Otro chantaje comercial convertido en norma? ¿Otra humillación pública a un aliado histórico?
Porque el problema ya no es Trump. El problema es el límite. Hasta dónde puede llegar el poder cuando descubre que puede hacerlo casi sin costo. Cuando comprueba que puede amenazar territorios soberanos, usar agencias federales como instrumentos de miedo, burlarse del derecho internacional y romper alianzas sin provocar una reacción proporcional.
El verdadero escándalo no es el orate que grita y amenaza. El verdadero escándalo es la fila de líderes que, plenamente conscientes del peligro, siguen administrando la anomalía como si fuera tolerable.
Los incendios globales no empiezan con bombas. Empiezan cuando el poder deja de creer en límites y los demás deciden seguir esperando. Y la historia —siempre implacable— no absuelve a quienes vieron venir el desastre y optaron por no incomodar.

