La historia política de Venezuela, esa concatenación de revoluciones interrumpidas, repeticiones de tragedias y espejismos de reforma, ha escrito un nuevo capítulo con una protagonista inusual: Delcy Rodríguez, presidenta encargada de la República Bolivariana desde el 5 de enero de 2026. Su nombre, otrora relegado a las trastiendas del poder, ha estallado en el centro del tablero como alternativa y continuidad, como relevo y como síntesis del legado chavista.
Que Delcy Rodríguez no lleve ni un mes como mandataria no es accidente ni capricho de la coyuntura; es resultado de una construcción política de décadas que ha sabido conjugar el pragmatismo con los hilos tradicionales de la revolución bolivariana. No surge de la improvisación, sino de una larga gestación que la ha colocado —en un contexto de crisis extrema— en la casilla de salida para dirigir un país sumido en la incertidumbre, la violencia y la presión internacional.
Y es que su ascenso no se explica sin el dramático operativo del 3 de enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses atacaron en Caracas y capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, trasladándolos a Nueva York para enfrentar cargos penales. Ante ese giro inédito, el Tribunal Supremo de Justicia activó mecanismos constitucionales: Delcy juró como presidenta interina y asumió formalmente los poderes del Ejecutivo.
Aquí es donde la política venezolana y la geopolítica convergen de manera brutal. El silencio de Maduro en Nueva York, sus abogados enfrentando procesos en tribunales estadounidenses, y el vacío de poder que se abrió en Caracas dieron lugar a una oportunidad única en más de dos décadas de chavismo: una figura histórica del régimen —que siempre estuvo en su sombra— se enfrentaba al desafío más grande de su carrera.
Y lo primero que hizo fue reconfigurar el poder interno.
Delcy no solo ha removido de sus cargos a figuras clave del madurismo, sino que ha colocado en puestos estratégicos a hombres y mujeres de su confianza. Ha girado la brújula de la política venezolana hacia un eje más personal y menos complaciente con la vieja guardia que la respaldó por años. Esa disposición a cortar con los “fichajes” tradicionales revela algo esencial: Delcy no pretende ser una mera administradora de una crisis, sino una reconfiguradora del régimen chavista bajo nuevas prioridades y objetivos.
Pero, claro, esta transformación no se da en un vacío. Está condicionada por el papel determinante de Estados Unidos, cuyo impacto en Venezuela tras la captura de Maduro ha sido profundo y sin precedentes. La presencia en Caracas del director de la CIA, John Ratcliffe, obedeció a un propósito claramente geopolítico: marcar un nuevo momento en las relaciones entre Washington y Caracas y explorar posibilidades de cooperación, especialmente en materia de seguridad y energía.
Que un funcionario estadounidense de alto rango se reúna con la presidenta encargada de Venezuela solo unos días después de la captura de Maduro es un hecho que desborda lo diplomático para ingresar de lleno en lo estratégico. No es una visita de cortesía, sino una señal de intenciones. Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, ha dejado claro que desea influir en el rumbo político y económico de Venezuela, y ha encontrado en Delcy una interlocutora que, por pragmática o por necesidad, responde de manera diferente a la confrontación ideológica que caracterizó décadas de relación.
Esto no quiere decir que Delcy se haya convertido en una aliada sin condiciones de Washington. Todo lo contrario: ha mantenido un lenguaje de firmeza y soberanía frente a cualquier intromisión externa, denunciando el ataque que llevó a la captura de Maduro como una “agresión ilegítima” y exigiendo pruebas de vida de los detenidos. Pero también ha mostrado una disposición a dialogar y a negociar, incluso en los terrenos más sensibles, como el energético.
En este aspecto, la política petrolera venezolana ha emergido como uno de los ejes fundamentales de este nuevo ciclo. El anuncio de acuerdos para comercializar hasta 50 millones de barriles de petróleo con participación estadounidense reconfigura una industria que durante años estuvo cerrada a los intereses extranjeros. Y aunque el Gobierno venezolano ha desmentido ciertos acuerdos específicos, existe una realidad tangible: el control y la explotación de los hidrocarburos venezolanos se han convertido en un objetivo central de las negociaciones entre Caracas y Washington. Esto responde tanto a la necesidad de ingresos externos como a la presión de un mercado energético global que ve en Venezuela reservas estratégicas.
Pero este movimiento hacia una apertura controlada —¿capitalismo con sello chavista?— no está exento de tensiones. Internamente, el poder de Delcy se enfrenta a rivales tradicionales dentro del propio régimen, figuras que ostentan control sobre las fuerzas de seguridad o sobre estructuras de poder que no desaparecen con un simple decreto de renovación ministerial. La alianza entre Delcy y otros sectores del chavismo, incluso aquellos que defenderían posiciones más radicales, es una relación forzada, pragmática, de conveniencia más que de convicción absoluta.
Externamente, la sombra de Estados Unidos también ha generado resistencias. Sectores críticos dentro de Venezuela y en el propio chavismo cuestionan cualquier cooperación que pueda parecer subordinación a Washington. La crisis de legitimidad, exacerbada por la captura de Maduro y el desplazamiento de liderazgos históricos, crea un caldo de cultivo para interpretaciones plagadas de desconfianza y resentimiento.
Así, Delcy Rodríguez transita un sendero estrecho: debe mostrar firmeza nacionalista para mantener credibilidad dentro de su propio país y, al mismo tiempo, apertura pragmática para asegurar recursos esenciales y apoyo internacional. Es la versión más sofisticada y compleja del pragmatismo político venezolano, donde ideología y realpolitik se dan la mano en un intento por sostener un proyecto de poder bajo un nuevo equilibrio de fuerzas globales.
La pregunta que surge inevitablemente es: ¿qué tipo de liderazgo representa Delcy Rodríguez para Venezuela? ¿Es una reformadora dentro del chavismo, o simplemente una administradora de un sistema agotado que busca sobrevivir bajo nuevas condiciones?
La respuesta, como siempre en política, es matizada. Delcy no es una improvisada. Su trayectoria demuestra que tiene la astucia política para navegar en aguas turbulentas. Pero también queda claro que no está sola —ni en su gobierno ni en las presiones que lo moldean. La relación con Estados Unidos, la presión de una economía en ruinas, y las tensiones internas del chavismo le marcan el paso.
Lo que hoy llamamos “gobierno interino” no es un interregno efímero: es una reconfiguración estructural del poder en Venezuela. Delcy Rodríguez, más que una figura transitoria, podría convertirse en la pivot central de una nueva fase de la revolución bolivariana, una fase que mezcla fidelidades antiguas con necesidades contemporáneas, que conjuga soberanía retórica con aperturas económicas forzadas por la geopolítica global.
Si este experimento político tiene éxito o fracasa, el tiempo y la historia lo dirán. Lo cierto es que la figura de Delcy Rodríguez ha transmutado de sombra a protagonista en apenas semanas, y su manejo de esta transición, con sus aciertos y sus contradicciones, será quizás la página más debatida en los años venideros de la política venezolana.
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