Donald Trump ha decidido inscribir su nombre, una vez más, en el gran mural de la historia… al menos en la versión que él mismo narra. En Davos, Suiza, durante el Foro Económico Mundial —ese espacio donde el poder político y financiero se da la mano con la solemnidad de quien cree gobernar el destino del planeta— anunció que el Estatuto ha entrado en vigor y que la llamada Junta de Paz ya es oficialmente una organización internacional. No una más, por supuesto, sino “una de las organizaciones más relevantes jamás creadas”. Y, cómo no, Trump se dijo “honrado” de presidirla.
El anuncio no sorprende tanto por su contenido como por su tono. Trump no presenta una iniciativa: se proclama a sí mismo como su principal logro. No explica mecanismos, no detalla estructuras, no define alcances jurídicos ni responsabilidades multilaterales. Le basta con la afirmación categórica: “Está funcionando maravillosamente… casi todos los países quieren ser parte de ella”. La paz, en esta narrativa, no es un proceso complejo ni una construcción colectiva; es un producto terminado, una marca registrada que lleva su firma.
El escenario fue cuidadosamente elegido. Davos no es neutral. Es el escaparate perfecto para vender la idea de que el orden mundial puede ser gestionado como una empresa, con un consejo directivo, socios estratégicos y un presidente carismático que presume resultados antes de presentar balances. En ese contexto, la Junta de Paz aparece más como una startup geopolítica que como una institución nacida del consenso profundo entre naciones con intereses, conflictos y heridas históricas muy distintas.
La lista de “miembros fundadores” dice mucho, quizá más de lo que Trump quisiera admitir. Javier Milei, Viktor Orbán, Shehbaz Sharif, Santiago Peña. Un mosaico de liderazgos disímbolos, unidos no por una visión común de la democracia liberal o del multilateralismo clásico, sino por su cercanía pragmática —o ideológica— con el estilo trumpista de ejercer el poder. Presidentes y primeros ministros que ven en Trump no solo a un aliado, sino a un referente de un nuevo orden menos atado a reglas y más a voluntades.
Trump, fiel a su estilo, aprovechó la ceremonia para elogiarse a sí mismo. Aseguró que las amenazas a Europa, Estados Unidos y Medio Oriente “realmente se están calmando”. No explicó por qué ni cómo. No mencionó guerras activas, tensiones latentes, conflictos congelados o crisis humanitarias que siguen cobrando vidas. En su discurso, la percepción sustituye a la evidencia, y el optimismo retórico se presenta como prueba irrefutable de éxito.
Aquí es donde conviene detenerse. La paz no se decreta ni se administra desde un podio. No basta con firmar un estatuto ni con reunir a un puñado de mandatarios para declarar que el mundo es hoy más seguro que ayer. La historia está llena de organismos internacionales creados con las mejores intenciones —y con discursos igualmente triunfalistas— que terminaron atrapados entre la burocracia, la irrelevancia o la captura por intereses particulares.
La diferencia, en este caso, es que la Junta de Paz no nace de un largo proceso diplomático ni de la negociación paciente entre Estados con pesos similares, sino del impulso personal de un líder que concibe la política internacional como una extensión de su propio liderazgo. Trump no oculta esa lógica: él es el presidente, él es el rostro, él es la garantía. La institución se confunde con la persona.
No es casual que el anuncio llegue acompañado de la idea de que “casi todos los países” quieren sumarse. La ambigüedad es deliberada. ¿Cuántos son? ¿Bajo qué condiciones? ¿Con qué compromisos reales? Trump no lo dice porque no lo necesita. En su narrativa, el deseo de adhesión global confirma su centralidad. Si el mundo quiere estar ahí, es porque él está al frente.
El problema es que la paz, entendida como estabilidad duradera, exige algo más que liderazgo personalista. Requiere reglas claras, contrapesos, mecanismos de resolución de disputas, legitimidad jurídica y, sobre todo, confianza. Confianza entre Estados que saben que las decisiones no dependerán del estado de ánimo del presidente en turno ni de su cálculo electoral interno.
Resulta revelador que Trump anuncie la calma de las amenazas mientras, al mismo tiempo, ha sido uno de los principales promotores de una política exterior basada en la presión, el ultimátum y la transacción. Para él, la paz no es ausencia de conflicto, sino control del conflicto. No es reconciliación, sino disuasión personalizada. No es multilateralismo clásico, sino una red de acuerdos bilaterales orbitando alrededor de su figura.
La Junta de Paz, en ese sentido, parece más un instrumento de poder blando con sello trumpista que un verdadero foro de mediación internacional. Un espacio donde se legitima una narrativa: la de un mundo que funciona mejor cuando Trump dicta las reglas. Para algunos líderes presentes en Davos, esa narrativa resulta atractiva. Para otros, conveniente. Para muchos más, inquietante.
Porque detrás del discurso optimista se esconde una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la paz depende de la permanencia de un solo actor en el centro del tablero? ¿Qué pasa cuando la institución es tan fuerte —o tan frágil— como la figura que la encabeza? La historia reciente muestra que los liderazgos personalistas pueden ser eficaces en el corto plazo, pero suelen dejar vacíos profundos cuando se retiran o fracasan.
Trump se siente honrado de presidir la Junta de Paz. Es coherente con su trayectoria. Siempre ha entendido el poder como un escenario donde el protagonismo es indispensable. Sin embargo, la paz no suele construirse desde el aplauso fácil ni desde el autoelogio. Se construye en la discreción de la diplomacia, en la paciencia de los acuerdos imperfectos, en la renuncia a la tentación de atribuirse todo el mérito.
La Junta de Paz ya es oficial. El estatuto está en vigor. Los discursos están dados. Falta lo más importante: demostrar que no se trata de un ejercicio de marketing político global, sino de una herramienta real para reducir conflictos, prevenir guerras y proteger vidas. Hasta entonces, el anuncio de Davos quedará flotando en ese terreno ambiguo donde Trump se mueve con comodidad: entre la promesa grandiosa y la realidad siempre más compleja.
La paz, al final, no necesita presidentes que se feliciten a sí mismos. Necesita instituciones que funcionen incluso cuando nadie aplaude. Y ese es el verdadero examen que la Junta de Paz aún tiene por delante.
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