La advertencia no es menor ni puede despacharse como una nota técnica más en la sección internacional. La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) ha pedido “tener precaución” en el espacio aéreo de México y de países del sur del continente debido a actividades militares programadas y a la posible interferencia de los sistemas de navegación. El aviso, difundido por la agencia Reuters, estará vigente a partir de hoy y hasta el próximo 17 de marzo. En lenguaje diplomático y aeronáutico, eso equivale a una luz ámbar encendida sobre nuestros cielos.
No se trata de un simulacro ni de una recomendación rutinaria. Cuando la FAA emite este tipo de alertas, lo hace porque existen riesgos reales para la aviación civil, una industria que opera bajo estándares de seguridad extremadamente estrictos y donde cualquier anomalía —desde interferencias en el GPS hasta ejercicios militares no suficientemente coordinados— puede traducirse en tragedias. La pregunta de fondo no es sólo qué está ocurriendo en el espacio aéreo mexicano, sino por qué una potencia extranjera considera necesario advertir a sus aerolíneas sobre volar en nuestra región.
El comunicado habla de “actividades militares” y de “interferencia de sistemas de navegación”. Dos conceptos que, puestos juntos, deberían encender alarmas en cualquier gobierno responsable. La interferencia deliberada o accidental de señales de navegación aérea no es un asunto menor: afecta rutas comerciales, incrementa costos, obliga a desvíos, genera retrasos y, en el peor de los escenarios, compromete la seguridad de miles de pasajeros que diariamente cruzan nuestro territorio por aire.
México no es un actor secundario en la aviación internacional. Nuestro país es corredor natural entre Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica. Decenas de miles de vuelos sobrevuelan diariamente el espacio aéreo nacional. Que la FAA pida precaución no sólo impacta la percepción internacional sobre nuestra capacidad de control y coordinación, sino que también coloca en entredicho la fortaleza de nuestras instituciones aeronáuticas y de defensa.
Resulta inevitable recordar que el control del espacio aéreo es una de las expresiones más claras de soberanía. No se trata únicamente de tener radares, torres de control o manuales bien escritos; implica coordinación civil-militar, transparencia, comunicación internacional y, sobre todo, previsión. Si existen ejercicios militares que pueden afectar la navegación aérea, estos deben ser notificados, delimitados y coordinados con todos los actores involucrados, nacionales e internacionales. Cualquier omisión se traduce en desconfianza.
El silencio o la tibieza de las autoridades mexicanas frente a este tipo de advertencias suele ser el peor de los mensajes. Cuando desde el extranjero se alerta y desde casa no se explica, el vacío informativo se llena con especulación. ¿De qué tipo de actividades militares hablamos? ¿Son ejercicios nacionales, binacionales, multilaterales? ¿Se trata de pruebas tecnológicas, de maniobras defensivas o de operaciones vinculadas a un contexto geopolítico más amplio? Nada de eso ha sido aclarado con la contundencia que el tema amerita.
El mundo vive tiempos de alta tensión geopolítica. Conflictos armados, demostraciones de fuerza, ejercicios militares y pruebas de capacidades tecnológicas se han vuelto parte del paisaje cotidiano. América Latina, tradicionalmente considerada una región ajena a estos pulsos, ya no está completamente al margen. La advertencia de la FAA podría ser un recordatorio incómodo de que nuestros cielos también forman parte de ese tablero global.
Hay además un elemento económico que no puede ignorarse. La aviación comercial es uno de los pilares del turismo, del comercio y de la conectividad internacional. Cualquier señal de riesgo, por mínima que parezca, puede provocar ajustes de rutas, incremento de primas de seguros y decisiones empresariales que afectan directamente a aerolíneas, aeropuertos y pasajeros. En un país que aún busca consolidar su recuperación económica, este tipo de alertas no son un asunto secundario.
Pero quizá el aspecto más preocupante sea la normalización del desorden. México ha vivido en los últimos años una serie de decisiones polémicas en materia aeronáutica: degradaciones, cambios administrativos, reconfiguraciones apresuradas. Cada una de ellas ha ido erosionando la confianza internacional. La advertencia de la FAA no ocurre en el vacío; se inscribe en un contexto donde la percepción de improvisación pesa más de lo que algunos quieren admitir.
No se trata de alarmismo, sino de responsabilidad. El Estado mexicano está obligado a garantizar la seguridad del espacio aéreo y a comunicar de manera clara cualquier situación que pueda afectarlo. Minimizar el tema o esconderlo bajo el argumento de la “normalidad” sería un error. La aviación no admite discursos triunfalistas cuando hay riesgos técnicos de por medio.
También es momento de preguntarnos hasta qué punto la coordinación entre autoridades civiles y militares está funcionando como debería. La seguridad nacional y la seguridad aérea no son compartimentos estancos; se cruzan, se superponen y se necesitan mutuamente. Cuando una falla, la otra resiente el golpe.
La advertencia de la FAA tiene fecha de inicio y de término. Del hoy al 17 de marzo. El tiempo corre. Cada día que pasa sin información clara es un día en el que la incertidumbre vuela más alto que los aviones. México no puede permitirse cielos en duda ni silencios que se interpreten como desorden.
Porque al final, más allá de comunicados y tecnicismos, lo que está en juego es la confianza. Y en la aviación, como en la política y en la vida pública, la confianza es el activo más valioso… y el más fácil de perder cuando no se cuida con seriedad y visión de Estado.
Opinión.salcosga23@gmail.com
@salvadorcosio1

