La última vez que Irán se vio convulsionado por protestas nacionales, en 2022, el mundo árabe quedó paralizado. No fue una exageración mediática ni una reacción emotiva pasajera. Fue, más bien, la manifestación de una expectativa largamente contenida. Durante décadas, la República Islámica había tejido con paciencia —y con sangre ajena— una red de influencia que terminó por someter a buena parte de Medio Oriente a su agenda ideológica y militar. Cuando las calles iraníes ardieron, muchos árabes se preguntaron, por primera vez en serio, si el coloso chií podía tambalearse desde dentro.
La muerte de Mahsa Amini no solo detonó protestas. Abrió una grieta simbólica en un régimen que se presenta a sí mismo como inmutable, blindado por la fe, la revolución y el sacrificio. Las imágenes de mujeres quitándose el velo, de jóvenes enfrentando a las fuerzas de seguridad, de consignas que ya no pedían reformas sino libertad, recorrieron el mundo árabe con una mezcla de asombro y silenciosa esperanza. Para millones que viven bajo gobiernos o milicias alineadas con Teherán, aquello fue algo más que solidaridad: fue una posibilidad.
Porque Irán no es solo un país con problemas internos. Es el epicentro de un proyecto regional que ha marcado a fuego a Irak, Siria, Líbano y Yemen. Un proyecto que no necesita ocupar territorios formalmente para dominarlos; le basta infiltrar, financiar, armar y condicionar. Hezbollah no existiría sin Irán. Las milicias chiíes iraquíes no tendrían el peso político que hoy ostentan sin Teherán. El régimen de Bashar al-Assad difícilmente habría sobrevivido sin el respaldo iraní. Yemen no estaría sumido en una guerra interminable sin la intervención indirecta de los ayatolás.
Por eso, cuando Irán pareció flaquear, el temblor se sintió en toda la región. En Beirut, muchos imaginaron un Líbano liberado de la tutela armada. En Bagdad, se habló en voz baja de un Estado menos secuestrado por intereses externos. En Saná, la esperanza fue más tenue, pero existió. La caída —o siquiera el debilitamiento profundo— del régimen iraní prometía, al menos en teoría, un reacomodo regional menos violento.
Pero la historia volvió a ser implacable. El régimen resistió. Como lo ha hecho siempre. A fuerza de balas, cárceles, ejecuciones selectivas y un aparato de control que combina religión, miedo y vigilancia tecnológica. Las protestas fueron sofocadas, no porque carecieran de legitimidad o apoyo social, sino porque enfrentaron a un sistema dispuesto a todo para sobrevivir. Y sobrevivió.
Esa resistencia tuvo un efecto inmediato en el mundo árabe: desilusión. No porque se creyera ingenuamente que el régimen caería en semanas, sino porque quedó claro que Irán aún tiene la capacidad de aplastar a su propia sociedad sin pagar un precio inmediato. Para muchos gobiernos árabes, fue la confirmación de que Teherán sigue siendo un actor con el que hay que lidiar, no un gigante a punto de desplomarse.
Sin embargo, el error está en confundir supervivencia con fortaleza. Irán resistió, sí, pero a un costo enorme. El régimen quedó expuesto como nunca antes. La narrativa de la revolución islámica, del consenso popular, del liderazgo moral, se resquebrajó ante los ojos del mundo y, sobre todo, ante los de su propia población. Las protestas de 2022 mostraron que la obediencia ya no es convicción, sino imposición. Y eso, en el largo plazo, es letal para cualquier proyecto hegemónico.
El mundo árabe observó también otra paradoja inquietante: mientras Irán se desangra internamente, continúa proyectando poder hacia el exterior. Es un régimen que gobierna con nerviosismo en casa, pero actúa con agresividad fuera. Esa dualidad explica buena parte del miedo regional. Un Irán acorralado puede ser incluso más peligroso, más impredecible, más dispuesto a incendiar la región para distraer de sus propias grietas internas.
De ahí que algunos países árabes hayan optado por el pragmatismo extremo: acercarse a Irán, normalizar relaciones, bajar el tono. No por simpatía ideológica, sino por cálculo. Mejor un enemigo conocido que un colapso que genere un vacío de poder imposible de controlar. Nadie ignora que una implosión iraní podría desatar guerras internas, oleadas de refugiados, radicalización sin freno y una lucha feroz por el control de su vasto aparato militar.
Pero ese cálculo no borra una realidad incómoda: el modelo iraní es insostenible. No hoy, quizás no mañana, pero sí inevitablemente. Un régimen que reprime sistemáticamente a mujeres, jóvenes y minorías; que depende de sanciones burladas y economías paralelas; que gobierna contra la voluntad de una sociedad cada vez más informada y menos temerosa, no puede proyectar estabilidad duradera.
Las protestas de 2022 no fueron un accidente. Fueron un síntoma. Un aviso. Una señal de que el pacto social iraní está roto. Y cuando un régimen pierde a su pueblo, cualquier influencia externa se vuelve frágil. Porque no hay hegemonía regional que resista indefinidamente si su núcleo interno se carcome.
El mundo árabe lo sabe. Por eso observa a Irán con una mezcla de temor, resignación y expectativa. Sabe que la sombra de Teherán sigue siendo larga, pero también que ya no es tan sólida como aparenta. La grieta está ahí. No se cerró. Solo fue cubierta temporalmente por la represión.
Cuando vuelva a abrirse —porque volverá— no solo estará en juego el futuro de Irán. Estará en juego el equilibrio de una región entera que lleva demasiado tiempo pagando los costos de una revolución exportada a sangre y fuego. Y entonces, quizá, el mundo árabe deje de mirar paralizado y empiece, por fin, a respirar.
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