Hay dictaduras que se sostienen con propaganda.
Otras con pobreza.
Algunas con miedo.
La de Irán se sostiene, además, con el cuerpo roto de sus ciudadanos.
No es una metáfora.
Es una política.
En la República Islámica de Irán, la represión ya no se limita a dispersar protestas o encarcelar disidentes. El poder captura, tortura, viola y ejecuta como método de gobierno. La violencia sexual se ha convertido en un instrumento de castigo, humillación y anulación política. No como exceso. No como anomalía. Como sistema.
Y no ocurre en la penumbra.
Ocurre ante los ojos del mundo.
Desde hace años —y con especial crudeza tras el asesinato de Mahsa Amini en 2022— organizaciones internacionales, periodistas, familiares de víctimas y sobrevivientes han documentado un patrón constante: detenciones arbitrarias, interrogatorios bajo tortura, agresiones sexuales contra mujeres y hombres detenidos, desapariciones forzadas y ejecuciones públicas o encubiertas para “dar ejemplo”.
No es represión reactiva.
Es barbarie organizada.
Conviene decir los nombres. La impunidad se alimenta del anonimato.
Alí Jameneí, Líder Supremo, concentra la autoridad política y religiosa final. Nada relevante ocurre sin su consentimiento.
Los Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) operan como un Estado armado dentro del Estado, con control económico, militar y represivo.
La milicia Basij ejecuta la violencia cotidiana contra estudiantes, mujeres, trabajadores y jóvenes.
El sistema judicial religioso legitima la brutalidad mediante tribunales sin garantías, confesiones arrancadas bajo tortura y sentencias exprés.
Masoud Pezeshkian, presentado como “moderado”, funge como rostro presentable de una maquinaria intacta.
No hay contradicción interna.
Hay reparto de papeles.
Para entender el presente iraní hay que recordar el error original. Antes de la teocracia estuvo el Sha Mohammad Reza Pahlavi. Occidente lo sostuvo durante décadas por petróleo, geopolítica y contención soviética. A cambio, toleró represión, desigualdad y abusos. Cuando cayó, muchos creyeron —dentro y fuera— que la revolución de 1979 traería libertad.
Trajo autoritarismo sacralizado.
Donde antes hubo policía política, surgió policía religiosa.
Donde antes hubo censura, dogma.
Donde antes hubo miedo, ahora hay terror revestido de fe.
Y el mundo, una vez más, se adaptó.
La diferencia es que hoy ya no hay excusa de desconocimiento.
Todo se sabe.
Se sabe que las ejecuciones se multiplican.
Se sabe que las cárceles funcionan como centros de castigo ejemplar.
Se sabe que la violencia sexual es usada para quebrar voluntades y enviar mensajes.
Se sabe que el objetivo no es sólo silenciar, sino destruir moralmente.
No es descontrol.
Es doctrina.
Dentro de Irán, el régimen impone el silencio a fuerza de muerte.
Fuera de Irán, el sistema internacional elige el silencio por conveniencia.
Estados Unidos mide costos energéticos y equilibrios regionales.
Europa administra condenas retóricas mientras protege la estabilidad.
China asegura influencia y contratos.
Rusia aprovecha la distracción global.
La ONU produce informes, comunicados y resoluciones que terminan archivadas.
Todos saben.
Todos miran.
Y casi todos callan.
La rebelión iraní es moralmente incuestionable y geopolíticamente incómoda. Y cuando esas dos dimensiones chocan, la historia reciente demuestra que la moral suele perder.
Por eso se relativiza el horror.
Por eso se habla de “contexto”.
Por eso se sustituye la palabra crimen por preocupación.
Hay dos crímenes en curso.
El primero lo comete el régimen iraní: reprimir, torturar, violar, ejecutar, humillar, gobernar desde el miedo.
El segundo lo comete el mundo: saberlo y decidir no actuar.
Uno empuña el instrumento.
El otro retira la mirada.
Cuando el horror se normaliza y el silencio se institucionaliza, el precedente se expande. Hoy es Irán. Mañana será otro país. Otro pueblo. Otra excusa estratégica.
Cada vez que la dignidad humana se vuelve negociable, baja el umbral de lo permitido. Y cuando ese umbral cae, ya no hay retorno fácil.
Que nadie finja sorpresa mañana.
Que nadie hable de “excesos imprevistos”.
Que nadie se declare engañado.
Todo esto se permitió.
Se permitió cuando se cambió crimen por estabilidad.
Se permitió cuando se aceptó que el petróleo valía más que la vida.
Se permitió cuando se escuchó el grito… y se decidió no escuchar.
En Irán, el régimen mata para que el pueblo calle.
Fuera de Irán, el mundo calla para no tener que actuar.
Ese es el pacto obsceno.
Ese es el verdadero orden internacional.
Porque cuando un Estado viola para gobernar y el mundo mira a otro lado, el silencio deja de ser neutralidad y pasa a llamarse complicidad.
Y la historia —que siempre llega tarde pero nunca olvida— no preguntará quién tuvo la razón estratégica, sino quién supo… y decidió no hacer nada.
Hay, además, un elemento que incomoda especialmente a las cancillerías del mundo: la persistencia de la sociedad iraní. A pesar del terror, a pesar de la cárcel, a pesar del exilio forzado o la muerte, la protesta no se extingue. Cambia de forma, se repliega, vuelve a emerger. Mujeres que se quitan el velo como acto político. Jóvenes que pintan consignas sabiendo que pueden no volver a casa. Familias que entierran a sus muertos y, aun así, se niegan a llamar “accidente” al asesinato.
Eso es lo que el régimen necesita destruir. No sólo cuerpos, sino ejemplo. No sólo voces, sino esperanza.
Por eso la violencia escala. Por eso el castigo es desproporcionado. Por eso la humillación sexual se convierte en arma: porque no busca información, busca quebrar el espíritu colectivo. Es terrorismo de Estado en su forma más pura, administrado desde instituciones que se presentan como guardianas de la moral y la fe.
La paradoja es brutal. Un régimen que dice defender valores religiosos gobierna mediante prácticas que violan cualquier noción mínima de dignidad humana. Un poder que se proclama antioccidental reproduce, sin rubor, las peores prácticas de los totalitarismos del siglo XX. Y un sistema internacional que se dice fundado en derechos humanos acepta la excepción permanente cuando el costo de actuar resulta incómodo.
No se trata de invadir, ni de imponer modelos externos. Se trata, al menos, de no ser parte del encubrimiento. De no reducir el crimen a nota diplomática. De no convertir la barbarie en ruido de fondo.
Porque cuando la violencia deja de escandalizar y pasa a ser administrada como variable geopolítica, el mundo entero se vuelve más inseguro. No sólo para los iraníes. Para todos.
Y entonces la pregunta ya no es qué hace Irán con su poder, sino qué hace el resto del mundo con su silencio.

