Durante unas horas —quizá un par de días— se quiso instalar la idea de que Venezuela había cruzado, por fin, el umbral de la transición. El dictador fuera de escena, el tribunal extranjero, el lenguaje solemne del proceso judicial y la narrativa del “fin de una era” parecían anunciar una ruptura histórica. Sin embargo, bastaba observar con atención para advertir lo esencial: no hubo demolición del régimen, hubo una reingeniería de su supervivencia. Se llevaron a Nicolás Maduro, sí. Pero dejaron intacto al poder que lo sostuvo.
La escena fue cuidadosamente construida. Un guion medido para consumo internacional, con imágenes y silencios calculados, con declaraciones altisonantes y una dosis precisa de dramatismo. Maduro, convertido de pronto en símbolo sacrificial, asumió el papel del “prisionero político” ante una Corte de Nueva York, mientras su entorno respiraba aliviado. Porque en esa ecuación, el individuo podía caer siempre que el sistema permaneciera en pie.
La liberación de Juan Pablo Guanipa encaja con precisión quirúrgica en ese libreto. No es justicia; es cálculo político. Un gesto puntual, controlado, reversible. Se libera a uno para enviar señales al exterior mientras decenas —cientos— siguen presos, procesados sin garantías o sometidos a un hostigamiento permanente. No es transición: es administración del miedo. El mensaje es inequívoco y perverso: el régimen decide a quién suelta, cuándo lo hace y hasta cuándo dura la concesión.
Si estuviéramos frente a un cambio real, las liberaciones serían amplias, verificables y acompañadas de garantías institucionales. No lo son. Son selectivas, tácticas y frágiles. Así actúa un poder que no ha sido derrotado, solo reacomodado para sobrevivir. Un poder que aprendió a dosificar concesiones sin renunciar al control.
Mientras se exhiben estas señales menores, los verdaderos pilares del régimen permanecen intactos. Diosdado Cabello no cayó, no fue procesado ni desplazado. Podrá resultar incómodo para ciertos equilibrios, pero no es prescindible. Sigue siendo un operador central del aparato político y coercitivo. El general Vladimir Padrino López continúa al mando de una Fuerza Armada que no mostró fisuras ni señales de ruptura. Su silencio no es ausencia: es disciplina. Es control.
Más elocuente aún resulta el silencio absoluto en torno a Cilia Flores. No hay imágenes, no hay proceso público, no hay acusaciones visibles, no hay explicación oficial. No se trata de linchamientos mediáticos ni de fabricar culpables. Se trata de una pregunta política elemental: ¿cómo puede hablarse de justicia cuando una figura central del poder desaparece del radar sin rendir cuentas? El privilegio conyugal existe; la opacidad total, no es una garantía jurídica: es una decisión política. Ese silencio no absuelve ni condena. Protege.
Del lado estadounidense, la narrativa sobre “transición”, “comisiones” o “figuras encargadas” se desvanece frente a los hechos. No hay presencia efectiva, no hay hoja de ruta pública, no hay compromisos verificables. Washington no pretende gobernar Venezuela ni reconstruir su democracia. Pretende gestionar el problema: evitar un colapso desordenado, contener impactos regionales y asegurar intereses estratégicos, empezando por el petróleo.
Ahí está el núcleo de la negociación que pocos quieren admitir. Todo indica que Donald Trump no apostó por una transición democrática real, sino por una administración más funcional del conflicto. No hay presión estructural para desmontar el aparato represivo, no hay exigencia firme de elecciones libres con garantías plenas, no hay respaldo decidido a una oposición fragmentada y perseguida. Hay pragmatismo. Un chavismo menos estridente, más predecible, más útil. Un chavismo sin Maduro, pero con poder.
Por eso a Maduro se le ajustan cargos, se personaliza el proceso y se vuelve negociable. Se entrega al símbolo para salvar al sistema. No es justicia internacional: es cirugía política. Se extirpa lo que estorba, se preserva lo que sirve. El expediente judicial se convierte en moneda de cambio, no en instrumento de reparación histórica.
Y mientras se acomoda el tablero, la pregunta incómoda persiste: ¿qué ocurre con María Corina Machado, con Edmundo González, con los liderazgos sociales y políticos que siguen bajo amenaza constante? ¿Qué ocurre con los millones de venezolanos que no pueden celebrar ni protestar sin riesgo de cárcel, exilio o muerte civil? ¿Qué se supone que deben festejar, si el miedo persiste, la represión continúa y la miseria estructural permanece intacta?
Venezuela no fue liberada.
Fue reordenada.
Maduro cayó porque dejó de ser útil.
El régimen sobrevivió porque sigue siendo funcional.
Conviene decirlo sin rodeos, aunque incomode: no hubo transición. Hubo un trueque. No hubo justicia. Hubo pragmatismo geopolítico. El chavismo entregó a su símbolo más desgastado y el mundo aceptó mirar hacia otro lado. Y el pueblo venezolano, una vez más, quedó fuera del acuerdo.
Lo verdaderamente alarmante de este episodio no es solo la caída controlada de un hombre, sino la normalización de un método. El mundo vuelve a aceptar —con cinismo sofisticado— que las dictaduras pueden reciclarse si entregan una pieza del tablero y moderan el escándalo. Se renuncia así a la exigencia ética de la democracia a cambio de una estabilidad administrada, de una gobernabilidad ficticia que no resuelve el drama humano de millones de venezolanos condenados al exilio, al hambre o al silencio. Cada negociación que posterga la libertad real consolida la pedagogía del autoritarismo: resistir paga, reprimir funciona y el tiempo termina premiando al que se mantiene firme. Venezuela no enfrenta solo el reto de reconstruir instituciones destruidas, sino de romper con una lógica internacional que ha aprendido a convivir con el abuso siempre que este sea discreto. Mientras esa lógica prevalezca, la “transición” seguirá siendo un concepto vacío, una palabra elegante para ocultar la renuncia colectiva a llamar a las cosas por su nombre.
Esto no fue el nacimiento de una democracia. Fue la administración elegante de un autoritarismo reciclado. Una operación de contención que permite a los actores internacionales declarar avances mientras la estructura de dominación sigue intacta.
Aquí termina la farsa que vendieron como cambio.
Lo que sigue ya no depende de Maduro,
sino de cuánto más esté dispuesto el mundo a negociar con el poder
mientras finge combatirlo.

