La salida de Estados Unidos de diversos organismos internacionales no es una inercia burocrática ni una consecuencia accidental del desgaste del sistema multilateral. Es una decisión política deliberada de Donald Trump. Una decisión que responde menos a un análisis estratégico de largo plazo y más a una visión ideológica del mundo: la del líder que cree que el poder se ejerce mejor en soledad, que los acuerdos estorban y que la cooperación es sinónimo de debilidad.
Trump no oculta su desprecio por los organismos internacionales. Nunca lo ha hecho. Desde su primera incursión en la Casa Blanca dejó claro que no creía en el multilateralismo, que desconfiaba de Naciones Unidas, que consideraba a la Organización Mundial de la Salud un ente “ineficiente” y que veía los acuerdos globales como trampas diseñadas para aprovecharse de Estados Unidos. Hoy, ya de regreso en el poder, esa visión se traduce nuevamente en hechos: Estados Unidos se va.
Se va de espacios que él mismo ayudó a construir. Se va de foros donde durante décadas dictó la agenda. Se va, paradójicamente, del escenario que le permitió ser potencia hegemónica sin disparar un solo tiro.
La lógica trumpista es simple y eficaz en términos electorales: Estados Unidos paga demasiado, recibe poco y otros países se benefician de su generosidad. Bajo esa narrativa, abandonar organismos internacionales se vende como un acto de justicia para el contribuyente estadounidense y como una demostración de carácter frente a un mundo ingrato. El problema es que la política exterior no se mide en aplausos domésticos, sino en consecuencias globales.
Trump confunde liderazgo con imposición, y cooperación con sumisión.
La retirada estadounidense de organismos como la OMS, la UNESCO, el Consejo de Derechos Humanos o de acuerdos multilaterales clave no debilita a esas instituciones tanto como debilita la posición de Estados Unidos dentro del sistema internacional. Cuando Washington abandona la mesa, no se acaba la discusión; simplemente pierde voz. Y ese silencio es ocupado por actores con intereses y valores muy distintos.
China no abandona organismos internacionales: los coloniza. Rusia no se retira: los sabotea desde dentro. Trump, en cambio, opta por el portazo. Y en política global, el portazo no intimida; libera espacios.
La paradoja es brutal. Trump asegura que su política busca “poner a Estados Unidos primero”, pero al retirarlo de los espacios donde se toman decisiones globales, lo coloca fuera del centro de gravedad del mundo. El resultado no es una nación más fuerte, sino una potencia que observa desde la barrera cómo otros reescriben las reglas.
La pandemia de COVID-19 dejó una lección que Trump decidió ignorar. En un mundo interconectado, los problemas no se resuelven con muros ni con discursos incendiarios. Salir de la Organización Mundial de la Salud no protegió a Estados Unidos, ni salvó empleos, ni evitó muertes. Lo aisló en el momento en que más necesitaba coordinación, información y cooperación científica.
Pero Trump no gobierna desde la evidencia; gobierna desde la intuición política y el cálculo electoral. Su rechazo al multilateralismo no es técnico, es ideológico. Para él, cualquier organismo que limite su margen de maniobra o que exija compromisos colectivos es una amenaza a su concepción del poder.
Hay, además, un daño menos visible pero más profundo: la erosión de la autoridad moral estadounidense. Durante décadas, Washington exigió a otros países respeto a normas internacionales, derechos humanos y mecanismos de cooperación. Hoy, bajo Trump, ese discurso se vacía. ¿Con qué autoridad puede Estados Unidos reclamar cumplimiento de reglas que él mismo decide abandonar cuando le resultan incómodas?
Trump ha convertido la política exterior en un reflejo de su personalidad: confrontativa, impaciente y poco dada a la negociación. Cree que retirarse es una muestra de fuerza, cuando en realidad es una renuncia a influir. Cree que romper acuerdos es negociar mejor, cuando en realidad es aislarse.
El mundo, mientras tanto, no se detiene a esperar a Estados Unidos. Se reorganiza. Se fragmenta en bloques. Reconfigura alianzas. Y cada salida estadounidense acelera ese proceso. Cuando Trump decide irse, otros deciden quedarse… y mandar.
La historia es implacable con los aislacionismos. Estados Unidos ya recorrió ese camino en el pasado, y siempre terminó regresando, a un costo mayor. Porque el multilateralismo no es una concesión altruista: es un instrumento de poder. Abandonarlo no hace a Estados Unidos más libre; lo hace menos influyente.
Trump podrá celebrar cada retirada como una victoria política interna. Pero las consecuencias se medirán en décadas, no en ciclos electorales. El liderazgo global no se ejerce desde la ausencia, ni se construye a base de rupturas. Se ejerce desde la permanencia incómoda, desde la negociación dura, desde la capacidad de moldear consensos.
Salir de los organismos internacionales puede satisfacer al Trump candidato. Pero compromete al Estados Unidos estadista.
Y cuando la historia pase factura, no distinguirá entre la decisión personal de Donald Trump y el daño institucional causado a la posición estadounidense en el mundo. Porque en política exterior, las salidas son fáciles. Lo difícil —y lo verdaderamente poderoso— es quedarse y liderar.

