La comparecencia de Nicolás Maduro ante una Corte de Nueva York no es un episodio menor ni una simple nota judicial: es un acontecimiento político de alcance histórico. Al declararse inocente de los cargos que enfrenta en Estados Unidos, el mandatario venezolano no solo desafía a la justicia internacional, sino que intenta sostener una narrativa que se desmorona bajo el peso de las evidencias, el aislamiento diplomático y el colapso moral de un régimen que lleva años operando al margen de cualquier legalidad. Su discurso de victimización contrasta brutalmente con la gravedad de las acusaciones, con el congelamiento de cuentas en Suiza y con una riqueza personal imposible de explicar frente a la devastación económica de su país.
“Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente”, afirmó Maduro con solemnidad ensayada. La frase, más que una defensa, sonó a consigna. No buscó convencer a los jueces, sino reafirmar un guion político destinado a su base interna y a los pocos aliados internacionales que aún le quedan. La escena fue reveladora: un hombre que durante años se proclamó intocable, ahora obligado a responder ante un tribunal extranjero, aferrándose a la negación como último refugio del poder que se le escapa.
Los cargos que pesan sobre él son contundentes. La justicia estadounidense lo acusa de conspiración para el narcotráfico, de facilitar el envío de toneladas de cocaína hacia territorio norteamericano, de mantener vínculos con organizaciones criminales y grupos considerados terroristas, y de utilizar las estructuras del Estado venezolano como plataforma para actividades ilícitas transnacionales. No se trata de acusaciones ideológicas ni de diferencias políticas: se trata de delitos graves que colocan a Maduro no como un jefe de Estado perseguido, sino como el presunto líder de una organización criminal con cobertura gubernamental.
A estas imputaciones se suma un elemento clave: el dinero. El gobierno de Suiza confirmó que bancos de ese país congelaron fondos vinculados al entorno de Maduro, recursos cuyo origen no ha podido ser acreditado legalmente. La decisión no fue simbólica ni automática; responde a investigaciones financieras profundas que detectaron movimientos irregulares, triangulación de capitales y cuentas incompatibles con cualquier ingreso lícito conocido. En otras palabras, el rastro del dinero comenzó a hablar con mayor claridad que cualquier discurso político.
La pregunta es inevitable: ¿de dónde proviene la fortuna que rodea a Nicolás Maduro y a su círculo más cercano? La respuesta no aparece en su historial laboral ni en su trayectoria pública. Antes de llegar al poder, Maduro no fue empresario, ni académico destacado, ni funcionario de alto nivel. Fue, como se sabe, chofer y operador político menor de Hugo Chávez. Un hombre sin patrimonio relevante, sin experiencia administrativa y sin proyección propia, cuya principal credencial fue la lealtad absoluta al líder bolivariano.
Chávez lo eligió precisamente por eso: por su docilidad y por su disposición a obedecer sin cuestionar. No heredó el poder el más capaz, sino el más confiable para preservar el proyecto aun cuando este se degradara. Y así ocurrió. Tras la muerte de Chávez, Maduro no solo continuó el modelo, sino que lo radicalizó, transformando a Venezuela en un territorio donde la incompetencia económica, la represión política y la criminalización del Estado se entrelazaron hasta volverse indistinguibles.
Bajo su mandato, el país dejó de ser únicamente una dictadura autoritaria para convertirse en un enclave funcional al crimen organizado. Venezuela pasó a ser un punto estratégico para el narcotráfico regional, para el contrabando, para el lavado de dinero y para la operación de grupos armados que encontraron protección institucional. Todo ello mientras la población enfrentaba escasez, hiperinflación, colapso sanitario y una migración forzada que expulsó a millones de personas.
Durante años, la comunidad internacional optó por mirar hacia otro lado. La idea de “tolerar” a Maduro resultó más cómoda que enfrentar el costo político de su caída. Pero ese equilibrio se rompió. Y fue durante la presidencia de Donald Trump cuando Estados Unidos dejó de tratar a Maduro como un gobernante incómodo y comenzó a verlo como una amenaza directa a su seguridad nacional.
Lo que detonó el cambio no fue un solo hecho, sino la acumulación de pruebas. Investigaciones federales documentaron vínculos entre altos funcionarios venezolanos y el llamado Cártel de los Soles, así como conexiones con disidencias armadas y redes que utilizaron territorio venezolano para enviar drogas a gran escala. A ello se sumó la provocación constante del régimen, su desafío abierto a Washington y una ostentación del poder que terminó por irritar a la Casa Blanca.
Trump, con su estilo directo y confrontacional, decidió ir por la cabeza. Activó procesos judiciales, ofreció recompensas millonarias por información que condujera a la captura de Maduro y presionó a sistemas financieros clave. La congelación de cuentas, el cerco diplomático y el aislamiento progresivo no fueron gestos simbólicos: fueron piezas de una estrategia para despojar al régimen de sus fuentes de oxígeno.
Hoy, la escena es radicalmente distinta. Maduro ya no habla desde un balcón rodeado de militares, sino desde un estrado judicial. Ya no desafía impune, sino que se defiende. Su declaración de inocencia no borra las pruebas, ni explica las fortunas, ni justifica la tragedia venezolana. Es, en el mejor de los casos, un intento desesperado por ganar tiempo; en el peor, la confirmación de que no tiene una defensa real.
La historia demuestra que los dictadores rara vez aceptan su responsabilidad. Prefieren negar, victimizarse y culpar a enemigos externos. Pero la negación no detiene a la justicia, y mucho menos cuando los delitos trascienden fronteras. La figura del “hombre decente” se derrumba frente a los millones de exiliados, frente a los hospitales sin insumos y frente a los bancos europeos que cierran sus puertas a fondos de origen dudoso.
Maduro puede insistir en su inocencia. Puede repetir el libreto tantas veces como quiera. Pero cuando un gobernante necesita proclamarse decente ante una corte extranjera, es señal inequívoca de que el poder ya no lo protege como antes. Y en política, como en la historia, ese suele ser el preludio del final.

