Negociar sin confiar
En 2025 la guerra en Ucrania dejó de librarse únicamente en el campo de batalla y entró, con cautela y recelo, en el terreno de la política. No por convicción moral, sino por agotamiento estratégico. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró ese viraje. Washington dejó claro que su prioridad era cerrar conflictos abiertos; Ucrania entendió que negarse a dialogar podía significar aislamiento; Rusia aceptó sentarse, pero sin abandonar la lógica de la presión.
Las conversaciones comenzaron de forma fragmentada, indirecta, envueltas en mensajes cruzados y declaraciones ambiguas. Nadie habló de concesiones; todos hablaron de “condiciones”. El lenguaje cambió: ya no se insistía en victorias totales, sino en garantías, plazos, verificación y escenarios transitorios. La guerra seguía, pero el discurso se había desplazado.
El núcleo del desacuerdo es conocido y profundo. Rusia busca que los territorios ocupados sean reconocidos como hechos consumados. Ucrania se niega a legitimar una invasión que violó su soberanía. Entre ambos extremos, Estados Unidos y Europa intentan construir un marco que no parezca una derrota abierta para nadie, pero que permita detener la sangría.
Las garantías de seguridad se han convertido en el eje del debate. Kiev exige compromisos duraderos que impidan una nueva agresión; Washington propone esquemas más acotados en el tiempo; Moscú observa con recelo cualquier fórmula que huela a expansión indirecta de la OTAN. Todos hablan de paz, pero nadie confía plenamente en el otro.
Mientras tanto, la retórica militar no desaparece. Cada avance diplomático viene acompañado de advertencias, acusaciones o demostraciones de fuerza. La guerra entra así en una zona gris: ni ofensiva total ni alto el fuego definitivo. Un espacio inestable donde la negociación convive con la amenaza.
Hoy Ucrania no vive el final del conflicto, sino su mutación. La guerra continúa, pero ahora se pelea también en borradores, llamadas reservadas y silencios estratégicos. El desenlace no dependerá solo de lo que ocurra en el frente, sino de cuánto estén dispuestos a aceptar —y a ocultar— quienes negocian.
Porque en esta etapa, la pregunta ya no es quién puede ganar, sino quién puede darse el lujo de no perder.

