La invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 fue concebida como una guerra corta. Moscú apostó a la sorpresa, a la parálisis política de Kiev y a una reacción internacional limitada. La historia tomó otro camino. Ucrania resistió, Zelensky se convirtió en símbolo y Occidente reaccionó con sanciones y apoyo militar que transformaron el conflicto en algo mucho más grande de lo previsto.
Los primeros meses fueron de vértigo. Luego vino la realidad: ninguna ofensiva era definitiva, ninguna defensa era suficiente. La guerra se convirtió en un largo desgaste, más lento que las narrativas heroicas, más cruel que los mapas de avance. Cada kilómetro ganado costó demasiado; cada retirada dejó cicatrices irreversibles.
En 2023 y 2024 el frente se endureció y la lógica cambió. Ya no se trataba de ganar rápido, sino de aguantar más. Ucrania sostuvo su resistencia, pero empezó a sentir el límite humano y material. Rusia no logró imponerse, pero aprendió a resistir sanciones y aislamiento. Occidente, mientras tanto, comenzó a preguntarse hasta cuándo.
Ahí apareció el verdadero giro del conflicto: el cansancio estratégico. No el de los discursos, sino el de las sociedades, los presupuestos y las prioridades. La guerra seguía, pero el entusiasmo se agotaba. Y cuando eso ocurre, la política empieza a asomarse.
Para finales de 2024, la palabra “negociación” dejó de ser un tabú. No porque hubiera confianza, sino porque no había alternativas limpias. Nadie estaba dispuesto a aceptar la derrota, pero todos empezaban a entender que la victoria absoluta era una ilusión.
La guerra no había terminado. Pero ya no se libraba solo en trincheras y drones. Algo se estaba moviendo detrás del ruido.
Porque cuando una guerra deja de preguntarse cómo ganar y empieza a preguntarse cómo salir, entra en una fase distinta. De eso trata la segunda parte.

